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Tiempo y Espacio

versão impressa ISSN 1315-9496

Tiempo y Espacio v.18 n.49 Caracas jun. 2008

 

Rómulo Betancourt: una vida de exilios

 Mirela Quero de Trinca

Fundación Rómulo Betancourt. Caracas-Venezuela. mirelaquero@hotmail.com

Resumen

En este ensayo, la autora señala un aspecto importante de la vida del líder venezolano Rómulo Betancourt, cuya existencia está marcada por los exilios. Se resalta la concepción instructiva que Betancourt tenía de los destierros que le tocó vivir, los que junto a su familia, asumió como una consecuencia normal de su prolífica vida política. Compañero constante, el exilio nunca fue una derrota, sino una pausa en la lucha, que Betancourt supo aprovechar para la formación y evolución de su pensamiento y obra política.

Palabras Clave: Exilio, Petróleo, Política, Acción Democrática, Costa Rica, Puerto Rico.

Abstract

The following essay highlights a remarkable aspect of the life of Venezuelan leader Romulo Betancourt, who experienced periods of sustained exile. The author emphasizes Betancourt's clear-eyed acceptance of expatriation, which both he and his family understood as necessary to the success of his prolific political life. As his constant companion, exile never symbolized defeat in Betancourt's view, but was instead simply a pause in his ongoing struggle--and one which he used strategically to shape and develop his political thought and work.

Key words: Exile, Oil Politics, Betancourt, Acción Democrática

Recibido: 29-01-2008. Aprobado 19-03-2008

Introducción

El exilio fue un compañero constante en la vida de Rómulo Betancourt, a tal punto que una tercera parte de su existencia está signada por el destierro. En efecto, de su periplo vital de apenas 73 años y medio, pasó 26 años fuera de su país, experimentando todas las modalidades conocidas del alejamiento de la patria: huida, expulsión, asilo diplomático y por decisión propia. Sin embargo, a pesar del trastorno que el destierro forzoso ocasiona en la vida de las personas, Betancourt, hombre estudioso y trabajador, virtudes aprendidas en el seno familiar y practicadas a lo largo de su vida, no se dejó atrapar por la bohemia del exilio y siempre supo aprovechar esa circunstancia, que no era sino una pausa en la lucha, para avanzar en su proyecto personal y político.

El primer exilio: (1928-1936)

Comenzaba Betancourt su vida política y ya entonces se hizo presente el exilio. La insurgencia juvenil de la Semana del Estudiante en febrero de 1928, pronto se convirtió en una actividad política al tomar las armas en el Cuartelazo del 7 de abril para derrocar la dictadura de veinte años de Juan Vicente Gómez. Fracasado este intento, a Betancourt, quien había cumplido veinte años en una de las cárceles de Gómez, no le quedó otro camino más que huir, para escapar de la amenaza de un nuevo encarcelamiento.

En este primer exilio, de 7 años y medio, el joven Rómulo, enrumbado ya por el camino de la política, se ocupó de estudiar y formarse, actividad que cultivó simultáneamente con la denuncia del régimen gomecista y la utilización de todos los medios para derribarlo, propósitos que ya alimentaba cuando en junio de 1928 subió al vapor Táchira que desde Puerto Cabello lo trasladó a Curazao. Preocupado por sus compañeros universitarios encerrados en las cárceles venezolanas, Rómulo se empeñó en una campaña que incluía desde la correspondencia con diversos líderes americanos y mundiales, hasta la publicación de escritos en diversos órganos de prensa porque el mundo debía conocer lo que sucedía en Venezuela. Los escenarios de su acción fueron el Caribe y Centroamérica, De esta época son sus dos folletos Dos meses en las cárceles de Gómez y En las huellas de la pezuña, éste último escrito en colaboración con Miguel Otero Silva.

Es éste un período de formación, de aprendizaje y crecimiento, en el que se observa su preocupación por lograr una definición ideológica. En este proceso pasó por diferentes etapas: su acercamiento a Salvador de la Plaza, Carlos León y Gustavo Machado, marxistas venezolanos exiliados en México; su apego por corto tiempo al aprismo que aportó el elemento latinoamericano a sus análisis; su involucramiento con los viejos caudillos militares y sobrevivientes del liberalismo amarillo, con quienes participó en varias conspiraciones y en la consecución de armas y recursos para la gran expedición del Falke; su creencia en la fuerza del movimiento estudiantil organizado en un Frente Amplio e impulsador de la revolución marxista, antiimperialista y nacionalista; y, finalmente, su pasantía de casi cinco años por el Partido Comunista de Costa Rica, fundado en junio de 1931.

