| | CDC v.24 n.64 Caracas ago. 2007
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Imperio y fin de sciécle. El 11 de septiembre: una perspectiva crítica
MIGUEL ÁNGEL CONTRERAS NATERA
Resumen
El presente trabajo se propone mostrar la estrategia de seguridad y defensa del Gobierno de Estados Unidos, instrumentada tras los ataques del 11 de septiembre de 2001. Primero se exponen los supuestos del «Proyecto para un Nuevo Siglo Americano», sus tácticas y objetivos fundamentales. En segundo lugar se presentan los vínculos entre esta estrategia y el proyecto de reestructuración global, enfatizando los objetivos implícitos del globalismo imperial. En tercer lugar se exponen las justificaciones racionales de guerra justa contra el terrorismo y los dispositivos jurídicos que fundamentan la intervención. Por último, se destacan las efectuaciones prácticas de reordenamiento de los territorios, las economías y las subjetividades, bajo el principio de neoliberalismo armado y retomando la noción de homo sacer de Giorgio Agamben.
Palabras clave Terrorismo / Soberanía / Derecho internacional
Abstract
This paper seeks to disclose the U.S. government security and defense strategy after the September 11, 2001 attacks. First, the fundamental propositions of the Project for the New American Century, its tactics and objectives are described. The links between that strategy and the global restructuring plans are then presented, highlighting the implicit goals of the imperial globalism. Third, the rationales for the just war against terrorism are addressed together with the legal devices supporting the intervention. Finally, the article underlines the factual rearrangement of territories, economies and subjectivities under the armed neoliberalism tenet and Giorgio Agamben´s homo sacer notion.
Key words Terrorism / Sovereignty / International law
RECIBIDO: FEBRERO 2007 ACEPTADO: ABRIL 2007
Introducción
Sobre el signo histórico del terror neoliberal se están configurando los perfiles fundamentales del kairós transformacional1 en curso en el sistema histórico capitalista. Esta tendencia, explícita a partir del 11 de septiembre de 20012 e implícita ex ante, busca instalar la temática del terrorismo3 y la seguridad como parte de los temas centrales de las agendas de los organismos multilaterales, de los encuentros gubernamentales y de los programas de defensa y seguridad de los países industrializados. Un documento prematuramente preparado en 1992, denominado «Proyecto para un Nuevo Siglo Americano», se convirtió tras el 11 de septiembre en un suplemento político e ideológico de la doctrina de seguridad y defensa del gobierno de George W. Bush. Este documento veía a Estados Unidos como la única potencia en condición de desempeñar un amplio papel estratégico y, debido principalmente a su incuestionable liderazgo militar, de ejercer una posición dirigente respecto al mundo occidental (Mailer, 2003:69-70) a propósito
En 1992 el secretario de Defensa era Richard Cheney, y el proyecto fue redactado por Paul Wolfowitz, actual presidente del Banco Mundial y en aquella época subsecretario de Defensa para la formulación de políticas. Filtrado deliberadamente a la prensa, el documento habla de un nuevo orden mundial sostenido por Estados Unidos, en el que la única superpotencia establecería únicamente alianzas coyunturales, según los conflictos. La ONU e incluso la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) estarían cada vez más en una posición de no intervención. Este proyecto pretendía señalar el nacimiento oficial de Estados Unidos como imperio mundial de pleno derecho, poseedor único de la responsabilidad y la autoridad como policía planetario. Es imposible, enfatizan sus autores, que este dominio pueda ser enfrentado en el corto y mediano plazo. Entre los firmantes estaban Cheney, Donald Rumsfeld, Paul Wolfowitz, Jeb Bush, Zalmay Khalilzad, Elliot Abrans, Dan Quayle, Francis Fukuyama, Midge Decaer, Lewis Lobby y Norman Podhoretz (Alí, 2003:71; Russell, 2004:21).
En efecto, para los autores del documento las fuerzas armadas estadounidenses poseen el dominio de los comunes globales, un aspecto central que constituye el principal suplemento del poder de Estados Unidos a escala planetaria y su nueva estrategia en materia de defensa y política exterior. Los «comunes globales» son áreas que no pertenecen a ningún Estado en particular –esto es, el aire, el espacio y el mar– pero que posibilitan a quien los comanda acceder y proyectar su poder en la mayor parte del globo.
En la actualidad EE. UU. no tiene rival a escala global. La gran estrategia de EE. UU. debe perseguir la preservación y la extensión de esta ventajosa posición durante tanto tiempo como sea posible. Nuevos métodos de ataque –electrónicos, no letales, biológicos– serán más extensamente posibles; los combates igualmente tendrán lugar en nuevas dimensiones: por el espacio, por el ciber-espacio y quizás a través del mundo de los microbios; formas avanzadas de guerra biológica que puedan atacar a genotipos concretos pueden hacer del terror de la guerra biológica una herramienta políticamente útil (www.newamericancentury.org).
El imperio estadounidense no puede celebrar el fin de la Guerra Fría. Por el contrario, según los autores del documento es necesario fortalecer los elementos esenciales del éxito ideológico y programático de la administración de Ronald Reagan: es decir, un ejército fuerte y dispuesto a afrontar los desafíos presentes y futuros, una política exterior que promueva audaz y decididamente en el extranjero los principios estadounidenses y un Gobierno nacional que asuma las responsabilidades globales de Estados Unidos. En sentido estricto, mantener la preeminencia de esa nación, excluir la emergencia de una gran potencia rival y redibujar el orden de seguridad internacional de acuerdo con los principios e intereses estadounidenses.
El objetivo medular de la new grand stategy fue afirmar la primacía global de Estados Unidos previniendo el surgimiento de cualquier competidor, fuese este aliado u enemigo de Washington. Se trataba de garantizar la preeminencia solitaria de Estados Unidos en la política mundial: our first objetive is to prevent the re-emergente of a new rival, sostenía enfáticamente la grand strategy en gestación (Tokatlian, 2004:154).
En este documento se trazaban los lineamientos estratégicos de la noción de sistema de seguridad global partiendo de tres presupuestos fundamentales: a) el fin del socialismo soviético; b) la emergencia de la globalización económica, informativa y tecnológica; y c) los cambios en la estrategia de la OTAN. En este último aspecto, no hay que olvidar que (alrededor de 1995) esa organización se transformó de hecho en sociedad de servicio dotada de un Estado Mayor que podía servir de matriz a toda coalición ad hoc bajo liderazgo estadounidense (Joxe, 2003:163). Estos presupuestos implicaban extraordinarias oportunidades globales de Estados Unidos para el reforzamiento y promoción de su liderazgo político, económico y militar. De modo tópico, las fuentes potenciales de amenazas al sistema de seguridad global del emergente Nuevo Orden Global se localizaban en los países del Tercer Mundo como consecuencia de las múltiples causas de conflictos que habitan en ellos (disparidad económica, intereses nacionalistas, intolerancia religiosa, odio racial, presión demográfica y las variaciones climáticas), y que pueden eventualmente, por el desbordamiento de sus problemáticas, amenazar la seguridad de la comunidad mundial. Para enfrentar estas probables situaciones, se retoman los principios del documento oficial «Disuasión selectiva» de la era Reagan, y se recomienda el desarrollo de fuerzas nucleares de corto alcance y armas inteligentes, a fin de golpear con precisión blancos lejanos.
Pero, además, el documento suponía como prerrequisito funcional para el ejercicio de esta nueva estrategia el acceso libre y regular de los países industrializados a las fuentes de energía, la represión del terrorismo internacional y el control de la proliferación de armas químicas, biológicas y nucleares. Para el logro eficaz de los objetivos de la nueva estrategia, los países industrializados deben abandonar el viejo principio de no injerencia en los asuntos internos de los Estados soberanos, ejerciendo y legitimando de facto «intervenciones humanitarias» allí donde se consideren necesarias para resolver situaciones de crisis internas de los diferentes Estados. El documento concluye que, en un mundo que ya no se encuentra dividido por el conflicto ideológico, las amenazas a la paz no desaparecen, sino que se vuelven más difusas, porosas y estocásticas.
En lo que sigue se presentará la propedéutica del presente trabajo. En primer lugar, se mostrarán los antecedentes teóricos, militares, estratégicos y energéticos del Proyecto para un Nuevo Siglo Americano, enfatizando la continuidad y persistencia de una pulsión imperial que se viene consolidando desde la primera presidencia de Reagan hasta la de G.W. Bush. Segundo, se expondrán los principios rectores del documento «Estrategia de Seguridad Nacional» con sus supuestos políticos, diplomáticos, militares y económicos, explorando las efectuaciones dramáticas en la instrumentación de este programa en tanto política exterior estadounidense. Tercero, se indicarán los supuestos geoestratégicos y militares de las recientes invasiones a Afganistán e Irak, explicando las estrechas relaciones entre el complejo militar industrial y los procesos de reestructuración global del Oriente Medio. En cuarto lugar se presentará la justificación ideológica –el concepto de guerras justas e injustas– de las invasiones mencionadas, así como también la defensa del neoconservadurismo de la guerra por parte de la intelectualidad académica y la crítica emergente a la idea de soberanía nacional en sectores de la vida estadounidense, vinculando ambos aspectos con el surgimiento de nuevos conceptos (terroristas, canallas, combatientes ilegales, entre otros) que fundamentan la aparición de un Estado de excepción. Por último, se relaciona cada uno de los tópicos con el nacimiento de un Estado imperial, con sus supuestos, contradicciones, líneas de fuga y posibilidades transformativas.
