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Cuadernos del Cendes

versión impresa ISSN 1012-2508

CDC vol.30 no.82 Caracas abr. 2013

 

El populismo chavista: autoritarismo electoral para amigos y enemigos* 

Luis Gómez Calcaño** Nelly Arenas***

* Este artículo es una versión revisada y actualizada del que con el mismo título fue publicado en francés en la revista ProblèmesAmèrique Latine, Dossier Venezuela: Remaniements de la Scène Sociopolitique, vol. 4, nº 86, otoño, 2012, pp. 13-30.

** Profesor-investigador Titular del Área de Desarrollo Sociopolítico del Centro de Estudios del Desarrollo, Cendes, de la Universidad Central de Venezuela. Caracas, Venezuela. Correo-e: gomezcal@gmail.com

***  Profesora-investigadora Titular del Área de Desarrollo Sociopolítico del Centro de Estudios del Desarrollo, Cendes, de la Universidad Central de Venezuela. Caracas, Venezuela. Correo-e: narenas50@gmail.com

Resumen

El principio de unicidad social y política rige el discurso y la práctica del populismo chavista. Mas la imposición de este principio ha encontrado resistencias dentro del movimiento y en la sociedad venezolana. Así, el régimen ha derivado hacia un autoritarismo electoral que refleja las contradicciones entre la aspiración a la hegemonía y la inevitable diversidad consustancial a los sistemas políticos pluralistas. Este autoritarismo electoral se aplica a los actores opositores, percibidos como «enemigos», pero también se ejerce en el interior de las organizaciones «amigas», es decir, leales al gobierno. Estas prácticas intentan reducir la diversidad sin lograrlo completamente, por lo que las tensiones siguen presentes ante la coyuntura electoral y la incertidumbre sobre la capacidad del presidente para seguir ejerciendo sus funciones.

Palabras clave Populismo / Autoritarismo electoral / Chavismo/ Totalitarismo imperfecto 

Abstract

The principle of social and political unity governs the discourse and practices of Chavist populism. But the imposition of this principle has found resistance within the movement and in Venezuelan society. Thus, the regime has drifted into an electoral authoritarianism that reflects the contradictions between the desire for hegemony and the inevitable diversity inherent to pluralistic political systems. The electoral authoritarianism is exercised against opponents, perceived as «enemies», but also within «friendly»– i.e., loyal to the government–organizations. The combination of those practices is meant to reduce diversity, whithout achieving its goal: the tensions are still present in view of the electoral circumstances and the uncertainty about the president’s ability to perform his role. 

Key words Populism / Electoral authoritarianism / Chavism / Imperfect totalitarianism 

Recibido:   Enero 2013 ACEPTADO:  Marzo 2013

La revolución bolivariana: entre la unicidad populista y la presión electoral

La revolución bolivariana llegó para quedarse, según sus creadores. A propósito del reto electoral de octubre de 2012 que el régimen chavista sortea, su dirigencia, en la voz de Aristóbulo Iztúriz, vicepresidente de la Asamblea Nacional, ha insistido en el carácter «irreversible» de la revolución, razón por la cual el presidente Chávez debe ser reelecto «en forma contundente», de modo de lograr la «hegemonía» política e ideológica tras una etapa de transición hacia el socialismo (Martínez Rodríguez, 2012).

De las palabras claves de este discurso oficial, irreversibilidad, hegemonía y reelección, se desprende la tensión más importante que experimenta hoy el chavismo: mantener y consolidar definitivamente la revolución haciéndola inexorable, en un contexto que lo obliga a medirse en las urnas periódicamente corriendo el riesgo de perder lo ganado. El primer eje de esta tensión, la irreversibilidad del proceso y su necesidad de hegemonía incontestable, orienta claramente la perspectiva de unanimidad social y política a la que aspira el régimen chavista. El segundo, la inevitabilidad de la confrontación electoral a la que está sometido gracias a la presión democrática que se ejerce sobre él tanto nacional como internacionalmente, lo conduce necesariamente por el camino electoral, aunque interponiendo toda clases de obstáculos a sus oponentes, a fin de resolver la tensión a su favor. 

La organicidad populista en el chavismo

Como hemos señalado en otros trabajos (Arenas y Calcaño, 2006a, b), el gobierno del presidente Chávez es portador de un conjunto de rasgos que permiten encajarlo en los sistemas de gobierno populistas, entendiendo el populismo como «un discurso político […] que se encuentra disponible para cualquier actor político que opera en un campo discursivo en el que la noción de soberanía popular y su inevitable corolario, el conflicto entre dominados y dominantes, son parte central del imaginario» (Panizza, 2008:81). Este conflicto entre ambos polos proviene de una visión maniquea del mundo desde la cual se asigna una dimensión moral a cada cosa, interpretándola como una lucha entre Dios y el Diablo, sin posibilidad de compromiso o diálogo (Hawkins, 2010).

La presencia de ingredientes conectados con la ética del bien y el mal explica por qué algunos académicos han emparentado el populismo con la esfera religiosa. Tal es el caso de Loris Zanatta (2008), para quien el populismo, comprendido ideológicamente, constituye «la transfiguración moderna, en cierta medida secularizada y adaptada a la época de la soberanía popular, de un imaginario social antiguo: un imaginario esencialmente religioso». En ambos casos, tanto en el imaginario populista como en el religioso, la esencia del nexo político es «rechazada en nombre de un orden revelado al cual se debería el fundamento de la polis». De allí en gran medida su distancia de la democracia liberal; distancia que encuentra su sustentación en una visión organicista de lo social fundamentada en el ideal de una «comunidad holística», en la que el individuo se sumerge completamente. Más allá de esa comunidad sólo habita el enemigo antipueblo.