Todas estas experiencias, incluida la invasión del Falke, en agosto de 1929, monumental y definitivo fracaso en el que le salvó de participar el naufragio cerca de las costas de la República Dominicana, de la goleta Gisela en la que viajaba; le llevaron a dar un paso adelante en su aprendizaje político, permitiéndole comprender que la sola acción armada no era el camino y el derrocamiento del tirano no era el único ni el más importante logro a obtener, siendo lo más relevante la elaboración de un proyecto a desarrollar después de la desaparición de Gómez. La redefinición de sus objetivos le lleva a interesarse en otros asuntos como el imperialismo, el andinismo, la economía, el nacionalismo y la unión latinoamericana, trascendiendo así su propósito inicial puramente denunciativo.

De esta época es el Plan de Barranquilla y el folleto Con quien estamos y contra quien estamos, así como la fundación de la Alianza Unionista de la Gran Colombia y de la Agrupación Revolucionaria de Izquierda (ARDI). También de estos años es su interés por analizar el impacto de la industria petrolera venezolana en la vida política y económica del país, tema que le apasionará durante toda su existencia y le llevará a escribir un libro, Petróleo y Dictaduras en Venezuela, inédito y desaparecido, en el que analizaba la penetración capitalista en Venezuela y la dependencia del Estado respecto al ingreso petrolero, que devino en importante sostén del régimen gomecista.

A partir de mediados de 1931, Betancourt radicaliza su anterior posición de izquierda moderada y milita en el recién fundado Partido Comunista de Costa Rica, en el que llegó a ocupar cargos de dirigencia y a encargarse de su órgano periodístico Trabajo, cuyos editoriales escribía. El Partido Comunista tampoco le satisfizo como fórmula política a ser aplicada en Venezuela debido a su dependencia de las directrices de Moscú. Ya en 1935 Betancourt marcaba distancia debido a “…esa tendencia que tanto repruebo en los Burós de la I.C.: la de trazar desde sus oficinas de Moscú, Nueva York o Montevideo esquemas Standard que (…) sirven para todos los países y dan respuesta a todas las situaciones1. A ello se unía el reconocimiento de su ignorancia de la realidad venezolana, limitación que lo mortificaba y superó al visitar todo el país a su retorno.

En diciembre de 1935 el ciclo vital de Juan Vicente Gómez llegó a su fin y los exiliados regresaron a la patria cargados de ideas y propósitos para colaborar en el proceso de modernización del país. Betancourt regresa al país a comienzos de febrero de 1936 acompañado de su esposa, la maestra costarricense Carmen Valverde y de su pequeña hija Virginia. Ya no es el joven inexperto de 1928. El nuevo Betancourt es un hombre casi en la treintena, con amplia formación política, teórica y práctica, con un profundo conocimiento de la historia venezolana y de la industria petrolera y con la firme decisión de intervenir directamente en la política venezolana. Este primer exilio, entre otras cosas, le sirvió para reconocer en sí mismo y empezar a desarrollar, sus dotes de liderazgo.

Betancourt llegaba a Venezuela impregnado de ideas comunistas y consciente de su inaplicabilidad a la realidad venezolana. Por ello se propuso crear un movimiento de izquierda democrática, “un partido político de orientación democrática y de raigambre popular”2, para estudiar y proponer soluciones a los problemas nacionales. El primer intento fue el Movimiento de Organización Venezolana (ORVE), y después, fue la fundación de un partido político de orientación nacionalista y antiimperialista, el Partido Democrático Nacional (PDN), que unificaba a las organizaciones políticas de izquierda y propugnaba la implantación de un Estado democrático, la reconstrucción económica, la salud y educación de los venezolanos y la incorporación de los indígenas a la República. La negativa del sucesor de Gómez, el presidente López Contreras, a legalizar el PDN y el apoyo de este partido a la huelga petrolera de diciembre 1936 – enero 1937, desencadenaron acciones represivas que condujeron al decreto de expulsión de 47 líderes de oposición, entre ellos Betancourt, quien permaneció un año clandestino eludiendo la persecución policial y escribiendo la columna “Economía y Finanzas” del diario Ahora, hasta que fue detenido en octubre y expulsado el 8 de noviembre de 1939.