Proyecto para un Nuevo Siglo Americano: una genealogía
Tras los ataques del 11 de septiembre en Nueva York, la administración Bush dotó a su país de un enemigo –el terrorismo internacional– y, con ello, de un nuevo sentido de misión externa, un elemento ausente en los años de la Posguerra Fría. Desde un primer momento el Gobierno estadounidense habló de este evento como una declaración de hostilidades y desde ese trágico acontecimiento Estados Unidos se considera una nación en guerra. En suma, el 11 de septiembre resultó un factor contingente clave para explicar la aceleración de un impulso imperial preexistente que obedece, en gran medida, a un factor sistémico: la necesidad de fortalecer la unipolaridad económica y militar estadounidense. De allí, la importancia programática y política del texto El choque de civilizaciones de Samuel Huntington en la definición de las amenazas a Occidente en la última década. Para el autor, después de la caída del Muro de Berlín los conflictos se han intensificado, no ya entre naciones e ideologías, sino entre comunidades de distintas etnias o de diferentes religiones. Para él, el conflicto entre civilizaciones será la última fase de la evolución en la guerra del mundo moderno. La mayoría de los conflictos armados del planeta ocurren porque las culturas están en permanente estado de guerra fría. Huntington sostiene que sin verdaderos enemigos no hay verdaderos amigos: «Si no odiamos lo que no somos, no podemos amar lo que somos» (1995:18).
Esto significa que tanto naciones como individuos pueden desarrollar una identidad positiva si y sólo si aprenden cómo odiar a otros. La raíz de los conflictos debería buscarse en la oposición por parte de algunos fundamentalismos (para salvar su identidad), ante y frente al inexorable proceso de occidentalización planetaria. De acuerdo con la visión desarrollada por el autor, el resto del mundo está contra Occidente, lo cual significa que los conflictos más intensos están previstos en las sociedades del Tercer Mundo por un lado, y Occidente por el otro. Así, las probables amenazas a Occidente se amplían a fenómenos como el terrorismo, el narcotráfico, la inmigración y los conflictos culturales. Para combatir y enfrentar estas amenazas se hacen necesarias nuevas formas de concentración y aplicación del poder internacional. Desde esta perspectiva, la guerra del Golfo Pérsico4 fue la primera oportunidad que tuvo Estados Unidos, con la coalición de países que participaron como fuerza multinacional, para establecer las condiciones de la paz permanente, y el bautismo del Nuevo Orden Mundial (Zolo, 2000:53-54). Esta ofensiva militar contó con el aval de las resoluciones del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.
Para la administración Bush la guerra del Golfo les había permitido liberarse del síndrome de Vietnam y establecer bases sólidas para el emergente Nuevo Orden Mundial.5 En una rueda de prensa celebrada el 1º de marzo de 1991, Bush aseveró confiado que la demostración de poderío militar evitaría futuros actos de agresión: «Yo creo que, gracias a lo que ha pasado, no tendremos que volver a emplear las fuerzas estadounidenses en otros lugares del mundo. Creo que cuando digamos algo que sea objetivamente correcto (…) La gente prestará atención a nuestras palabras» (citado en Alí, 2004:184). En palabras del presidente Bush las fuerzas militares estadounidenses son lo suficientemente performativas para disuadir a potenciales adversarios de procurar un desarrollo militar con la intención de sobrepasar o igualar el poder de Estados Unidos.
El objetivo fundamental de esta estrategia de seguridad global defendida por el Gobierno estadounidense es impedir la emergencia de los sospechosos habituales (una China emergente y una Rusia resurgente), y minimizar las posibilidades de ascenso de los países aliados (Europa Occidental y Japón) a un estatus de poder militar. En consecuencia, sus think thank definen las tres dimensiones donde se disputa el juego de ajedrez del poder global: la militar, la económica y la de agentes no estatales (banca, terrorismo y narcotráfico). Así, el Proyecto para un Nuevo Siglo Americano, con sus consecuencias militares y políticas, retomaba la Doctrina Carter de 1980, la cual vinculaba el control de los recursos energéticos localizados en otros países con los intereses de Washington.6 Como es sabido, la administración estadounidense consideraba que la crisis del petróleo de 1973-1974, la invasión soviética a Afganistán7 y la revolución cultural iraní se habían constituido en graves amenazas a la estabilidad económica mundial y, por consiguiente, a la libre circulación del petróleo del Medio Oriente. El 23 de enero de 1980 el presidente Carter en su último discurso sobre el estado de la unión declaraba ante el Congreso: «Nuestra posición es absolutamente clara: todo intento de controlar la región del golfo Pérsico por parte de cualquier potencia extranjera será considerado como un ataque a los intereses vitales de Estados Unidos de América y será repelido mediante el empleo de todos los medios necesarios sin exceptuar el uso de la fuerza de las armas» (Carter, 1980:4).
Los supuestos políticos, económicos y estratégicos de la doctrina Carter imponían la responsabilidad directa de Estados Unidos en la estabilización de los territorios y con ellos controlar política y militarmente las fuentes energéticas de la economía mundial. Para conferirle credibilidad a la doctrina Carter se creó la Fuerza de Despliegue Rápido, un grupo de unidades de combate preparado para intervenir en el Golfo tan pronto fuese necesario. El presidente Carter también impulsó la adquisición de nuevas bases militares norteamericanas en la región, reforzó las existentes y autorizó una ampliación de la presencia de fuerzas navales estadounidense en el Golfo (Klare, 2003:86). Esta doctrina de militarización progresiva fue asumida igualmente por los presidentes subsiguientes, quienes declararon que era de vital interés para su país garantizar la libre circulación de las fuentes energéticas al mundo industrializado. Tal como lo explicara Brzezinski, asesor de Seguridad Nacional del presidente Carter, «Euroasia es el tablero de ajedrez en el cual la lucha por la primacía continúa haciendo sus movidas, y esa lucha tiene que ver con la estrategia global; es decir, con la dirección estratégica de los intereses geopolíticos» (1998:26). Y Bill Clinton, siguiendo los preceptos geoestratégicos de la Doctrina Carter, nunca se cansó de manifestar su convicción de que «nuestros intereses económicos y de seguridad están inextricablemente vinculados (…) la prosperidad interior depende de la estabilidad en regiones clave con las que tenemos relaciones comerciales o de las que importamos materias primas críticas como petróleo y gas natural» (U.S.Nacional Security Council, 1999:21). En fin, la pulsión imperial del Gobierno de Estados Unidos no es exclusiva de la gestión de G.W. Bush. Por el contrario, no existen elementos sólidos para trazar una línea divisoria entre las políticas de seguridad y defensa instrumentadas por los gobiernos demócratas y los republicanos en los últimos veinticinco años.
Al respecto, podemos citar el crecimiento extraordinario del presupuesto militar que precedió a la gestión republicana, y que sentó las bases para retomar la construcción del escudo antimisiles8 en el segundo mandato de Clinton.
Según el International Institute for Strategic Studies, durante 1995 Estados Unidos gastó en defensa tres veces más que todos sus potenciales enemigos y países neutros combinados. Estos 262.000 millones de dólares de presupuesto en materia de defensa representan el 37 por ciento del gasto militar anual del planeta; los países aliados de la OTAN más Japón, Israel y Corea del Sur en su conjunto gastaron sólo un 30 por ciento del gasto de defensa del mundo. Rusia, el segundo país en orden de gasto militar, se ubica en un segundo puesto pero muy lejos, por cierto, de Estados Unidos, con una cifra del orden de los 80.000 millones de dólares. El Japón insume 42.000 millones de dólares, y China Popular, 7.000 millones de dólares. Los seis países parias según la óptica maniquea de la tecnocracia supranacional, como lo son Irán, Irak, Libia, Corea del Norte y Cuba, tienen un gasto militar anual combinado del orden de los 15.000 millones de dólares (apenas un 6 por ciento del estadounidense) (Salbuchi, 2005:83-84).
Pero, además, el gobierno del presidente Clinton desarrolló el programa Visión Clara, relativo a los aspectos mecánicos para la fabricación de armas bacteriológicas (www.sunshine-project.org), y se mostró contrario a acatar mecanismos de auto-restricción como los derivados del Protocolo de Kyoto y de la gestación de una justicia penal internacional.