El imaginario organicista se figura la unión armónica de la sociedad invocando el nexo solidario que uniría a sus integrantes desde los orígenes, reivindicando un lazo directo entre el pueblo y quien corporiza su identidad, sostiene Zanatta. Se hace presente así el mito del Salvador, del «Jefe profético», quien ya no es el «simple representante, el mero ejecutante de la voluntad general. Es su encarnación en el sentido más profundamente religioso del término: la encarna en la totalidad de sus dimensiones sociales; la encarna también en la totalidad de su destino histórico, en su pasado, su presente y su futuro» (Girardet, 1996). Una relación social y política de esta naturaleza (que puede ser asimilada a la noción de pueblo uno, propuesta por Claude Lefort, 1990:78) no deja resquicio, simbólicamente hablando, para que lo otro, lo distinto, ocupe el locus del poder, el que en democracia se llena temporalmente. La idea del poder como un lugar vacío, como lo entiende Lefort, a prueba de totalizaciones, se coloca en riesgo cuando en nombre del pueblo se pretende «abatir el sentido de la acción humana a un único plano de sentido» (Molina, 2004:XIII): el «espacio imaginario cerrado y uniforme del totalitarismo», como ha indicado Lefort (1990). Teniendo presente que no necesariamente todo populismo pueda traducirse en cerrada uniformidad, cuando este es llevado al extremo se convierte en totalitarismo, según lo ha entendido Panizza (2009).

De estas rápidas consideraciones podemos sacar en claro que un movimiento o un gobierno cuya cosmovisión sea populista necesariamente actúa sobre la base de una dicotomía de lo social que enfrenta irreversiblemente a pobres contra ricos, a patriotas contra apátridas, a virtuosos contra viciosos, desde una perspectiva muy cercana a la moral religiosa. Se colige también que el pueblo, resumido en la parte de la sociedad que se supone virtuosa pero débil, es uno solo, sin fisuras; así como también que el líder populista lo encarna absolutamente.

El gobierno de Hugo Chávez se ha constituido en los últimos tiempos en una muestra irrecusable de esta visión del mundo, convirtiéndose en referencia de primer orden de las nuevas expresiones del populismo en el mundo y, particularmente, en América Latina.

«Los que quieran patria, vengan conmigo», una frase repetida por el presidente, expresa muy bien el imaginario escindido de lo social sobre el cual Chávez y el chavismo han gobernado. Ella quiere reflejar que del lado del presidente se encuentra Dios, los verdaderos patriotas, los que aman y se sacrifican por Venezuela oponiéndose a los indeseables traidores, quienes no la merecen y no están autorizados moralmente para gobernarla.1 Esta lógica ha atravesado prácticamente todo el discurso oficial en sus largos años de gobierno. Esta visión se completa simbólicamente con la imagen que el populismo chavista y el propio Chávez tienen de su liderazgo como personalización del pueblo y de la patria: «Exijo lealtad absoluta a mi liderazgo. No soy un individuo, soy un pueblo» (Chávez, 2010); «El chavismo ya no es Chávez, el chavismo es el patriotismo, ser chavista es ser patriota, los que quieren patria están con Chávez, no tienen otro camino» (Chávez, 2012).

Pero Chávez no sólo es pueblo y patria en su autorreferencia, sino también Bolívar y Cristo. Tomando en cuenta que para los venezolanos el Libertador representa un nuevo Cristo, cuya vida inaugura una «nueva cristología política» (Castro Leiva, 1987:105), con Chávez estamos frente a ambos grandes personajes a un mismo tiempo. Una propaganda con fines electorales de la Misión Vivienda lo indica bien. El agradecido propietario de un inmueble adjudicado por el gobierno le dice a su hijo, frente a una foto del presidente colgada en el recibo de su nueva casa, que el beneficio no fue posible «[si no] hasta que llegó el Bolívar éste», para terminar señalando que él tiene un «dicho»: «Primero Dios, segundo mi comandante». La conexión del populismo chavista con el cristianismo queda de manifiesto en las palabras de la ministra del Poder Popular para la Juventud, Maripili Hernández (2012), al indicar que Chávez busca liberar la condición de pobreza del pueblo venezolano, tal como lo planteó Jesucristo.2

En el chavismo la noción de pueblo aparece, según se ha dicho, como una entidad sustancial que no conoce de fracturas, con sentido organicista, tal como se desprende de las bases programáticas del Partido Socialista Unido de Venezuela –PSUV–, en las cuales se propugna un «estado comunal planificado y orgánico» (PSUV, 2010:33). Una visión que se construye desde una suerte de verdad revelada, irrebatible (por tanto con tono religioso), en la que se disuelve la complejidad y diversidad que distingue a la democracia. En el proyecto chavista domina el discurso de la certeza sagrada: «Lo vengo repitiendo desde hace varios años. Todo lo que va a ocurrir debajo del sol tiene su hora, y esta es la hora de la revolución. No hay cabida en Venezuela para ningún otro proyecto que no sea la revolución bolivariana. Esta es la hora del pueblo bolivariano, del renacer» (Chávez, 2006b). Este renacer del pueblo, invocado por el presidente reiteradamente marca la hora del recomienzo nacional, la hora mítica de un «reino feliz de los tiempos finales» (García Pelayo, 1968:66). Hacerlo posible, sin embargo, exige la eliminación de los obstáculos que se interponen entre el deseo de instaurarlo y su concreción material.  

El proyecto chavista: del totalitarismo imperfecto al autoritarismo electoral

En el caso del chavismo, ese obstáculo está encarnado en quienes se oponen al proyecto, enemigos del pueblo contra quienes, sin embargo, la revolución debe medirse en las urnas de votación, siguiendo las pautas de la democracia que la revolución se ve compelida a obedecer. Ingresar a la liza electoral, enfrentar al «enemigo» en ella y derrotarlo, constituyen barreras que inevitablemente deben vencerse. Esta suprema necesidad explica la recurrencia, por parte del chavismo,3 a toda clase de mecanismos que aseguren su satisfacción, en la perspectiva de lo que una corriente académica ha denominado «autoritarismo electoral o autoritarismo competitivo».4

Autoritarismo electoral o competitivo es un concepto para calificar aquellos regímenes en los cuales, a fin de contrarrestar la posibilidad de resultados comiciales perturbadores e inciertos, las competencias electorales están sujetas a una manipulación tan severa, amplia y sistemática por parte del Estado, que dichos regímenes no pueden llamarse democráticos (Schedler, 2010). Venezuela ha sido presentada como un caso de autoritarismo electoral o competitivo. Para Levitsky, el autoritarismo competitivo ha surgido con fuerza en los países andinos, siendo Venezuela «el caso más notorio de los últimos años. Electo democráticamente, Hugo Chávez utilizó mecanismos plebiscitarios y los ingresos del petróleo para concentrar el poder, imponer una nueva Constitución, y utilizar las instituciones y recursos del Estado para ir cerrando el espacio a la oposición» (Levitsky, 2011).