El segundo exilio: (1939-1941)

A bordo del vapor Orazio, Betancourt se encaminaba a su segundo destierro. Esta vez las circunstancias eran distintas y también su actitud frente al gobierno del presidente Eleazar López Contreras. Esta vez, Betancourt no dejaba en Venezuela a un dictador pretoriano sino a un militar civilista, que tímidamente daba pasos en la vía de la modernización del país. También era distinto el Betancourt que salía al destierro. Ya no era el joven inexperto del primer exilio, buscando y experimentando los más disímiles caminos para su realización política, sino un hombre que había encontrado su vía en la izquierda democrática; era un líder político que había palpado los problemas de la realidad venezolana y elaboraba soluciones para resolverlos, participando en la oposición política a través de una organización clandestina, el PDN. Por lo tanto, a pesar de salir expulsado por el gobierno, el propósito de Betancourt en el exterior no es ya el de denunciar al gobernante venezolano ni el de dar pasos para su derrocamiento, como había sido su propósito durante su primer exilio, sino como bien expresa el historiador Manuel Caballero, el de “conquistar la legalidad para él y su partido”3, mediante el reconocimiento internacional del PDN, lo que sin duda, contribuiría a lograr su legalización en Venezuela.

También era distinto el país que le cobijó en su segundo alejamiento de la patria. Chile vivía entonces la experiencia gubernamental de una coalición formada por los partidos Comunista, Radical y Socialista, al que también se unieron la Central de Trabajadores de Chile, la Federación de Estudiantes y el movimiento mapuche, para integrar el Frente Popular, presidido por Pedro Aguirre Cerda, quien inspirado en el New Deal norteamericano impuso un ambicioso programa asentado en la educación y la industrialización. Así pues, la familia Betancourt-Valverde, llegaba a un país donde avanzaba el proceso de modernización y donde tenían responsabilidades de gobierno sus amigos socialistas, entre ellos Salvador Allende, ministro de Salud y Oscar Schnake, ministro de Fomento.

Durante los 14 meses que pasó en Chile, Betancourt fortaleció relaciones con la izquierda chilena, especialmente con el Partido Socialista, avanzando en la internacionalización de su liderazgo y en la de su partido, el PDN, aún ilegal en Venezuela. Desde Chile orientaba a su Partido, tanto al grupo que había quedado en el país como a los grupos de exiliados pedenistas, recomendándole a sus compañeros estudiar, trabajar y organizar.

En Chile, le fue reconocido su liderazgo, como figura de la política continental, invitándole a dar un discurso en eI VI Congreso del Partido Socialista, reunido en el Teatro Caupolicán, de la ciudad de Santiago. Allí Betancourt presentó a su partido, el PDN, como una organización verdaderamente democrática de izquierda, socialista, no comunista y de profunda vocación americanista4. En el país austral, Betancourt publicó el libro Problemas Venezolanos, en el que recoge una selección de sus artículos en el diario Ahora, sobre temas económicos y sociales; y además, cumplió una apretada agenda política, intelectual y académica, con escritos en la prensa, discursos y conferencias, en los que planteaba la situación venezolana, latinoamericana y mundial. En la Universidad de Chile, dictó tres conferencias: “Evolución Histórica de Venezuela”, “Estructura económica y fiscal de Venezuela” y “Venezuela en función internacional: Su vocación de americanidad”; y en la Facultad de Economía, disertó sobre “La guerra europea y las materias primas de la América Latina”.

La Segunda Guerra Mundial le llevó a insistir en un tema que ya había desarrollado en Venezuela en varios de sus artículos en el diario Ahora5:  la necesaria unidad latinoamericana para contener los imperialismos, idea esbozada durante su primer exilio; pero esta vez, por la guerra en curso, reconocía un peligro mayor en el fascismo, por lo que proponía formar un bloque junto a los Estados Unidos para enfrentar al eje nazi-fascista. La guerra también evidenció la importancia de Latinoamérica como productora de materias primas, codiciadas por los países en conflicto; por ello Betancourt pensaba que el momento era propicio para lograr mejores precios, especialmente para un recurso no renovable como el petróleo. La guerra, como el petróleo, siempre presente en su pensamiento, le llevó a actualizar su libro inédito Petróleo y Dictaduras en Venezuela, que esta vez, con el título Petróleo y Guerra, tampoco tuvo la suerte de ser editado.