Fue responsable también del embargo que, a lo largo del último decenio del siglo XX, cobró la vida de miles de civiles iraquíes. Desde 1991, año de la guerra contra Irak, ya han muerto en aquel país cerca de 500.000 niños por culpa del embargo de medicamentos. Al tener conocimiento del hecho, Madeleine Albright, secretaria de Estado de la administración Clinton, comentó cínicamente: es un precio elevado, pero estamos dispuestos a pagarlo. Previamente, los bombardeos sistemáticos habían acabado con el 5 por ciento de la población iraquí (citado en Boff, 2003:34-35). Thomas Nagy, catedrático de la Escuela de Negocios y Gestión Pública de la Universidad George Washington, ha demostrado la planificación sangrienta, sistemática y genocida utilizada por el Gobierno estadounidense. Para él, contraviniendo la Convención de Ginebra, el Departamento de Estado utilizó las sanciones contra Irak con el propósito intencionado de degradar las reservas de agua del país después de la guerra del Golfo. En un documento de la Agencia de Inteligencia de la Defensa desclasificado en 1995 (puede obtenerse en www.gulflink.osd.mil) se explican las consecuencias que padecerá Irak a causa de la falta de los productos químicos y las membranas desalinizadoras necesarios para potabilizar el agua. Con plazos definidos explica la escasez de agua, la degradación de la medicina preventiva, la ausencia de electricidad y sus efectuaciones políticas en las zonas urbanas de Irak (Alí, 2004:189-190). En un informe presentado por el secretario general de la ONU, Kofi Annan, en junio de 2000 al Consejo de Seguridad, se indica que en el transcurso del Plan Petróleo por Alimentos, entre diciembre de 1996 y marzo de 2000, la ONU destinó más dinero a la llamada deuda de guerra (7.000 millones dólares) que a la entrada de productos humanitarios (medicinas, alimentos, etc) en Irak (6.800 millones de dólares). Desde la derrota de ese país en la guerra del Golfo, la ONU controla, a través de una cuenta especial, todos los ingresos procedentes de las exportaciones de petróleo de Irak, destinando un 30 por ciento del total a las compensaciones reclamadas en diversos conceptos como deuda de guerra, las cuales ascienden a más de 300.000 millones de dólares y que al ritmo actual tardarían en pagarse más de medio siglo (Giordano, 20002:75).
Así, en marzo de 1997 Albright declaraba: «Estados Unidos mantendrá el régimen de sanciones impuesto por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas a Irak e impedirá su levantamiento total o parcial hasta lograr la caída de Saddam Husein» (citado en Giordano, 2002:74). Agregando, a propósito de un ataque de misiles crucero contra Irak en 1998, «si tenemos que emplear la fuerza es porque somos Estados Unidos. Somos la nación indispensable. Somos grandes. Anticipamos el futuro» (citado en Taibo, 2005:73). En 1998, el Consejo Nacional de Seguridad estadounidense definió los «intereses vitales» como
aquellos de importancia general y primordial para la supervivencia, la seguridad y la vitalidad de la nación norteamericana. Entre ellos figuran la seguridad física de nuestro territorio y de nuestros aliados, la seguridad de los ciudadanos, nuestro bienestar económico y la protección de nuestras infraestructuras físicas. En defensa de estos intereses haremos cuanto sea necesario, incluyendo en su caso el empleo unilateral del poder militar de forma decisiva (www.whitehouse.gov/nsc/nss/html).
Inevitablemente, desde esta perspectiva, el esquema de paz universal tendrá que coincidir con la estrategia de preservación del statu quo que los Gobiernos estadounidenses consideren idóneo para la protección de sus intereses vitales.9
Estrategia de seguridad nacional
En el documento Estrategia de seguridad nacional subtitulado «Evitar que nuestros enemigos nos amenacen y amenacen a nuestros aliados y amigos con armas de destrucción masiva», presentado por G.W. Bush al Congreso estadounidense el 20 de septiembre de 2002, se desarrolla la política de supremacía que constituye, junto a la política de compromiso selectivo, las variantes del imperativo global de la Posguerra Fría.
Aunque Estados Unidos se esforzará constantemente para conseguir el apoyo de la comunidad internacional, no dudaremos en actuar por nuestra cuenta, si es necesario, para ejercer nuestro derecho a la autodeterminación, actuando de forma preventiva contra los terroristas (….) El propósito de nuestras acciones será siempre eliminar una amenaza concreta para Estados Unidos para nuestros aliados y amigos. Las acciones estarán claras, la fuerza será proporcionada y la causa será justa (www.whitehouse.gov/nsc/nss/html).
Por una parte, la política de la primacía intenta consolidar, explotar y expandir las ventajas estadounidenses desde una perspectiva nacionalista y unilateral enfatizando el uso preventivo del poder militar y la coerción. Esta fórmula se refiere al peligro representado por el terrorismo transnacional y los llamados Estados canallas.10 Se define como eje estructurante de una doctrina proactiva de defensa anticipatoria y cambio de régimen de los Estados considerados enemigos. Así, en una entrevista el ex secretario de Defensa de G.W. Bush, Donald Rumsfeld, justificaba una guerra indefinida contra el terrorismo.11 Para él,
durante la Guerra Fría, generación tras generación desde 1950, se invirtió dinero en defensa y en enviar tropas al exterior que la gente hubiera preferido gastar en otras cosas. Pero en Estados Unidos los ciudadanos han demostrado que son capaces de apoyar grandes inversiones en Defensa, incluso en tiempos de paz, para luchar contra amenazas serias, persistentes y expansionistas, pero invisibles y desconocidas (El País, 05.09.2002; cursivas nuestras).
El propio Rumsfeld ha declarado que la nueva forma de guerra contra el terrorismo internacional supone «asumir riesgos y probar cosas nuevas para poder disuadir y vencer adversarios que todavía ni siquiera nos han retado (….) Nuestro objetivo no es simplemente librar y ganar guerras, sino prevenirlas» (citado en Giordano, 2002:149; cursivas nuestras).
Por otra parte, la política de compromiso selectivo pone su acento en la lógica de la diplomacia coercitiva o transformacional e incluye expresamente el recurso a la fuerza entre los posibles resultados de las negociaciones diplomáticas (como lo indica su raíz etimológica, diplomacia conforma el arte de hablar con doble sentido). En una conferencia en la Universidad de Georgetown, sede del Centro Estratégico de Estudios Internacionales (CSIS por su denominación en inglés), el 20 de enero de 2006, la secretaria de Estado Condolezza Rice definió los perfiles fundamentales de la actual estrategia de diplomacia transformacional –y aquí, el lugar de enunciación es fundamental para comprender las consecuencias de esta conferencia–: «el CSIS define su misión como la de proveer una perspectiva estratégica para los funcionarios de gobierno que se encuentren en posición de poder tomar decisiones importantes, a la vez que lo hace desde una óptica integradora en su naturaleza, internacional en su ámbito, anticipatoria en su secuencia y bipartidaria en su enfoque» (Salbuchi, 2005:268). Para la secretaria de Estado, el objetivo central de la política exterior estadounidense es la defensa de los intereses nacionales en un contexto dinámico y cambiante. En su intervención bosquejó los elementos esenciales de la política exterior estadounidense y sus respectivas áreas de influencia. Rice subrayó que para terminar con la tiranía y tener un Medio Oriente democrático y Estados bien gobernados y democráticos en el África, en América Latina y Asia, hay que pensar en un mediano y largo plazo.12 Los atentados terroristas de septiembre de 2001 han evidenciado en Estadios Unidos que el tipo de equilibrio del poder entre los Estados, el hecho de que las grandes potencias ya no pelean entre sí, no es suficiente para la seguridad.
Esta estrategia exige la presencia física de enviados estadounidenses en por lo menos doscientas ciudades con más de un millón de habitantes en el mundo y en las que Estados Unidos no tiene una presencia diplomática oficial. Esto supone la promoción de actividades en el interior de los Estados con el fin de debilitar a los Gobiernos mediante alianzas con las fuerzas de oposición, apoyo a huelgas y todo tipo de movimientos desestabilizadores, intervenciones directas en los medios de comunicación, adopción de medidas para ahogar la economía y acosarlos psicológicamente con la permanente amenaza de una intervención armada. Esta estrategia de seguridad y defensa se basa en la utilización directa e indirecta de la potencia política, económica y militar estadounidense; y en una táctica, variable en función de las circunstancias y los acontecimientos, que sopese el uso de la violencia militar y la persuasión coercitiva mediante la diplomacia.
En síntesis, ambas políticas se plantean: a) la eliminación por la fuerza del terrorismo transnacional; b) la transformación del régimen en los llamados Estados canallas; y c) la cooptación/disuasión de potenciales rivales. Estas tres dimensiones de guerra preventiva, cambio de régimen y preeminencia global posibilitarían a largo plazo la realización de la revisitada paz kantiana en clave militar estadounidense. Por ejemplo, la hoja de ruta neoconservadora en el Oriente Medio establece una estrategia de cambio de régimen para Irak, Siria e Irán e incrementar el apoyo al Gobierno de Israel como parte de una estrategia global para reestructurar la zona de acuerdo con los intereses estadounidenses.
Los detalles de esta ambiciosa agenda regional, junto con su trasfondo ideológico y político, entran en correspondencia con las operaciones de grupos neoconservadores como el Comité por la Liberación de Irak, el Comité por un Líbano Libre, la Coalición por la Democracia en Irán y, desde luego el Proyecto por un Nuevo Siglo Americano. Con la elección presidencial de G.W. Bush se refuerza una compleja alianza sociopolítica entre segmentos republicanos moderados, conservadores militantes del sur (evangelistas, reaccionarios, racistas, crony-capitalist, etc), intereses petroleros de Texas, el establisment financiero de Wall Street y poderosos lobbys alrededor de Washington (Philip, 2002; Wallerstein, 2005a). Para Michael Ledeen, un catedrático de la American Enterprise Institute y director fundador del Jewish Institute for National Security Affaire, la rápida e impresionante victoria en Afganistán es preludio de una guerra mucho más amplia, que con toda certeza transformará el Oriente Medio, por lo menos por una generación, y rediseñará las políticas de muchos países alrededor del mundo (Barry, 2004:2).