Nuestra hipótesis con respecto al caso es que se trata de un populismo autoritario electoral que bien puede comprenderse como una deriva de lo que Linz (2000) ha denominado «totalitarismo imperfecto» (defective totalitarianism) para dar cuenta de regímenes que constituyen una fase transitoria de un sistema político cuyo despliegue hacia el totalitarismo ha sido detenido y tiende, por consiguiente, a convertirse en algún otro tipo de régimen autoritario.5

A pesar de que algunos estudiosos ven en el populismo un signo democratizador en cuanto que visibiliza y puede dar voz a los excluidos, la lógica excluyente sobre la cual se monta, así como la idea de homogeneidad social que lo anima, puede fácilmente derivar en prácticas autoritarias de gobierno. De acuerdo con Arditi (2009:128), «El culto a la personalidad puede transformar a los líderes en figuras cuasi mesiánicas, para quienes la rendición de cuentas no constituye una cuestión relevante y el desprecio populista por el equilibrio de poderes puede alentar el ejercicio del gobierno por decreto y toda clase de comportamientos autoritarios, manteniendo al mismo tiempo una fachada democrática».

Tal ocurre en Venezuela, donde el liderazgo del presidente Chávez ha copado prácticamente toda la escena política, ejerciendo el poder de modo cada vez más concentrado en su persona en desmedro de la pluralidad y el equilibrio de poderes. Procurando acercarnos a una comprensión del régimen chavista, revisamos la tipología sobre el autoritarismo propuesta por Juan Linz y Alfred Stepan (1996), la cual goza de amplia aceptación en el medio académico. Según estos autores los sistemas políticos autoritarios presentan un «pluralismo político limitado, no responsable», «con frecuencia existe bastante pluralismo económico y social», así como «espacio para una semi-oposición»; carecen de una «ideología elaborada y orientadora», aunque poseen «mentalidades características», «sin movilización extensiva, ni intensiva, excepto en algunos momentos de su desarrollo». «Un líder, u ocasionalmente un pequeño grupo, ejerce el poder dentro de normas formalmente poco definidas, pero bastante predecibles».

A partir de este concepto podemos decir que, efectivamente, no toda la comunidad política en Venezuela goza del derecho de actuar conforme al reconocimiento democrático de la pluralidad. Los actores políticos opuestos son objeto de todo tipo de restricciones, viendo su espacio cada vez más limitado para ejercer lo que Linz y Stepan llaman «semi-oposición».6 No corresponde, sin embargo, al modelo, la existencia de pluralismo económico. Favorecido por el considerable poder financiero del Estado gracias a la renta petrolera que este percibe, el proyecto del presidente Chávez ha desplegado una estrategia de desmontaje del aparato productivo privado, intentando sustituirlo por la acción económica estatal, cada vez más ambiciosa.

Siguiendo con la tipología, también es posible confirmar que el chavismo no posee una ideología elaborada, aunque es necesario tener en cuenta que luego de su abierto manifiesto en favor del socialismo, posterior a la elección presidencial de 2006, ha ido acercándose cada vez más hacia una justificación ideológica de su régimen en la perspectiva comunista. Así, en el año 2010 el presidente Chávez asumió por vez primera que su acción de gobierno estaba guiada por el marxismo. Pese a esto, es más bien una «mentalidad característica», el bolivarianismo, la que sirve de ideario a su ejercicio de gobierno.

Por último, el líder Hugo Chávez ejerce el poder efectivamente con «límites formalmente indefinidos» aunque «predecibles». La Constitución se ha convertido en una normativa que se violenta o se cumple en función del interés del régimen. De hecho, este ha venido levantando un entramado legislativo al margen del documento magno. Ejemplo fehaciente ha sido el establecimiento de las comunas, con cuya Ley se pretende «abrir las compuertas para la construcción de un espacio geográfico socialista»,7 sin que este modelo tenga aval constitucional y, aún más, siendo derrotada en las urnas la proposición presidencial para reformar la Constitución e incorporar variantes sustantivas como esta, a través del referéndum de diciembre de 2007. También es un buen ejemplo de estas transgresiones la nueva Ley Orgánica del Trabajo, la cual fue diseñada sin consultar ni a los patronos ni a los trabajadores, contraviniendo la letra constitucional.

Linz también ha estudiado los regímenes que, tomando como patrón las ideas de Weber, ha denominado «sultánicos» (1996). Estos constituyen «una forma extrema de patrimonialismo» en donde las esferas pública y privada se funden; existe una marcada tendencia hacia el poder familiar y sucesión dinástica; no se distingue entre una carrera de Estado y una al servicio personal del gobernante; el éxito económico depende de una relación personal con este, cuyos actos se producen de acuerdo a su libre discreción y no a metas impersonales. En este tipo de regímenes, según Linz, el pluralismo económico y social no desaparece, pero está «sometido a intervenciones impredecibles y despóticas»; «no existe el imperio de la ley», registrándose «baja institucionalización». Adicionalmente, se manipulan de modo muy arbitrario los símbolos patrios y se glorifica extremadamente al gobernante; no hay ideología elaborada, y ni siquiera «mentalidades específicas» como en los autoritarismos. La movilización es «baja y ocasional», de corte «ceremonial», con «métodos coercitivos o clientelísticos». Finalmente, Linz registra la regular «movilización de grupos paraestatales que recurren a la violencia contra los grupos designados por el sultán».