Contrariamente a su primer exilio, para Betancourt los meses transcurridos en Chile fueron de tranquilidad familiar y de reconocimiento de su liderazgo. Pero a pesar de que no dejaba de añorar su tierra, su fortaleza ética siempre estaba presente: “Duele en la entraña más íntima la ausencia de la Patria, pero fuera de ella, cuando se tiene energía y aptitudes, siempre hay ancho campo para disputarle a la vida el derecho de vivirla decorosamente y sin miseria”6.

Transcurrido el año de expulsión, regresó a su país, deteniéndose un mes en Argentina donde dictó dos conferencias, una en Buenos Aires sobre la “Repercusión de la guerra en América”; y otra en la Universidad de La Plata: “Venezuela: Problema y Posibilidad”. Con su familia, llegó a Caracas el 6 de febrero de 1941 y desde su llegada Betancourt se consagró a la reestructuración del PDN y su conversión, tres meses más tarde, el 11 de mayo de 1941, en el partido Acción Democrática, que obtuvo su legalización el 29 de julio de ese mismo año. Nacía Acción Democrática, un partido político de vocación democrática, policlasista, nacionalista y americanista que reivindicaba la elección universal, directa y secreta.

Su participación en el derrocamiento del presidente constitucional Isaías Medina Angarita le condujo a la presidencia de la Junta Revolucionaria de Gobierno, gobierno de facto de profundo impulso modernizador y responsable de la instauración de la democracia en el país, motivo central de sus luchas; pudiendo cumplir una vieja aspiración: el que todos los venezolanos mayores de 18 años, incluidas las mujeres y los analfabetas, pudieran elegir al Presidente de la República. El escogido por una aplastante mayoría electoral, fue el escritor y compañero de partido, Rómulo Gallegos. Sin embargo, la estadía de Betancourt en Venezuela no será definitiva. Se prolongará sólo hasta 1948, cuando nuevamente los vaivenes políticos le aventarán a un nuevo exilio.

El tercer exilio: (1949-1958)

En la madrugada del 23 de enero de 1949, el embajador de Colombia en Venezuela, Manuel Barrera Parra y otros funcionarios de su embajada subieron a un avión de la Pan American con destino a Curazao. No viajaban solos. Acompañaban al ex presidente de la República, Rómulo Betancourt, quien una semana después del derrocamiento del presidente Rómulo Gallegos, se había asilado en la embajada colombiana y luego de casi dos meses de diligencias había obtenido el salvoconducto que le conducía a su tercer exilio. No habían sido fáciles las negociaciones con la Junta Militar que gobernaba en Venezuela; entre otras cosas, habían costado una acusación ante la Organización de Estados Americanos (OEA) y la ruptura de relaciones diplomáticas con la hermana república de Chile.

De nuevo desterrado, Betancourt con su esposa y su hija, se dirigía al exterior con los mismos propósitos que albergaba veinte años atrás, en 1928, al salir a su primer exilio: denunciar ante el mundo los sucesos de Venezuela y contribuir con todos los medios a derrocar a la Junta Militar de Gobierno. Pero hasta allí llegaba la similitud. Esta vez no era un inexperto veinteañero quien se alejaba de su patria. Era un ex-presidente de la República y presidente del poderoso partido Acción Democrática, con miles de militantes dispuestos a reconquistar el poder, empeño que mantuvieron en pie durante los casi diez años que duraron los gobiernos militares, en una acción sin precedentes llevada a cabo dentro y fuera del país, conocida como La Resistencia.