Pero el documento Estrategia de seguridad nacional también funde conceptual, política y estratégicamente, bajo el principio moral del libre mercado, la estrategia comercial y la estrategia militar del neoliberalismo armado. Así Thomas Friedman (Consejero de Seguridad de la ex secretaria de Estado M. Albright), en su Manifiesto por un mundo rápido, desarrolla las líneas programáticas y conceptuales de esta economía del miedo. Para él, «la mano invisible del mercado no funcionará jamás sin un puño invisible. Mac Donald’s no puede extenderse sin McDonnell Douglas, el fabricante del F-15. El puño invisible que garantiza la seguridad mundial de las tecnologías del Silicon Valley es el ejército, la fuerza aérea, la fuerza naval y el cuerpo de marines de Estados Unidos» (Friedman, 1999:61). De esta forma Friedman, casi parafraseando a G.W. Bush, define la mundialización como la libertad de mi grupo de invertir donde quiera, el tiempo que quiera, para producir lo que quiera, escogiendo mis proveedores y vendiendo donde quiera, teniendo que soportar el menor número de trabas en materia de derechos laborales y pactos sociales. En fin, es preciso defender el mercado tanto política como militarmente. La democratización como mercantilización se sitúa en el núcleo de la estrategia de construcción nacional de posguerra en lugares como Afganistán e Irak. Una sociedad es democrática siempre y cuando se pronuncie contra el intervencionismo del Estado y a favor del mercado.
El principio moral de esta economía del miedo es simple: extender el mundo gobernado por el puro intercambio de mercancías, extender las relaciones mediadas por el dinero como la forma natural y única de las relaciones humanas, extenderlas a todo espacio y tiempo, destruyendo o subordinando a ellas toda otra relación entre humanos. La administración Bush, desde una perspectiva neoliberal, elogia el mercado y la competencia mientras hace sonar las trompetas de la guerra contra el terrorismo transnacional enviando tropas a las regiones de interés geoestratégico (Gilly, 2004:181). Para el presidente Bush: «El concepto de libre comercio surgió como principio moral aun antes de convertirse en un pilar de la economía. Si uno puede hacer algo que otros valoran, debe poder vendérselo. Si otros hacen algo que uno valora, debe poder comprárselo. Esta es la verdadera libertad, la libertad de una persona o una nación a ganarse la vida» (www.whitehouse.gov/nsc/nss/html).
En tal sentido, el término «neoliberalismo armado» designa que una parte del mundo evita y domina simultáneamente la economía de la otra parte, modulando la mezcla exacta de las relaciones económicas y militares según la región y el momento. Su objetivo político implícito es profundizar las diferencias económicas y militares, convertirlas en irreversibles y llevarlas a una situación explosiva y terminal. El panorama financieramente programado –desde las instituciones globales del Fondo Monetario Internacional, la OMC y el Banco Mundial– es a fin de cuentas la naturalización de las desigualdades.13 La intervención militar unificadora se propone entonces la creación de espacios económicos no soberanos, que acepten las recomendaciones del Banco Mundial y el FMI, y compensen con las concentraciones económicas la pulverización de las soberanías formales, que deben funcionar como democracias pero no soberanas. La democracia se convierte así en una cualidad simplemente municipal. Y el proyecto imperial estadounidense, comparable al imperio romano, no tiene ninguna necesidad de alianzas políticas y económicas. En consecuencia, el desorden total (guerra civil, entre otros aspectos) de un Estado nación (intervenido militar y económicamente) no es una catástrofe para el imperio, sino eventualmente un pasaje obligado hacia el neoliberalismo (Joxe, 2003:170). Y así, en palabras de Enrique Dussel, como al conquistador se le debe indemnizar por los daños que ha sufrido en la guerra, podrá apropiarse de los bienes de los conquistados como gastos de guerra.
En este contexto, el discurso neoliberal se reescribe como escatología de redención final y definitiva. Así, toda una operación de reescritura organiza el despliegue de los dispositivos militares, políticos, económicos y culturales del discurso neoliberal. Lo que hace el discurso neoliberal es reescribir la economía de mercado como una pulsión de fuerzas naturales y ocultar con ello a las instituciones, los individuos, los actores globales y locales que motorizan al capitalismo global. Pero no sólo oculta. Con esta operación lingüística se persigue plantear el orden económico imperante como la única forma deseable y posible de futuro de las sociedades modernas.
Se trata de un tipo de contrarrevolución conservadora que reivindica la conexión con el progreso, la razón y la ciencia –en realidad la economía– con el fin de justificar su propio reestablecimiento y tratar de relegar por la misma razón al pensamiento y la intervención progresista a un estatus arcaico. Es lo que, a la mitad del siglo XX, Karl Polanyi llamó «la utopía perversa» del mercado que se regula a sí mismo y, a partir de allí, fuera de todo control, intenta regular, cosificar y dominar las vidas, los bienes, los afectos y los sueños. Desde luego, el neoliberalismo armado no es solo un proceso de reescritura político e ideológico. Es también un programa de control deliberado de las fuentes energéticas del Tercer Mundo, como aparece reflejado en los documentos oficiales del Gobierno de Estados Unidos y en la inteligencia académica estadounidense (Contreras, 2006a:8; Polanyi, 2003:238-251).
Una guía cartográfica del terror
Los nuevos documentos doctrinarios de defensa conciben al mundo como compuesto de sistemas de sistemas de donde emergen amenazas difusas y estocásticas. Surgen en un espacio no ya de vecindades de soberanías geográficas, sino más bien de estructuras de redes socioeconómicas transnacionales, redes logísticas mercantiles (stock y flujo) y nodos de comunicación, o incluso de significación. El horizonte hobbsiano (así como el Tratado de Westfalia) de la protección soberana se ha vuelto extraterritorial. No concierne ya a stocks de habitantes del oikumene, sino a sistemas de sistemas de relaciones globales jerarquizadas (Joxe, 200·:185). En este contexto, la estrategia estadounidense consiste en extender el sistema de mercado (neoliberalismo) en concomitancia con la nueva doctrina militar, creando nuevos esquemas ofensivos militares de acuerdo al esquema ofensivo de la economía. El año de 1994 vio el nacimiento del RMA (Revolución de los Asuntos Militares) como un campo informático que agrupa un sistema de sistemas en tres actividades principales: a) información, vigilancia y reconocimiento (ISR); b) el comando, control, comunicación computadores e información (C4I) de punta; c) las municiones guiadas de precisión (PGM). En esta perspectiva, el esfuerzo estadounidenses debe renovarse en materia de armamentos y profesionalismo bajo el empuje no del enemigo, sino de la revolución informática (Joxe, 2003:167).
Particularmente, la invasión militar a Afganistán e Irak responde, entre otros tópicos, a los intereses de los gigantes petroleros anglo-estadounidenses, aliados con los cinco grandes fabricantes de armas de Estados Unidos: Lockheed Martin, Raytheon, Northrop Grummann, Boeing y General Dynamics. La fusión de British Petroleum (BP) y American Oil Company (Amoco) para formar el más grande consorcio petrolero del mundo, influye de manera directa en el patrón de relaciones entre Estados Unidos e Inglaterra (Chossudovsky, 2002:65). Este es apenas un indicio de un movimiento que silenciosamente va cobrando fuerza en las elites de estos países, que supone la unión política entre ambos, a la que luego se incorporarían otras naciones angloparlantes, descendientes y herederas de Inglaterra, como Australia, Nueva Zelanda y Canadá. Según el historiador Paul Johnson,
la nueva unión confirmaría para un futuro previsible la hegemonía de los pueblos angloparlantes como parte de la nación más poderosa y rica del mundo (….) que se basaría en un conjunto de valores en común en lo cultural, jurídico, político y moral y podría mantener la paz en el mundo de una manera mucho más sólida que lo que puede actualmente (….) De surgir un super-Estado angloparlante, lo que se haga o deje de hacer Europa continental sería menos importante. De ser necesario, este super-Estado anglonorteamericano podría manejar todas las emergencias globales por sí solo. Al fin, el mundo tendría una fuerza policial efectiva. Y esa fuerza hablaría inglés (citado en Salbuchi, 2005:375-376).
En todo caso, las consideraciones geoestratégicas de los gobiernos estadounidenses –con su aliado inmediato– para asegurar la provisión de petróleo a largo plazo, incluyen: el control de las regiones donde se extraen los recursos petroleros; el control de la cantidad ofertada en los mercados energéticos; el control de la logística de transporte y de las rutas de transporte del petróleo de los países productores a los países consumidores vía oleoductos o buques petroleros; la influencia sobre el precio y la determinación de la moneda utilizada para la facturación. Se trata, en definitiva, de influir sobre cada uno de estos factores para consolidar la hegemonía de las transnacionales anglo-estadounidenses en el mercado energético a mediano y largo plazo. Y, principalmente, excluir cualquier posibilidad de competencia militar y económica contraria a los intereses globales de Estados Unidos.
En primer lugar, en términos geoestratégicos esa nación no depende del petróleo de Oriente Medio para mantener abastecido su mercado interno, pero en cambio sí lo explotan sus compañías transnacionales, como intermediarias para suministrarlo al resto del mundo.14 La localización en el Golfo Pérsico de aproximadamente dos tercios de las reservas mundiales convierte a esta región en un nodo estratégico de la geopolítica estadounidense –en la acepción de Brzezinski– desde el cual se intenta regular mediante escaladas de tensión controladas la evolución del comercio mundial del principal producto energético. La distribución del comercio internacional del petróleo corrobora que el problema crucial del mercado energético no es el suministro de petróleo a Estados Unidos, sino la hegemonía de las transnacionales petroleras anglo-estadounidenses en el refino, transporte y comercialización mundial de los hidrocarburos. Pero, además, en la década de los setenta se reforzó la hegemonía estadounidense en materia petrolera por la política del doble sistema de precios, mediante el cual el Gobierno de esa nación impuso un techo sobre el precio del petróleo doméstico extraído de pozos que ya estuvieran funcionando en 1972. Como consecuencia, durante el primer semestre de 1979 el coste medio del petróleo en Estados Unidos era un 40 por ciento menor que en los mercados mundiales (Arrighi, 1999:372).