También con variantes, el chavismo replica algunas características de este tipo de regímenes. Destacan el modo discrecional como el presidente se ha conducido en su desempeño con respecto al erario público, lo cual es expresión de una conducta patrimonialista, presente también en los populismos. Cuando en alocuciones públicas el presidente asigna recursos financieros, lo hace como si estuviera repartiendo su peculio personal; la ya larga duración de su mandato, posible gracias a la reforma constitucional (2009) que permite la reelección indefinida, advierte sobre una vocación por parte del liderazgo chavista de permanecer en el poder ilimitadamente; la intervención despótica sobre la propiedad privada con la ya célebre frase presidencial «¡exprópiese!» sin que medien arreglos institucionales; el cambio arbitrario de los símbolos, por parte del presidente, como fue el caso del escudo, la bandera nacional y, principalmente, el nombre de la república; la violencia de grupos afectos al gobierno contra sectores que el verbo del presidente ha calificado como «traidores», «oligarcas», etc.

Este recorrido por los atributos básicos del autoritarismo y el sultanismo, de acuerdo a Linz y Stepan, nos permite aventurar la hipótesis de que el gobierno de Chávez constituye una mixtura parcial entre ambas tipologías que, gracias al contexto democrático en el que está inmerso, debe participar en el juego electoral, sumándose a la lista de regímenes en el mundo que calzan el número del autoritarismo electoral, conforme a quienes se han dedicado al estudio de este fenómeno. 

El doble carácter, externo e interno, del autoritarismo electoral o competitivo

Los autoritarismos competitivos manipulan las instituciones democráticas para imponerse sobre los opositores, a los que consideran «enemigos»; pero estos mismos métodos se aplican en el interior del grupo en el poder, los «amigos». Por ello, en la vida interna del chavismo también se manifiesta la tensión entre la exigencia de unicidad y la necesidad de mantener las formas democráticas.

En la relación entre el gobierno y el resto de la nación existe una oposición que reivindica sus derechos y pretende, en medio de grandes desventajas, sustituir al gobernante, pero dentro del PSUV no es concebible una oposición interna y ni siquiera la existencia de tendencias reconocibles. Las luchas por el poder y los debates políticos e ideológicos internos tienen un techo insuperable: el presidente-comandante. Es por ello que la democracia interna del PSUV es limitada, incompleta o inauténtica. La identificación de la crítica con la deslealtad o la traición ha sido el mecanismo que, en varias ocasiones, ha presidido las divisiones del movimiento chavista, por lo que es extremadamente arriesgado para cualquier dirigente atreverse a diferir del caudillo, y mucho más hacerlo en forma pública.8 Se asimila la diferencia de opiniones a la traición, territorio de fronteras difusas al que se puede llegar sin darse cuenta, y del que sólo se puede regresar a costa de grandes sacrificios. De allí que los debates políticos, sobre todo los más cercanos a la cúspide de la pirámide caudillista, tienden a derivar hacia intrigas palaciegas en las que el factor decisivo para el destino de una facción es el acceso diferenciado al «oído del rey»; es este uno de los rasgos «sultanistas» del régimen.  

Las tensiones entre la unanimidad del movimiento y la diversidad interna

La lucha por el poder en el interior del movimiento tiene pocos canales de expresión legítima, como la competencia formal por cargos directivos en el PSUV o por candidaturas para los procesos electorales. Pero, dado que estas ocasiones son escasas y sus resultados pueden ser desconocidos o alterados por el caudillo, los competidores deben desarrollar estrategias más complejas y menos explícitas, tratando de conciliar el hecho de la diversidad interna con el mito de la unidad indisoluble alrededor del líder. A esta tensión se suma la que existe entre las demandas de participación democrática de las bases, que exigen, entre otros métodos, debates públicos y elecciones competitivas internas, y la ambigüedad del discurso chavista sobre la democracia representativa. Desde los orígenes del movimiento esta modalidad ha sido señalada como responsable de los males del sistema político venezolano en las últimas décadas, por lo que debería ser sustituida por la democracia «participativa y protagónica»; pero al mismo tiempo el régimen actual alega como una de sus principales fuentes de legitimidad el haber sido ratificado por trece procesos electorales desde 1998, de los cuales once resultaron en claras victorias oficialistas. La demanda de participación de las bases y de celebración de elecciones justas, no manipuladas por la dirigencia, es un tema constante en los foros de discusión de los órganos del partido, lo que parece indicar que para los militantes ambos principios son igualmente válidos.9 

El PSUV como proyecto frustrado de partido único de la revolución: rupturas con PPT y Podemos, tensiones con el PCV

La idea de agrupar a todos los partidarios de Chávez en una organización única se venía manejando desde los años iniciales del régimen, pero no había logrado suficiente consenso.10 Poco después de su victoria en las presidenciales de 2006 Chávez decidió acelerar el paso y anunció la creación de un partido unificado de la revolución, con el argumento de que los partidos dividían al pueblo: «Yo veía por allí a algunos en televisión diciendo: ‘... que nuestro partido sacó no sé cuántos votos, y el otro sacó... ’. ¡Esos votos son de Chávez! ¡Esos votos no son de ningún partido! ¡No dividamos al pueblo!» (Chávez, 2006a).

Al decir «esos votos son de Chávez», el presidente expresaba la identidad entre Chávez y el pueblo: no se trataba de que los partidos hubieran logrado votos para él, sino lo contrario: que se habían beneficiado de su alianza con Chávez, sin la cual serían insignificantes; por lo tanto, no tenían derecho a exigir posiciones de poder ni de ser escuchados como pares.

El partido oficial, Movimiento V (Quinta) República (MVR) inmediatamente acató la orden de disolverse, pero otros trataron de posponer o eludir su disolución. El Partido Comunista de Venezuela (PCV) se negó a desaparecer, reivindicando su trayectoria y especificidad política; Podemos y el Patria para Todos (PPT) también se resistieron. La respuesta de Chávez fue previsible: la resistencia a integrarse en el PSUV convertía a los remisos en aliados de la oposición y por lo tanto en traidores:  

… como muchos que se han ido tirando piedras para sumarse después a golpes de Estado, a traiciones veladas, etc. […] si Podemos quiere irse a la oposición, váyanse; si el PPT quiere irse a la oposición, váyase, y otros más. Hay algunos que yo sé que nunca se irán a una oposición, por lo menos los camaradas del PCV, yo sé que jamás irán a una oposición a este gobierno revolucionario. (Ibíd.). 