Betancourt cumplió a cabalidad su propósito. Fue el venezolano que más hizo para divulgar y crear conciencia en Latinoamérica sobre lo que pasaba en Venezuela. Con incansable dedicación mantuvo correspondencia con los principales líderes políticos, intelectuales, sindicalistas, parlamentarios, burócratas, diplomáticos, estudiantes y opinión pública en general. Dio conferencias ante nutridos y diversos auditorios: varias universidades, parlamentos, gobiernos y organismos internacionales, oyeron su voz punzante, pero convincente y apasionada. No desdeñó ningún medio de comunicación: la radio, revistas, periódicos, libros, etc., de todos los instrumentos se valió para cumplir la promesa que se había hecho a sí mismo y a sus compañeros de partido: No descansar hasta lograr la liberación de Venezuela. Su palabra era oída y obtuvo el apoyo de los gobiernos y pueblos democráticos de América, en su peregrinar por los países donde se residenció: Estados Unidos, Cuba, Costa Rica y Puerto Rico y en los que visitó en gira política: Bolivia, Chile, Argentina y Uruguay. Toda esta actividad opositora, le convirtió a los ojos del régimen militar venezolano, en el enemigo a vencer, y si posible, eliminar, como varias veces trataron de hacer en Cuba, México, Costa Rica y Puerto Rico.

Además de la palabra, Betancourt no desdeñó la acción directa. Por ello desde el exterior apoyó las conspiraciones que la dirección clandestina de Acción Democrática acordó llevar a cabo en Venezuela y participó en la obtención de recursos y armas, apelando a sus relaciones con los entonces gobernantes de Cuba, Bolivia y Costa Rica. Todo ello, a pesar de que tenía divergencias con el excesivo énfasis que el CEN clandestino daba a la acción armada y a la conspiración con militares “encallejonando el Partido por una sola vía” y dejando de lado otras formas de lucha que él también promovía, como la formación de un amplio frente opositor con los otros partidos venezolanos, con exclusión del comunista (PCV), y el énfasis en la organización y la formación ideológica de la militancia.

Betancourt identificó en el petróleo la columna vertebral de la historia venezolana del siglo XX, no sólo como factor económico sino también como protagonista político, cuya existencia había financiado los grandes avances en materia de modernización del país, pero también la permanencia de regímenes dictatoriales como los de Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez y los gobiernos militares de la década de los años 50, cuyo último exponente era el general Marcos Pérez Jiménez. De este tercer exilio, es su obra fundamental, Venezuela: Política y Petróleo, publicada en México por el Fondo de Cultura Económica, en noviembre de 1956, obra en la que analiza la historia venezolana ligada a la industria de los hidrocarburos, cincuenta años en los que el “villano del drama, en ese lapso de la vida nacional, es el dios por excelencia de la mitología de la era mecánica: el petróleo”7. En Venezuela: Política y Petróleo, Betancourt, no sólo expresa el drama venezolano. Esta obra es también una afirmación de esperanza, de fe en “los elementos afirmativos y promisores… de nuestra personalidad colectiva”, entre ellos, la pasión por la libertad y la capacidad para asimilar las ideas renovadoras y democráticas, concepto que Betancourt opone a la tesis que atribuía a los americanos de habla hispana “una incapacidad casi congénita para vivir dentro del régimen democrático”. Betancourt concluye esta obra expresando su convencimiento de que Venezuela volvería a ser patria de gobiernos democráticos y nación fraternalmente integrada a la América Latina.

Al igual que en sus anteriores exilios, pero sobre todo en éste tercer destierro, Betancourt “sufrió con orgullo y a veces con desesperación los rigores de la pobreza, (…) considerando que esta prueba de honestidad como gobernantes, era un ejemplo necesario para Venezuela”8. El periodismo, actividad que ejerció durante toda su vida y de la que se sentía orgulloso, al punto que era ésta la que citaba como su profesión, fue fundamental en estos diez años de estrechez económica en los que Betancourt utilizó la pluma para ganar el sustento familiar, al tiempo que su opinión recorría el continente americano a través de varios órganos periodísticos, como la revista Bohemia, de Cuba y el diario El Tiempo, de Bogotá.

Profundo conocedor de los vaivenes de la lucha social, desde un principio Betancourt comprendió que el retorno al poder no sería instantáneo y que el paréntesis militar, aunque largo, también pasaría. Por ello, la tarea que se propuso y llevó a cabo durante los casi diez años de su tercer exilio, un exilio colectivo de cientos de dirigentes y militantes “adecos”, fue la de preservar a su Partido para los tiempos que vendrían luego de la dictadura militar, en los que estaba seguro, Acción Democrática tendría actuación preponderante. Y a ello se dedicó con empeño, impartiendo órdenes, infundiendo ánimo, aconsejando acciones, afrontando las derrotas, llorando a sus muertos, limando asperezas, cuidando la “pureza” ideológica del Partido, estableciendo relaciones, haciendo campañas, dictando conferencias y escribiendo en la prensa. Al cabo de diez años pudo regresar a su país, que al retomar la senda democrática, mediante votación universal, directa y secreta le eligió como su presidente constitucional.