El segundo punto se deriva en gran parte del anterior: la posición de fuerza de Estados Unidos y Gran Bretaña en el sector energético, sumada a la mayor dependencia exterior de los consumidores europeos y asiáticos, tiene un impacto comprobable sobre la fortaleza del dólar y de la libra esterlina en el sistema monetario internacional, con todas las ventajas que este privilegio conlleva para la evolución económica interna. El objetivo tácito de Washington de encarecer el petróleo a los demás países consumidores desempeña un papel fundamental en la estrategia económica estadounidense por razones de política monetaria:15 le permite consolidar la hegemonía del dólar (Faire, 1975). Pero también podría analizarse como una contraofensiva estadounidense destinada a recordarle a sus competidores inmediatos en el mercado mundial la fragilidad de su crecimiento económico (Amin, 1983). Si consideramos las estimaciones sobre el aumento creciente de la demanda de petróleo en el período que media entre 1997 y 2020, tenemos una analítica de los posibles escenarios de tensiones controladas del mercado energético y conflictos bélicos en la zona del Golfo Pérsico. El consumo de petróleo aumenta en un 960 por ciento en China, en un 114 por ciento en los países menos industrializados de Asia oriental, en un 15 por ciento en el Asia industrializada, en un 6 por ciento en la Unión Europea y en un 577 por ciento en el resto del globo, con una medida total de crecimiento del 123 por ciento. Las previsiones sugieren que el porcentaje del petróleo consumido en el planeta y originario del Golfo Pérsico crecerá considerablemente: en el año 2020 el petróleo del Golfo podría satisfacer el 67 por ciento de la demanda total global, frente al 54 por ciento que atiende en la actualidad, y ello en un escenario en el que la demanda total pasará, en estos dos decenios, de 75 millones de barriles diarios a 119 (Taibo, 2005:128-129).
En definitiva, las guerras por el control de los recursos, en el sentido que le otorgaba el ex comandante en jefe de la OTAN, general Alexander Haig, se realizarán con el objetivo de garantizar, a largo plazo, el abastecimiento de combustible fósil a Occidente en condiciones aceptables, tal como fue presentado por el vicepresidente Cheney en el Proyecto de Seguridad Energética de Estados Unidos. En consecuencia el concepto de seguridad energética ha sido declarado meta de política estratégica de la política exterior de los países industrializados. Por consiguiente, la geografía de los conflictos se halla íntimamente vinculada a la distribución geográfica de los recursos y al ambiente político de las regiones productoras y de tránsito de las fuentes energéticas. Dichas regiones atraerán el interés mediático, dominarán la atención en las decisiones de los responsables de las políticas de seguridad y defensa de Estados Unidos, incidirán en las deliberaciones en el plano internacional, y propiciarán las mayores concentraciones de fuerzas militares estadounidenses y aliadas en las próximas décadas (Klare, 2003:262). En efecto, hasta analistas del Banco Mundial han establecido que los Estados dotados de reservas significativas de recursos estratégicos tienen una probabilidad de padecer guerras cuatro veces superior a la de los que no las poseen (Colier y Hoeffler, 1999:15). Estos analistas habrían determinado que el factor de riesgo más destacado para comprender las causas de las guerras civiles actuales no eran los antagonismos étnicos, en contraposición a la imagen de la guerra construida por Huntington, sino la disponibilidad de grandes reservas de materias primas consideradas estratégicas.
En fin, la preocupación central de Estados Unidos por el control de los recursos energéticos y el dominio de los territorios en los cuales se encuentran localizados es una de las causas fundamentales de las guerras actuales. Las guerras coloniales contra Afganistán e Irak han servido para reactivar la economía estadounidense mediante la detracción de cuantiosos recursos estatales hacia el complejo industrial-militar. Los sectores petroleros, militares y farmacéuticos han sido los principales contribuyentes a la campaña electoral republicana, y emergen como los grandes beneficiarios del militarismo, desplazando a las industrias tecnológicas (informática) como motor de la economía estadounidense. En todo caso, el equipo del presidente G.W. Bush encarna una facción del capitalismo global en conflicto con otras facciones por el control y la hegemonía mundial (Jameson, 2000:11). Así, el neoliberalismo armado comprende, principalmente para los países del Tercer Mundo, el control irrestricto de sus recursos energéticos. En consecuencia, el supuesto de la escasez creciente de los recursos naturales se presenta como causa de presentes y futuros conflictos regionales y globales: mientras el petróleo, el gas natural y el agua atizan la más intensa competencia, se incuban otros conflictos relacionados con los minerales, las zonas verdes, las piedras preciosas y la madera de construcción, principal y únicamente en los países del Tercer Mundo.
Las guerras que en la actualidad se libran por el control de los recursos naturales ponen de manifiesto un concepto de desarrollo de las sociedades industrializadas centrado en el monopolio exclusivo de las fuentes energéticas. Las naciones industrializadas de Occidente están desarrollando nuevas estrategias militares y conceptos ampliados de seguridad para enfrentar esta situación.16 Un mundo de desigualdad y sobreexplotación de los recursos por parte de Occidente que bloquea, por lo tanto, el camino del Tercer Mundo hacia la modernización prometida, no puede, a la larga, asegurar un mundo de paz. La disponibilidad de los recursos energéticos fósiles está en el centro del conflicto global ecológico de distribución, porque su alcance demuestra una tendencia negativa.
Más aún, las guerras de Kosovo,17 Afganistán e Irak, y el Plan Colombia18 en nuestro continente19 son presentados y justificados en los grandes medios de información como operaciones terapéuticas necesarias en la lucha contra las patologías modernas del terrorismo internacional y los Estados canallas. La representación mediática de estas guerras como conflagraciones entre dispositivos técnicos con objetivos humanitarios, que además se regulan con arreglo a principios de derecho internacional y obedecen a la defensa de los derechos humanos, la democracia y la libertad, las ha transformado en una finalidad en sí misma. Por lo tanto, la perspectiva de relanzamiento de una estrategia neocolonial, justificada por la necesidad de derrotar al terrorismo transnacional, es de una actualidad alarmante y preocupante. Esta secular vocación imperial de control, de ocupación y civilización del mundo no occidental tendrá como contrapunto sangriento la reacción y exacerbación de los conflictos sociales, políticos, culturales y militares en los países del Tercer Mundo.
Las guerras imperial-coloniales se presentan como expresiones de un orden histórico cumplido y jurídicamente formalizado, con independencia de la magnitud de su acción devastadora. Lo imperial-colonial alude a la continuidad y la persistencia de las estrategias políticas y culturales del imperialismo occidental. La colonialidad global de principios del siglo XXI se está reorganizando sobre la reactivación ideológica del discurso cristiano versus islámico del siglo XVI (Mignolo, 2003:46). En fin, lo más significativo en estas guerras ha sido la representación mediática de la destrucción como verdadera construcción civilizadora. Con las guerras preventivas se crean simultáneamente los espacios virtuales para la financiación corporativa de la reconstrucción de los territorios devastados, con el subsiguiente endeudamiento externo de sus pueblos bajo el único objetivo de explotar sus recursos naturales. Una reconstrucción que comprende la reestructuración a gran escala de las economías y sociedades invadidas y su subordinación estructural al sistema político invasor.
Las guerras de Afganistán e Irak, en tanto guerras tradicionales de colonización, están ligadas directamente a la apropiación transnacional de fuentes energéticas, de reservas acuíferas o de biodiversidad. Son guerras imperial-coloniales en cuanto están concebidas como estratagemas corporativas transnacionales (Giordano, 2002:24). La guerra contra el régimen Talibán en Afganistán ofreció a Estados Unidos la oportunidad de establecerse militarmente en los países de Asia Central, con el fin de controlar los inmensos recursos energéticos existentes en los territorios de las repúblicas ex soviéticas del área caucásica, cáspica y transcáspica y, sobre todo, completar el cerco económico y militar sobre Rusia y China (también de la India e Irán).20 La militarización del corredor euroasiático es un proyecto prioritario en la agenda de política exterior estadounidense; así, bajo los auspicios de la alianza militar regional entre Georgia, Uzbekistán, Ucrania, Azerbaiyán y Moldavia (conocida como Guuam), se define la cooperación en el área de defensa, y se establecen bases militares con objetivos económicos y petroleros en la zona.