Lo que en una democracia pluralista habría sido un simple debate sobre la conveniencia o no de fusionar varios partidos, se convirtió en la ocasión para establecer una nueva frontera entre los revolucionarios leales a la palabra del caudillo, única expresión posible del pueblo, y los actores que no se sometieran a esta visión excluyente. Aunque se les dejaba en libertad para separarse de la coalición, se profetizaba su entrada en la esfera de la oposición, la de los traidores y los golpistas. La posibilidad de contar con aliados autónomos y con cierta capacidad de crítica no era imaginable. Un dirigente de la izquierda radical describía el clima del debate en ese momento: «Lo que era un campo abierto debate [sic.] de diversidades comprometidas en un mismo objetivo revolucionario en cuestión de semanas se ha achicado hasta el punto de hacer de la crítica, de la diferencia, del posicionamiento alternativo, un hecho de traición […] Lo que se está premiando es el acto de sometimiento y no la demostración de rebeldía y compromiso» (Roland, 2007; cit. por Patruyo, 2007:54).

Los partidos que se negaron a disolverse pagaron un alto precio por esta rebeldía: todos sufrieron divisiones que les hicieron perder posiciones de poder; además de algunos gobernadores y alcaldes, Podemos perdió la mitad de sus 18 diputados, el PPT 7 de los 12 que tenía, y el PCV, el menos perjudicado, sólo 3 de su fracción de 8 diputados, todos los cuales fueron a engrosar las filas del PSUV.11

La predicción del presidente sobre la trayectoria futura de esos partidos se cumplió, ya que tanto Podemos como, mucho más gradualmente, el PPT se fueron acercando a posiciones claramente opositoras, mientras que el PCV, a pesar de las descalificaciones y la división inducida de la que fue objeto, se mantuvo como aliado casi incondicional, lo que le ha permitido sobrevivir. No ocurrió lo mismo con los dos primeros, ya que al acercarse la campaña electoral de 2012 se estimularon nuevas divisiones en ambos partidos, impulsadas por grupos que se decían los verdaderos representantes de los mismos y pretendían apoyar la reelección del presidente. A nadie sorprendió que el Tribunal Supremo de Justicia decidiera a favor de estos grupos, con lo que las siglas y símbolos de ambos partidos pasaron a engrosar la nueva alianza electoral oficialista.12 Uno de los métodos característicos de los autoritarismos competitivos, el uso de poderes nominalmente independientes para perseguir a la oposición por medios formalmente legales, se volcaba ahora sobre los antiguos aliados.

La meta de unificar el chavismo en un solo partido fue lentamente abandonada. Cinco años después de la iniciativa, pequeños partidos como el Movimiento Electoral del Pueblo (MEP), Unidad Popular Venezolana (UPV) y el Movimiento Revolucionario Tupamaro, que habían manifestado su voluntad de integrarse al PSUV, siguen existiendo y forman parte de la nueva alianza electoral, el Gran Polo Patriótico (GPP).13 La diferencia con los antiguos aliados es que los actuales, con la excepción parcial del PCV, carecen de voluntad para comportarse como actores autónomos o son tan minoritarios que su voz se hace irrelevante. ¿Puede entonces decirse que el intento de crear el PSUV fue un fracaso para Chávez? No necesariamente, si se considera que el resultado del proceso fue intensificar su control personal sobre el movimiento y sus aliados, mostrarles el costo potencial de la pretensión de autonomía, y ratificar que son imposibles «terceras vías» entre la incondicionalidad absoluta y el pase a la oposición, es decir, a la traición. La misma retórica utilizada para concentrar el poder frente a la sociedad se aplicó hacia el interior del movimiento. 

Del PSUV al Gran Polo Patriótico: las tensiones entre bases y dirigencias

La tensión que recorre al populismo entre su carácter unificador alrededor de un líder incuestionable y su aspiración a ser un sistema político incluyente y democrático frenó la creación de un partido único de la revolución. Sin embargo, el presidente Chávez siguió insistiendo, sobre todo desde fines de 2010, en la necesidad de contar con un instrumento unitario, y para ello propuso en sus líneas estratégicas –formuladas en enero de 2011– la constitución del Gran Polo Patriótico (PSUV, 2011:6). Esta alianza no sustituye al PSUV, sino que pretende articular un conjunto de sectores sociales para hacer más coherente la acción política del gobierno y del partido; para prestar oído a las demandas y necesidades de la población; y naturalmente, para incorporarse a la decisiva campaña electoral presidencial de 2012.

La puesta en marcha del polo patriótico se basa en «… la realización de Consejos Patrióticos Bicentenarios en todos los municipios, reuniendo a la base del partido, a los militantes de los partidos aliados, a todas las formas de organización popular revolucionaria, con el propósito de trabajar sobre los asuntos generales y específicos de todas las áreas y dominios de la vida social local» (ibíd.).

Estos consejos patrióticos deberían impulsar «bases de patrullas» y «círculos de luchas populares y del buen vivir», cuya función sería ejercer contraloría social de la gestión de gobierno, proponer soluciones, y denunciar y combatir la explotación capitalista. También se crearían consejos sectoriales correspondientes a diversos sectores de la economía, frentes sociales y otras formas de organización social, incluyendo a los consejos comunales.

¿Qué se pretendía lograr con esta institución? En palabras de Chávez:  

… un proceso de este tipo crearía las condiciones para reunificar y, sobre todo, ampliar la base popular que sustenta la revolución (obreros, campesinos, pobladores, estudiantes) y para lograr alianzas con sectores patrióticos de la clase media profesional, de la cultura, del deporte y de pequeños y medianos empresarios honestos. […] [Proceso que] podría constituir, en el corto plazo, un viraje estratégico en la ampliación de la correlación de fuerzas favorables a la revolución bolivariana. (Ibíd., 7). 