El cuarto exilio: (1964–1972)

Betancourt recordaba muy bien la experiencia vivida años atrás, en 1948, cuando en sólo doce meses había pasado del Palacio de Miraflores, a solicitar asilo en una embajada amiga. Sólo nueve meses había durado el gobierno constitucional de Rómulo Gallegos, sometido a la presión del inclemente “canibalismo político” que terminó por enfriar las relaciones entre Gallegos, presidente de la República y Betancourt, presidente del Partido que le había llevado al poder. Atendiendo a la petición del gobierno de Gallegos y pretextando problemas de salud Betancourt se había ausentado del país y no fue posible evitar que la situación concluyera en un golpe militar que derrocó al presidente Gallegos.

Casi veinte años más tarde, por segunda vez, tocaba a Betancourt entregar la Presidencia de la República a un compañero de su partido Acción Democrática. Pero esta vez, no estaba dispuesto a pasar por la experiencia anterior y no quiso que su presencia en el país se convirtiera en obstáculo para el Presidente en ejercicio. Así que, para evitar el “canibalismo político” y la desestabilización del gobierno de Raúl Leoni, voluntariamente se ausentó del país durante todo su período de gobierno. El 10 de marzo de 1964 entregó la banda presidencial a su sucesor y al mes siguiente tomaba el avión para Nueva York, Washington y California desde donde se embarcó para el Lejano Oriente y de allí a Europa, residenciándose en Nápoles y Berna en compañía de su segunda esposa, Renée Hartmann. Durante ocho años de autoexilio en los que se mantuvo al tanto de lo que sucedía en Venezuela, Betancourt se dedicó a la escritura, pudiendo además realizar un viejo deseo: organizar su archivo, valiosa colección de documentos con los que anduvo a cuestas durante su constante peregrinar, imprescindible para el estudio de la historia contemporánea de Venezuela y quizás uno de los más grandes y completos reunidos por un político latinoamericano.

El autoexilio que había comenzado en 1964, terminó ocho años más tarde, en marzo de 1972, cuando la pareja Betancourt-Hartmann regresó a Caracas y se instaló en el que sería su último hogar caraqueño, la quinta Pacairigua. La muerte lo alcanzó el 28 de septiembre de 1981. A los 73 años Betancourt partió a su último exilio.

Referencias

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2. CABALLERO, Manuel. Rómulo Betancourt, político de nación. Caracas, Coedición Alfadil Ediciones-Fondo de Cultura Económica, 2004.        [ Links ]

3. BETANCOURT, Rómulo. Antología Política. 1928-1935. Volumen I. (ROMERO, Aníbal, Elizabeth Tinoco y María Teresa Romero. Compiladores). Caracas. Editorial Fundación Rómulo Betancourt, 1990.        [ Links ]

4. BETANCOURT, Rómulo. Antología Política. 1936-1941. Volumen II. (SOTELDO, Patricia, Vilma Petrásh y María Teresa Romero. Compiladores). Caracas. Editorial Fundación Rómulo Betancourt, 1995.        [ Links ]

5. BETANCOURT, Rómulo. Antología Política. 1941-1945. Volumen III. (SOTELDO, Patricia. Compiladora). Caracas. Editorial Fundación Rómulo Betancourt, 1999.        [ Links ]

6. BETANCOURT, Rómulo. Antología Política. 1945-1948. Volumen IV. (SUAREZ FIGUEROA, Naudy. Compilador). Caracas. Fundación Rómulo Betancourt y Universidad Pedagógica Experimental Libertador, 2006.        [ Links ]

7. BETANCOURT, Rómulo. Antología Política. 1948-1952. Volumen V. (LOPEZ MAYA, Margarita. Compiladora). Caracas. Fundación Rómulo Betancourt, 2003.        [ Links ]

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10. ROMERO, María Teresa. Rómulo Betancourt. Caracas. C.A. Editora El Nacional-Banco del Caribe, 2005. Colección Biográfica Venezolana. No. 13.        [ Links ]