La estrategia de la ruta de la seda diseñada por Washington consiste no sólo en excluir a Rusia de las rutas de oleoductos y gasoductos que corren de la cuenca del mar Caspio hacia Occidente, sino de asegurar que Estados Unidos y Gran Bretaña tengan el control de las rutas tácticas que corren hacia el sur y el este. Una política petrolera exitosa es una combinación de acuerdos económicos, políticos y militares que apoyen la producción de petróleo, así como su transporte a los mercados. La estrategia consiste en aislar y, a la larga, encerrar a la ex repúblicas soviéticas, al controlar simultáneamente los corredores hacia el oeste y hacia el este y sur. En este sentido, la política de Washington en apoyo a la alianza anglo-estadounidense petrolera y militar es impedir que las antiguas repúblicas participen en proyectos de coinversión –o en acuerdos de cooperación militar– con Irán y China (Chossudovsky, 2002:81). Respaldada por el poderío militar de Estados Unidos, la estrategia de la ruta de la seda abrirá una vasta región a los consorcios e instituciones financieras estadounidenses. El propósito manifiesto es promover la liberalización política y económica, incluida la adopción de políticas neoliberales, bajo la supervisión del Banco Mundial, el FMI y la OMC. En fin, la hegemonía de un área geoestratégica clave, por cuanto permite establecer dispositivos de control, regulación y presión sobre potencias regionales (Rusia, China, Irán y la India) y zonas de conflicto (el Oriente Medio y la península indostánica) de primer orden. Tanto la expansión de la Unión Europea como de la OTAN hacia el este son parte de esta estrategia global. Son sin duda, consideraciones geopolíticas las que determinan la política energética y que motivaron a Brzezynski, a mediados de la década de los noventa, a subrayar el papel fundamental de Asia central en la hegemonía global de Estados Unidos (Klare, 2003:116).
Pero, además, estas guerras constituyen campos experimentales de tecnologías de vanguardia y vinculan la destrucción selectiva y masiva de los sistemas de producción y reproducción sociales con las subsiguientes estrategias financieras de recapitalización, desarrollo industrial e inserción en el sistema del mercado mundial. Por último, son guerras imperiales porque sus redes electrónicas de comando y destrucción coinciden, tanto tecnológica como administrativamente, con los sistemas de comunicación de la aldea electrónica. Entretanto se libran para decidir quién va a aportar un liderazgo sistémico, quién va a poder diseñar los procesos de asignación de los recursos, y quién podrá imponer su propio sentido o visión de orden (Subirats, 2004).
El fin último es radicalizar estos conflictos –por el control de los recursos naturales– como legitimación de un maccartismo policial planetario. Este maccartismo planetario se profundiza en tanto y en cuanto el poder soberano de Estados Unidos se enfrenta a una amenaza ubicua y no localizable (terrorismo transnacional, la seguridad y la defensa, entre otros aspectos). En todo caso, el Norte está siendo integrado bajo un único sistema militar y económico, mientras los distintos Estados que lo componen, placidamente reunidos, disimulan su incomodidad ante el paraguas estadounidense. Así pues, emerge un mundo militarmente dual, descrito consistentemente como zonas de paz (o riesgo cero) y zonas de turbulencia.
Jus in bellum como fin de la soberanía
De cualquier manera, los imperativos globales de la Posguerra Fría no son acontecimientos circunstanciales e inconexos. Con la Guerra Fría se produjo una transformación de la forma efectiva de la soberanía moderna. El resultado de esta transformación es la aparición de una nueva forma de soberanía carente de exterior o, más bien, una que no reconoce diferencia entre el adentro y el afuera. Desde la década de los noventa, Estados Unidos y Europa trataron de modificar el discurso tradicional de la ONU, argumentando que la soberanía no podía ser incondicional, sino que debía entenderse como una licencia revocable por la comunidad internacional. Bajo la administración Bush se está reestructurando globalmente la zona euroasiática. Esta zona, internamente inestable, genera preocupación en las principales potencias del área, entre otras cosas porque contiene las reservas petrolíferas que necesitan todas ellas excepto Rusia. Al apoderarse estratégicamente de la zona, Washington puede pretender ganar capacidad para una versión ampliada de la supremacía de la que disfrutó durante la Guerra Fría, que abarque incluso a sus antiguos adversarios de Moscú y Pekín. En esta línea, los nuevos dispositivos jurídicos relacionados con el terrorismo y los Estados canallas ofrecen una base sólida y flexible para el intervencionismo unilateral estadounidense.
Si esta perspectiva (reestructuración global de la zona euroasiática) llegara a materializarse, la ONU entraría de nuevo en el marco de la hegemonía estadounidense como un instrumento auxiliar, como en los días de la Guerra Fría, pero ahora con los otros cuatro miembros permanentes del Consejo de Seguridad subordinados a las directivas de Washington, lo que supondría un formidable motor de dictadura mundial (Gowan, 2004:25). Desde esta perspectiva, el proyecto imperial estadounidense instrumentaliza las instituciones multilaterales, desplazando la forma de soberanía nacional por una forma nueva, una soberanía global que obedece al interés nacional de Estados Unidos. Con la guerra de Irak, la administración Bush, ha orientado su política exterior y su política de defensa a instaurar unilateralmente un orden mundial estadounidense con el fin de asegurar su posición hegemónica frente a posibles rivales.
En definitiva, el modelo cosmopolita de la Santa Alianza, concebido y construido para garantizar la paz en el marco de la Guerra Fría, ha experimentado una drástica y peligrosa simplificación. Para el presidente G.W. Bush: «La ONU debe ser capaz de funcionar como una organización para mantener la paz cuando entramos en el siglo XXI o será irrelevante. Y esto es lo que vamos a averiguar ahora. No hay confusión posible: si nosotros tenemos que resolver el problema, lo haremos» (citado en Batalla, 2003:186; cursivas nuestras). Consistente con su retórica sobre el papel de la ONU en el plano internacional, Bush nombró a John Bolton (y antes a John Negroponte), experto en control de armamentos, como representante de su país ante la ONU. Para Bolton (destituido recientemente) «existe una comunidad internacional que puede ser liderada por el único poder real que existe en el mundo, Estados Unidos» (citado en Ramentol, 2004:61).
En un artículo publicado en The Washington Post el 11 de agosto de 2002, el ex secretario de Estado Henry Kissinger, un influyente creador de escenarios en la política mundial, abogaba por el derecho de Estados Unidos a intervenir en cualquier región del sistema histórico capitalista con el objetivo de cambiar su sistema político. Para él,
el cambio de un régimen como objetivo de una operación militar se enfrenta con el sistema internacional establecido en 1648 por el Tratado de Westfalia, en el que, tras la carnicería de las guerras de la religión, se estableció el principio de no intervención en los asuntos de domésticos de los otros Estados. En definitiva, Estados Unidos debe poner fin al respeto a las soberanías nacionales para asumir sin complejos la dirección del imperio mundial (The Washington Post, 11.08.2002).
No hay que olvidar que el círculo de reflexión y decisión (Wolfowitz, Cheney, Rumsfeld y Rice) del gobierno de Bush defiende la intervención unilateral estadounidense en los conflictos militares mediante la utilización de su superioridad tecnológica, científica y militar, y, sobre todo, el no sometimiento a las leyes internacionales en los ámbitos de soberanía de Washington (Ramentol, 2004:60).
La estrategia de seguridad y defensa estadounidense representa un cuestionamiento explícito del sistema de relaciones internacionales vigente desde la paz de Westfalia de 1648. Desde ese entonces, con el tratado de Westfalia, el consenso entre los gobiernos y juristas ha subrayado que sin el reconocimiento de la soberanía nacional como base de la ley el mundo moderno amenazaría con convertirse en una lucha hobbsiana por el poder. Mientras, con su habitual sabiduría a lo Forrest Gump, el presidente G.W. Bush, enfatizaba que todas las otras naciones deberían aceptar por su propio bien los valores universalmente válidos de Estados Unidos.21 Inspirado por la convicción de que este es el pueblo elegido por Dios para promover la libertad y la democracia, Bush hizo de la religión uno de los elementos fundamentales de sus discursos y de su política de intervención económica y militar. «Peter Singer observa que la tendencia de Bush a ver el mundo en términos del bien y del mal es especialmente sorprendente. Ha hablado sobre el mal en 319 discursos distintos; es decir, alrededor del 30 por ciento de todos los discursos que pronunció desde el momento en que asumió su cargo hasta el 16 de junio de 2003» (citado en Bernstein, 2006:117).
En definitiva, lo que se propone es revalorizar la idea -del Destino Manifiesto- de que Estados Unidos, en su calidad de pueblo elegido por Dios, es el depositario de la misión histórica de promover un mundo mejor mediante la extensión de sus valores considerados como universales, sirviendo las instituciones y valores estadounidenses como principios organizadores para la expansión gradual del sueño americano alrededor del mundo.22 Así, para G.W. Bush: «En la gran tragedia, vimos también grandes oportunidades. Debemos tener la sabiduría y el coraje para aprovechar estas oportunidades. La mayor oportunidad de Estados Unidos es la de crear un equilibrio en el poder mundial que favorezca la libertad humana. Usaremos nuestra posición de fuerza e influencia sin paralelo para construir un clima de orden y apertura internacional» (http://es.wikipedia.org/Doctrina del Destino Manifiesto, cursivas nuestras).
En este caso merece especial atención el manifiesto firmado por sesenta pensadores estadounidenses, publicado en los principales diarios de Francia, Alemania, Italia y otros países europeos (no apareció publicada en Estados Unidos excepto en la internet), titulado «Por qué estamos luchando. La Carta de América» (www.americanvalues.org). El diario conservador The Washington Post describió a los firmantes del manifiesto y a los que posteriormente añadieron sus firmas a la declaración como intelectuales de vanguardia (los firmantes incluyen al ex senador federal, Patrick Moynihan, quien actualmente enseña en la Universidad de Syracuse; F. Fukuyama, de la Universidad Johns Hopkins; S. Huntington y Theda Skocpol de Harvard; y Michael Walzer de Princenton). El titulo de la carta abierta –Por qué estamos luchando– trata de evocar el famoso documental Por qué luchamos, dirigido por Frank Capra, que el gobierno de Franklin Delano Roosevelt auspició durante la Segunda Guerra Mundial.