Es clara la preocupación electoral que subyace a la constitución del GPP. Se trata de construir una base de movilización que vaya más allá de los militantes del partido y de sus aliados, para hacer frente a la difícil tarea de recuperar los votos perdidos después de la última elección presidencial y garantizar una mayoría sólida frente a una previsible unidad de la oposición. Este intento de reconstruir la alianza obedece también a algunos problemas denunciados por las bases, que han afectado la lealtad de los sectores populares hacia el partido:  

En el ámbito interno, es necesario reconocer que las aspiraciones de la militancia por lograr la democracia interna, en cierto modo, han sido frustradas por algunos militantes con cargos de dirección o de gobierno, los cuales manejan recursos y gestionan cuotas de poder, para imponer a sus lealtades personales por encima de los auténticos liderazgos populares, leales a los principios revolucionarios. Esta situación obliga a una profunda revisión de los mecanismos de selección de nuestras autoridades y de nuestros candidatos y poner en una balanza sus ventajas y desventajas.

La dinámica del Partido se agota en la gestión administrativa de lo político, se concentran muchas energías en reuniones de información y coordinación, en elecciones primarias para cualquier cosa, desperdiciando muchas reservas de energía que deberían estar en el terreno, en las comunidades, junto con el pueblo. (Ibíd., 4). 

El presidente, al reconocer algunas de las críticas formuladas por las bases, aparece como su protector contra ciertos dirigentes partidistas, pero al mismo tiempo aprovecha para criticar los procedimientos electorales internos, por ejemplo las primarias, a las que atribuye el alejamiento de la cotidianidad y la separación respecto del pueblo. Esta tendencia a buscar alternativas a las elecciones por la base fue puesta en práctica de inmediato, al designar a las autoridades partidistas por el método de cooptación en el primer trimestre de 2011.14

En cuanto al GPP, el presidente designó un equipo promotor que debía encargarse de la convocatoria a las bases. La inscripción de organizaciones se inició en octubre de 2011, en forma centralizada: en lugar de comenzar por los municipios, se estableció un registro por estados, a partir del cual serían convocadas las organizaciones para las «asambleas patrióticas populares» (Bravo, 2011). Según el presidente Chávez, en diciembre ya se habían inscrito más de 34.000 organizaciones.15 En 2012 se produjeron numerosas asambleas territoriales y sectoriales que debían culminar en abril en una «Asamblea Patriótica Nacional»; sin embargo, ella ha sido pospuesta varias veces, quizás porque no se ha logrado consolidar la compleja estructura del Polo en todo el país (AVN, 2012). Según fuentes oficiales la elección de los voceros en las asambleas se hace por voto «directo y secreto» de los voceros de las organizaciones (por lo cual se trata de una elección de segundo o hasta de tercer grado, según el nivel territorial del que se trate),16 pero este método no siempre es usado, recurriéndose también al voto a mano alzada, la «cooptación» o el «consenso»,17 lo cual parece indicar una limitación de la democracia interna en el GPP, y la posibilidad de que se convierta en un simple apéndice del PSUV. Una vez más, la tendencia de los regímenes autoritarios a controlar o minimizar a la sociedad civil pareciera repetirse en la sociedad parcial que es el chavismo: las organizaciones que forman el Polo son nominalmente autónomas, pero se las articula en forma subordinada para garantizar su sujeción al partido-Estado.

Desde el inicio mismo de la promoción del GPP comenzaron a manifestarse las tensiones entre los diversos niveles de las organizaciones, así como entre el PSUV y sus aliados. En el interior del PSUV la contradicción más importante se manifestaba entre militantes de base y directivos del partido, muchos de los cuales son a su vez altos funcionarios.18 Si para algunos militantes de base el Polo se vio como una nueva oportunidad de democratizar el PSUV, haciendo suyas las palabras del presidente, en muchos casos estas expectativas se frustraron.19

Las tensiones fueron contenidas por la unanimidad acerca de la meta prioritaria: garantizar la reelección de Chávez. Sin embargo, en algunos estados hay enfrentamientos entre gobernadores, alcaldes y militantes de base.20 Estas tensiones provienen de la estructura piramidal del poder chavista: el carácter extremadamente personal del liderazgo de Chávez sobre sus seguidores (y sobre la nación) permite vislumbrar la anormalidad que se oculta bajo las formas: propiedades tan obvias de los partidos políticos modernos como la elección de todas sus autoridades por las bases, la discusión pública de sus diferencias internas, el trato en pie de igualdad con sus aliados, y el derecho de sus militantes (y de todos los ciudadanos) a estar informados sobre la salud de sus dirigentes y candidatos, han ido desapareciendo en forma gradual, hasta el punto en que su ausencia se ha hecho invisible y por lo tanto «normal».

Enfermedad del líder: sus consecuencias para la pirámide del poder

En los regímenes autoritarios electorales, las elecciones, las protestas ciudadanas, los conflictos internos del régimen y las tensiones internacionales son las principales fuentes de incertidumbre.21 En la Venezuela de hoy, aunque se producen numerosas protestas sociales,22 ellas tienden a ser dispersas y fragmentadas, y muchas veces sus propios protagonistas manifiestan su lealtad al presidente; la oposición ha canalizado todas sus energías hacia la lucha electoral; y en el plano internacional, el régimen cuenta con poderosos aliados comerciales y políticos, lo que lo protege frente a eventuales intervenciones externas. Por eso, la principal fuente reciente de incertidumbre ha sido «horizontal»: el impacto de la enfermedad de Chávez sobre las cúpulas partidistas, militares y económicas de su movimiento.