La declaración principia por afirmar los valores y principios morales orientadores del documento.23 Para los autores,
algunas veces es necesario para una nación defenderse por las armas. Ya que la guerra es un asunto serio que entraña el sacrificio de vidas humanas, es necesario que quien la haga exprese claramente el razonamiento moral que subyace a sus actos, a fin de que las partes en presencia y el mundo entero estén advertidos, sin ambigüedades, de los principios que ellos defienden (….) Nos batimos para defender el artículo primero de la Declaración de Derechos Humanos. (Todos los seres humanos nacen libres e iguales en derecho y dignidad, la libertad de opinión y de culto, así como para luchar contra los que matan en nombre de Dios, la mayor traición posible a la universalidad de la fe religiosa) (….) Estamos unánimemente convencidos de que la invocación de Dios para matar o lesionar a seres humanos es inmoral y contraria a la fe en Dios. Tal actitud, denominada guerra santa o cruzada, no es solamente una violación de los principios fundamentales de la justicia, sino la negación de la fe religiosa, puesto que transforma a Dios en un ídolo al servicio de los designios humanos (www.americanvalues.org).
Pero el texto también alude a las ideas de los fundadores de Estados Unidos y sostiene que hay ciertas verdades morales fundamentales que son reconocidas universalmente. El ataque del 11 de septiembre en Nueva York atenta no sólo contra el país, sino contra la humanidad. «En nombre de la moral universal, y plenamente conscientes de las restricciones y exigencias de la guerra justa, sostenemos la decisión de nuestro Gobierno y de nuestra sociedad de utilizar contra ellos las fuerzas armadas» (ibíd.). En el texto se señala a Al Qaeda y a los países que acogen sus actividades como los responsables de la guerra y merecedores del castigo; en estricta correspondencia con los documentos oficiales del Gobierno de Estados Unidos. Para los autores, el peligro de una agresión es real y cierto, sobre todo si el agresor está motivado por una hostilidad implacable, y niegan que el criterio de apelar a una guerra justa como último recurso signifique que esta haya de ser aprobada por una instancia internacional como la ONU (Álvarez Dorronsoro, 2002).
En este último particular, aducen dos razones para justificar el unilateralismo norteamericano: en primer lugar, sería una novedad, porque históricamente los teóricos de la guerra justa no han considerado la aprobación internacional como una exigencia justa: en segundo lugar, no existe ninguna prueba de que la ONU está capacitada para decidir cuándo y en qué condiciones está justificado el recurso a las armas. Además, añaden los autores, esto comprometería inevitablemente la primera misión de las Naciones Unidas, que es humanitaria. Aunque los autores están dispuestos a admitir que Estados Unidos tiene sus fallas, estas son descritas en términos generales y ambiguos: «A veces nuestra nación ha seguido una política injusta y errónea. Frecuentemente nuestro país no ha sabido como practicar sus ideales» (ibíd.).
El documento apela a una reinterpretación de la doctrina de la guerra justa en clave de una versión ética y militar rigurosamente opuesta al pacifismo kantiano.24 La doctrina de la guerra justa fue desarrollada por Michael Walzer conforme a su concepción comunitarista de la justicia. Para él, el derecho de los ciudadanos a la autodeterminación incluye el derecho a la autoafirmación de la propia forma de vida (Walzer, 1997:45-47). Como es sabido, para este autor en la arena internacional los individuos están representados por los Estados, y sus derechos morales están incluidos en los derechos morales y derechos positivos legales de estos. En tal sentido, los derechos a la integridad territorial y la independencia política que el orden internacional reconoce a los Estados se encuentran con los derechos naturales a la vida y a la libertad que ellos garantizan a sus ciudadanos. Así, la ética que rige las relaciones internacionales alude a principios morales que son universalmente reconocidos. De modo tópico, de acuerdo a una justificación ética de la agresión, el autor concede una justificación moral a la guerra preventiva que supone un amplio abanico de interpretaciones. Así, Walzer (2001:85) defiende que
la agresión puede producirse no sólo en ausencia de un ataque militar o una invasión, sino en la (probable) ausencia de cualquier intención inmediata de llevar a cabo un ataque o una invasión de este tipo. La fórmula general debería ser algo así como lo siguiente: los Estados pueden usar la fuerza militar frente a una amenaza de guerra, siempre y cuando de no hacerlo estuviera en grave riesgo su integridad territorial o su independencia política.
La proliferación de horrores que se han producido en los últimos tiempos –comenta cínicamente– lo ha hecho más proclive a defender el recurso de la intervención militar.25
Desde esta perspectiva se elabora la categoría moral de suprema emergencia que consiente la violación de cualquier norma o límite moral. Todo Estado (Estados Unidos) que se sienta amenazado por un peligro que afecte su normalidad político-cultural, que cause no sólo un terror excepcional en la ciudadanía y en su bienestar individual y colectivo, sino también una repulsión moral, dejaría de estar obligado a respetar algún límite ético, en donde incluso el exterminio de cientos de miles de personas inocentes puede ser moralmente recomendable posterior a una agresión. Este etnocentrismo imperial justifica la intervención militar estadounidense como defensa de los valores auténticamente humanos y contrasta la nobleza moral de su intervención con la naturaleza innoble y criminal de su adversario (moralismo teológico medieval). Joseph Nye, ayudante del secretario de Defensa de Estados Unidos en el gobierno de Clinton, defendía la superioridad moral de las intervenciones armadas estadounidenses, en contraste con intervenciones análogas realizadas por otros países. Desde el punto de vista normativo, se legítima implícitamente el asesinato voluntario de gente inocente bajo el principio de guerra preventiva (Zolo, 2000:99). El Triangule Paper de la Comisión Trilateral correspondiente a la cumbre del año 2003 se titulaba significativamente «La dirección del nuevo terrorismo internacional: prevención, intervención y cooperación multilateral». Y fue elaborado bajo la coordinación de Nye (Ramentol, 2004:108).
Este etnocentrismo imperial con sus inescrupulosas y sofisticadas defensas en el plano jurídico de la guerra justa está quebrantando la institucionalidad internacional y, simultáneamente, con sus conjuntos de políticas de seguridad y defensa socavando los procesos de reproducción de la vida en el planeta. La administración estadounidense sigue oponiéndose a la constitución de un Tribunal Penal Internacional (en su lugar confía en sus propios tribunales militares), se niega a firmar la convención contra las armas tóxicas y biológicas (lo cual permitiría a Estados Unidos seguir trabajando con un número de armas biológicas que todavía se están desarrollando, incluyendo hongos destructores de cosechas –el llamado agente verde–, las armas no letales para controlar a civiles potencialmente hostiles, y los superinsectos genéticamente modificados de la Marina estadounidense que pueden engullir materiales como el plástico, el combustible para aviones, la goma y el asfalto, entre otras armas biológicas),26 ha anulado unilateralmente el Tratado de Misiles Antibalísticos (Tratado ABM), está desarrollando su plan para erigir un escudo antimisiles y se negó frontalmente a la firma de los acuerdos del Protocolo de Kyoto.
La razón del más fuerte del gobierno de G.W. Bush refuerza la máxima de Tucidides de que los poderosos hacen lo que pueden, en tanto los débiles sufren lo que deben (Chomsky, 2003). Con el despliegue unilateral de sus fuerzas militares, la doctrina de seguridad y defensa estadounidense ignora los precarios supuestos jurídicos y con un ultimátum normativo al Consejo de Seguridad busca legitimar sus actuaciones presentes y futuras.
Bastaría pues con que, dentro de Estados Unidos y sin consultar con nadie, los americanos considerasen que su interés vital lo requiere para tener razón, una buena razón, para atacar, desestabilizar o destruir cualquier Estado cuya política fuese contraria a dicho interés. Para justificar esa unilateralidad soberana, ese no compartir la soberanía, esa violación de la institución supuestamente democrática y normal de las Naciones Unidas, para dar la razón del más fuerte, había entonces que declarar que el susodicho Estado considerado agresor o amenaza actuaba como un Estado canalla (…) Y ello en el momento mismo en que, al anunciar que actuaría unilateralmente, Estados Unidos que, el 11 de septiembre, fue oficialmente autorizado por la ONU a actuar, como tal, es decir, adoptar todas las medidas consideradas necesarias para protegerse, por doquier en el mundo, contra el susodicho terrorismo internacional (Derrida, 2005:128).
Dicha lógica mostraría que, a priori, los Estados que están en la situación de hacer la guerra a los rogue State son ellos mismos, en su más legítima soberanía, unos rogue State. Por consiguiente, dentro de la lógica autorizada y legitimada de los rogue State, ya sólo hay Estados canallas y ya no hay ningún Estado canalla. La nomenclatura de los rogue State en tanto dispositivo imperial de intervención, regulación y modelización de la conflictividad social, política y militar anula la capacidad normativa de instituciones como la ONU (surgidas al concluir la Segunda Guerra Mundial de acuerdo a una distribución de poder que ya no existe). En este sentido, la configuración de nuevas figuras jurídicas y políticas se inscribe en el despliegue centralizado y unitario de la prevención, la represión y la fuerza retórica y práctica destinadas a reconstruir el equilibrio social global: todas características propias del Estado policial (Negri y Hardt, 2003:30).