Si bien en el PSUV y su periferia se producen permanentemente (y se trata de ocultar) debates, denuncias, competencia y conflictos por el liderazgo, ellos involucran sobre todo a los niveles bajos y medios, pero al llegar a la cúpula directiva el debate encuentra su techo en la imposibilidad de criticar a quien carga, por ser el líder único, con la mayor responsabilidad por los aciertos y errores del partido y del Estado. Ello hace que las tensiones y disputas que vienen ascendiendo desde las bases adquieran, al llegar a ese nivel, un carácter horizontal, enfrentando entre sí a facciones que, por lo demás, no están autorizadas a tratar sus diferencias en forma pública y abierta. Esta ficción de unanimidad bajo el manto de la lealtad absoluta al líder máximo se encuentra, desde mediados de 2011, amenazada por la forma opaca en que se ha manejado la información sobre su enfermedad, y sobre todo por la negativa a considerar siquiera la hipótesis de su retiro. En palabras de Diosdado Cabello, uno de los presuntos herederos, «Creemos que si Chávez está ausente no hay revolución ni nada que se le parezca».23

¿Es posible creer en la sinceridad de tales palabras? Ello equivaldría a creer que el liderazgo chavista se resignaría a su desaparición política tras la ausencia definitiva de su jefe. Pero cualquier expresión que denotara, aun indirectamente, la temida expresión «chavismo sin Chávez» daría ocasión a los enemigos de quien la emitiera para acusarlo de deslealtad.

El dilema para los herederos potenciales de Chávez es que deben prepararse para una lucha por el poder con sus propios compañeros sin reconocer que lo estaban haciendo, y en un horizonte de tiempo indeterminado: si se adelantan pueden ser estigmatizados por el líder; pero si esperan demasiado pueden ser superados por las intrigas más eficaces de sus rivales. Si la presencia avasallante del presidente, a pesar de su enfermedad, ha contenido la «incertidumbre horizontal», su ausencia definitiva abriría las puertas para expresarse en forma de divisiones del partido, intentos de golpes de Estado o súbitos cambios en las lealtades.

Los mismos dilemas se presentan en los niveles intermedios y de base: gobernadores, diputados y alcaldes deben escoger entre identificarse con alguna de las corrientes internas o aparentar neutralidad, en función de los escenarios divergentes que puedan presentarse; pero desde el punto de vista de las bases, no hay líder capaz de sustituir a Chávez, por lo que cualquier adhesión sería condicional y temporal. Dado este conjunto de incertidumbres, es previsible que la ausencia definitiva de Chávez desemboque en grandes dificultades para la gobernabilidad del PSUV y sus aliados, y por ende de la sociedad como un todo.

Conclusiones

El populismo chavista combina un discurso de la unicidad social con un proyecto dirigido a establecerla como principio rector de las relaciones sociales y políticas de la nación. El carácter organicista y religioso del discurso es uno de sus componentes fundamentales.

Las resistencias opuestas por sectores sociales internos y externos al movimiento han obstaculizado su pleno despliegue; la complejidad y diversidad sociopolíticas impiden la concreción de la noción de Pueblo uno en realidad tangible, haciéndola derivar hacia lo que Linz ha definido como «totalitarismo imperfecto», que en la práctica se materializa como un autoritarismo electoral o competitivo, en los términos utilizados por autores como Schedler y Levitsky.

Dicho autoritarismo electoral se manifiesta tanto hacia la sociedad en su conjunto como hacia el interior del chavismo. Procedimientos como la identificación del disenso con la traición, o la búsqueda de mecanismos para limitar el debate interno y la elección por la base de las dirigencias han sido practicados en años recientes por la alta dirección del PSUV y del gobierno, tratando de imponer el principio de unicidad absoluta del movimiento y de la sociedad frente a la normal diversidad de toda organización política y de los sistemas políticos plurales.

Esta tensión entre unicidad y diversidad puede evolucionar hacia diferentes trayectorias: una posibilidad es que el proceso de imposición del proyecto hegemónico siga avanzando en forma irreversible, aun contra la resistencia de diversos actores sociopolíticos, gracias al uso eficiente de mecanismos como el control cada vez mayor de los medios de comunicación, la identificación de la Fuerza Armada con el proyecto del presidente, el manejo clientelista de la renta petrolera, y el aprovechamiento de la identificación cuasi religiosa de amplios sectores populares con la persona de Chávez, convertido ahora en figura mítica.

La otra posibilidad es que la resistencia de actores internos y externos al movimiento, aunada al desgaste de las prácticas que hasta ahora han sido exitosas, pueda detener o al menos frenar el avance del proyecto hegemónico. En este sentido, la incógnita acerca de las capacidades de los potenciales herederos políticos del chavismo para mantener su unidad y gobernar con legitimidad puede convertirse en una variable decisiva. La transición desde un Chávez que encarna la unidad del pueblo a través de su discurso y acción, a una suerte de deidad paterna capaz de inspirar la continuidad de su proyecto personalista se muestra inviable, dada la imposibilidad de sustituir el vínculo efectivo y cotidiano por uno que ya es sólo simbólico y cada día menos material.

NOTAS: 

1 Una de las estaciones de radio que conforman la red comunicacional oficial (Radio Negro Primero) transmitió el siguiente mensaje a propósito de las elecciones presidenciales del 7 de octubre de 2012: «En estas elecciones y en las que sea, el que vote por la oposición está votando por el diablo, contra la independencia del país y no quiere a su madre».

2 Cristo aparece también como quien decide el destino del gobierno de Chávez. Así, en el año 2002 el presidente señalaba que «Chávez se va del gobierno cuando Cristo lo quiera, él es el comandante y la voz de Dios es la voz del pueblo» (v. Arenas, 2007:163). Esta traspolación de su propio deseo de perduración indefinida en el mando, recurriendo al poder de decisión de Cristo, traduce crípticamente la imagen que el presidente se hace de sí mismo como mesías instalado por fuerzas divinas, cuyo desalojo del poder no depende de fuerzas terrenales.

3 Reforzando su idea del poder como lugar vacío, Lefort insiste en que quienes ejercen el poder en democracia lo hacen como «simples mortales», por tanto lo ocupan temporariamente «o no podrían instalarse en él más que por la fuerza o la astucia» (resaltado nuestro) (Lefort, 1990:76). En su afán de alcanzar el poder el chavismo probó suerte con la fuerza al intentar dos golpes de Estado en 1992. La astucia ahora parece ser la mejor arma para permanecer en él. Disminuir electoralmente a la oposición es la mejor cara que la astucia del chavismo nos muestra.

4 Algunos hitos de la literatura sobre el tema son: A. Schedler, «Elections Without Democracy: The Menu of Manipulation» (2002) y Electoral Authoritarianism: The Dynamics of Unfree Competition (2006); Levitsky y Way, «The Rise of Competitive Authoritarianism» (2002) y Competitive Authoritarianism: Hybrid Regimes After the Cold War (2010).

5 La inspiración totalitaria del régimen se descubre de cuerpo entero en el programa que guió el golpe de Estado que Chávez y un grupo de sus compañeros de armas llevara a cabo en 1992. Dicho programa contemplaba un conjunto de decretos en los cuales se manifestaba claramente la ausencia del Estado de derecho y el sometimiento de la soberanía del pueblo a la voluntad del gobierno revolucionario y no al revés. Un decreto para formar los Comités de Salud Pública, por ejemplo, dirigidos a purificar el cuerpo social a partir de la acción de sus integrantes, indica la intención claramente estalinista del proyecto en sus orígenes. Véase Alberto Arvelo Ramos, El dilema del chavismo. Una incógnita en el poder, 1998. Una vez alcanzada la presidencia, el chavismo comenzó a desarrollar un conjunto de acciones destinadas a concentrar cada vez más poder en manos del Ejecutivo. Intentos de capturar todos los espacios sociales y económicos han sido desplegados por el régimen. No obstante, la resistencia opuesta por una parte significativa de la ciudadanía ha impedido que la sociedad se cierre totalmente bajo la hegemonía chavista.

6 Semioposición es un estado que conecta con autoritarismo electoral si tenemos en cuenta que, en un sistema democrático normal, uno de los derechos de la oposición es poder ganar elecciones. En un régimen autoritario los factores opositores se verán disminuidos, no sólo para llevar a cabo las prácticas políticas que les son propias legítimamente, sino también, y sobre todo, para lograr salir victoriosos en los procesos electorales correspondientes. No significa esto que la victoria sea imposible, pero sí que resulta mucho más dificultosa que en un contexto plenamente democrático.

7 «Ley de las Comunas: por la consolidación del Poder Popular», Servicio Autónomo Fondo Nacional de los Consejos Comunales, 30/6/2010, http://bit.ly/NCbq71.

8  Un ejemplo de esta situación, que implicó al dirigente Francisco Ameliach en 2007, es descrito por Edgardo Lander en «El Tribunal Disciplinario del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) y la construcción de la democracia» (v. Lander, 2007).

9 Edgardo Lander sintetiza un conjunto de reivindicaciones y críticas de organizaciones de base del chavismo en «El movimiento popular venezolano» (v. Lander, 2011).

10 Puede encontrarse un análisis detallado de la propuesta y las reacciones de los partidos en Patruyo, 2007.

11 «El Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV): un propulsor de motores», Observatorio Socialista de Venezuela, no 1, mayo de 2007, http://bit.ly/RsVp4a [consultado el 6.7.2012].

12 «TSJ designó a Rafael Uzcátegui como Secretario General del PPT», El Nacional, 6/6/2012, http://bit.ly/KyKOW5 [consultado el 6.7.2012]. «Sala Constitucional se declara competente para conocer solicitud de revisión en el caso de la organización con fines políticos Podemos», Tribunal Supremo de Justicia, http://bit.ly/LzlxVm [consultado el 6.7.2012].

13 «Partidos políticos en Gran Polo Patriótico ratificaron la unidad rumbo al 7-0», Venezolana de Televisión, 2/6/2012, http://bit.ly/K5bmth [consultado el 6.7.2012].

14 Una alta dirigente del PSUV defendió el procedimiento argumentando que: «La aplicación de este método es novedosa en el PSUV y responde a la necesaria superación de los métodos burgueses basados en la competencia que no siempre es leal y termina produciéndonos una serie de traumas…». Pero la reacción de los comentaristas fue predominantemente opuesta al método. Véase Osorio, 2011.

15 «Chávez: Gran Polo Patriótico cuenta con más de 34 mil organizaciones inscritas», Tribuna Popular, 16/12/2011, http://bit.ly/tIr6lY [consultado el 13.7.2012).

16 «VENEZUELA: Se consolida el Consejo Patriótico del GPP», Vea, 25/5/2012, http://bit.ly/Nox8Nz [consultado el 14.7.2012].

17 «Gran Polo Patriótico eligió voceros en el estado Trujillo», Comunicación Popular Andes, 26/3/2012, http://bit.ly/LYOdcV [consultado el 14.7.2012].

18 Uno de los territorios críticos de esta tensión ha sido el estado Bolívar, donde algunos grupos de base han entrado en conflicto con el gobernador y otras altas autoridades regionales. Véase Bolívar, 2012.

19  La organización «Unidad del Poder Popular», que afirma estar constituida por numerosas organizaciones de base, ha criticado reiteradamente el proceso de formación del Polo. Véase «Unidad del Poder Popular (UPP). Nota de prensa», Ensartaos, 14/12/2011, http://ensartaos.com.ve/?q=node/11777 [consultado el 13.7.2012); Díaz, 2012.

20 En una de sus intervenciones políticas, el presidente designó como candidatos para las elecciones regionales del 16 de diciembre de 2012 a una mayoría de militares, y se deshizo de algunos gobernadores extremadamente cuestionados por las bases chavistas. La lealtad a la palabra del líder tuvo su efecto, ya que los resultados permitieron despojar a la oposición de importantes bastiones como Zulia, Táchira y Carabobo.

21 Véase Schedler, 2010:3. Este autor denomina «fuentes verticales» a las protestas y «horizontales» a los conflictos intrarrégimen.

22 «Tendencias de la conflictividad social en Venezuela», Observatorio Venezolano de Conflictividad Social, http://bit.ly/xjlizb [consultado el 14.7.2012].

23 «Diosdado Cabello: Si Chávez está ausente no hay revolución ni nada que se le parezca», PSUV, 14/3/2011, http://bit.ly/Lmjvhb [consultado el 13.7.2012]. Esta declaración fue hecha cuando aún no se conocía públicamente la enfermedad presidencial. 

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