Después del 11 de septiembre de 2001, la campaña contra el terrorismo en Afganistán e Irak (guerras coloniales) ha construido la primera fase de la guerra contra el terrorismo internacional que, a escala global, combina acciones de guerra no convencional y convencional, de policía de alta y baja intensidad. Así, cuando el Departamento de Estado califica a las resistencias de Afganistán e Irak de combatientes enemigos ilegales27 señala que la actividad terrorista los coloca fuera de la ley. En este caso particular, la categoría de homo sacer, revalorizada por Agamben, resulta fundamental para comprender las dinámicas de ocupación territorial estadounidenses (Afganistán e Irak), y los campos de concentración (cárceles secretas de la CIA en Europa y Guantánamo en Cuba)28 creados para los grupos e individuos considerados como ilegales (terroristas), con sus concomitantes dispositivos legales.
Para el autor, en el antiguo derecho romano se señalaba al homo sacer (en el sentido moderno sería el combatiente ilegal, el terrorista y el Estado canalla), al hombre cuya vida consagrada a Júpiter no puede ser sacrificada, en el sentido religioso. Lo que si puede el homo sacer, porque está fuera de la ley, es ser asesinado con impunidad, y su muerte, por esa misma razón, no tiene valor alguno (cum cetera sacra violari nefas sit, hominen sacrum itus fuerit occidi) (Agamben, 2003:107). La base jurídica para el internamiento y la supresión de la vida –por Estados Unidos– no es el derecho común, sino la Schutzhaft (literalmente: custodia protectora), una institución jurídica de raigambre prusiana que ha sido utilizada (por la socialdemocracia alemana, el régimen nazista, el régimen soviético y Estados Unidos) para custodiar, como una medida preventiva, a categorías de individuo y poblaciones, con el único fin de evitar un peligro para la seguridad del Estado.
La protección de la libertad que está en juego en la Schutzhaft es, irónicamente, protección contra la suspensión de la ley que caracteriza la situación de peligro grave. La novedad es que, ahora, esta institución se desliga del Estado de excepción en que se fundaba y se deja vigente en la situación normal. El campo de concentración es el espacio que se abre cuando el Estado de excepción empieza a convertirse en regla (Agamben, 2003:214-215).
Este espacio de excepción permanente en un sentido técnico y político funciona como una zona de suspensión absoluta de la ley, donde todo es posible. Si el campo es el lugar en el que, en cuanto espacio de excepción, no residen sujetos jurídicos sino meras existencias, en ese caso estamos en presencia de un campo de concentración, en tanto los prisioneros permanecen allí como nudas vidas privadas de todo estatuto jurídico. Es como si su existencia física hubiese sido separada de su estatuto jurídico. No están, pero son prisioneros. Permanecen allí en tanto nudas vidas privadas de todo estatuto jurídico, es decir, vida desnuda ante el poder soberano e imperial de Estados Unidos. Así, el paso esencial en el camino de la dominación total es aniquilar lo que el ser humano tiene como personalidad jurídica.
En fin, se configuran dos tipos de conflictos como parte de las efectuaciones prácticas de las dinámicas del globalismo imperial estadounidense. Por un lado, la lucha entre diferentes grupos de homo sacer, es decir, conflictos étnico-religiosos (terrorismo internacional y Estados canallas) que violan las normas universales de derechos humanos y no cuentan como guerras de verdad, y requieren de una intervención pacifista humanitaria por parte de Estados Unidos y las potencias occidentales; y por otro lado, ataques directos perpetrados contra Estados Unidos o cualquier otro representante del poder global, en cuyo caso, nuevamente, nos encontramos con algo que no es una guerra, sino con simples combatientes enemigos ilegales que resisten frente a las fuerzas del orden universal.
La conjunción de un doble motivo para las declaraciones de guerra unilaterales contra Afganistán (alojamiento de células terroristas de Al Qaeda) e Irak (apoyo al terrorismo y fabricación de armas biológicas, químicas y nucleares) se convirtió en el suplemento político-ideológico de la Estrategia de Seguridad y Defensa de la administración Bush. Pero también se diseñaron justificaciones reflexivas relacionadas con la necesidad de consolidar, crear y recrear las condiciones para el ejercicio de la democracia y la libertad en los Estados considerados canallas (Todorov, 2003:40). En fin, la vieja idea decimonónica del difusionismo cultural construida sobre la imagen positivista de la historia como una línea evolutiva y causal que fue recubierta por el dominio de argumentos naturalistas del siglo XIX, el siglo de la era imperial-colonial.
Según la concepción naturalista-lineal de la historia, al ser instrumentada a la organización política (Estados canallas), supone que la sociedad evolucionaría de las hordas salvajes (terroristas) regidas por la ley del más fuerte, hasta los Estados modernos, regulados por la racionalidad. En la producción y recreación de este imaginario colonial, el colonizado no es simplemente el otro forcluido de la civilización occidental, sino que se le concibe y produce como un otro carente de racionalidad y condenado al ruido, como la negación absoluta, como el punto más distante del horizonte civilizacional y democrático de Occidente. Desde los acontecimientos del 11 de septiembre, el Gobierno de Estados Unidos aumentó desproporcionadamente sus gastos militares configurando los perfiles de un imaginario del terror a gran escala. Pero también se abrogó el derecho a decidir quién tiene o no derecho al ejercicio de la legalidad, al reconocimiento de los derechos humanos y, según los términos de Jean Paul Sartre, al honor de formar parte de la humanidad misma; por consiguiente, a decidir que regímenes deben ser o no blanco potencial de un ataque cubierto por una declaración ilimitada y global de guerra. En pocas palabras: el derecho a la vida y a la muerte a escala global. Y una vez más, reeditando las prácticas del imperialismo y colonialismo europeo, a autocalificarse de civilizados y atribuirles el mal a otros Gobiernos, y por extensión, a naciones enteras. En definitiva, ello nos conduciría a considerar los dispositivos de seguridad y defensa instrumentados por Washington (pos 11 de septiembre), no como una reedición de las prácticas imperiales y coloniales (europeas), sino, en algún modo, como la matriz oculta, el nómos del espacio político en que vivimos todavía.
El nacimiento del Behemoth imperial
La noción de imperio desarrollada por Negri y Hardt supone el fin del imperialismo en tanto las lógicas de desterritorialización del imperio impiden a cualquier Estado nación convertirse en el centro de un proyecto imperialista (Negri y Hardt, 2003:13). Por el contrario, la idea de imperio, en el imaginario neoconservador, intenta plantear la aparición de nuevas formas de regulación social, política y jurídica bajo la dirección del poder unitario de Estados Unidos, y por consiguiente, la emergencia de una soberanía global-estatal; tal como se viene desarrollando y dibujando por instituciones como el Council on Foreign Raltions, inc., la Comisión Trilateral y el poder omnímodo de las transnacionales. Por otra parte, la expresión fin de sciécle (Jay, 1990) evoca procesos de decadencia, parálisis melancólica y estados de ánimo ansiosos y desesperados de una hegemonía que está clausurando sus ciclos de reproducción social. En definitiva, ligada a una voluntad de potencia imperial y a un imaginario de decadencia del poder estadounidense se configuran las actuaciones geopolíticas de las elites neoconservadoras en Estados Unidos.
Como lo han indicado Leo Panitch y Sam Gindin (2003:28):
el imperio norteamericano ya no es algo que se oculte. En marzo de 1999, la portada del New York Times Magazine exhibía un gigantesco puño cerrado, pintado con las franjas y estrellas de la bandera de Estados Unidos, debajo del cual se leían las palabras: «Lo que el mundo requiere ahora: para que funcione la globalización, Norteamérica no puede tener miedo de actuar como la superpotencia todopoderosa que es». Así se anunciaba el Manifiesto por un mundo rápido, de Thomas Friedman, que instaba a Estados Unidos a cumplir su papel de agente encargado de poner en vigor el orden global capitalista (….) Cuatro años después, en enero de 2003, cuando ya dejó de haber razón para simular que el puño estaba oculto, la portada completa del Magazine anunciaba un ensayo de Michael Ignatieff con las siguientes palabras: «El imperio norteamericano. Acostúmbrense a él: ¿qué otra palabra, que no sea ‘imperio’ describe esa cosa imponente en la que Norteamérica se está convirtiendo? Ser una potencia imperial (….) significa hacer cumplir el orden existente en el mundo, y hacerlo en interés de Norteamérica».
Ese cínico rostro imperial que Estados Unidos ahora está dispuesto a mostrar al mundo tiene que ver, sobre todo, con sus crecientes dificultades para administrar el caótico orden global. La necesidad de reconfigurar los Estados del sistema histórico capitalista para adecuarlos a la emergente administración del orden global es uno de sus problemas centrales en tanto imperio informal. Ciertamente, la inestabilidad y la contingencia dinámicas intrínsecas a la competitividad neoliberal profundizan el desarrollo desigual y la extrema volatilidad inherentes al funcionamiento de este orden global. Esa inestabilidad se amplía dramáticamente por el hecho de que Estados Unidos solo puede gobernar este orden a través de otros Estados, y volverlos a todos efectivos no es un asunto factible en el capitalismo actual. En todo caso, la opción de intervención unilateral en los Estados fuera de su órbita (canallas) devolvió al término imperio un lugar predominante en el imaginario neoconservador. Ello explica la extensión del número de bases militares estadounidenses, la integración de los aparatos de inteligencia y policiales y la exacerbación de una economía del miedo como respuesta político-militar al desafío del 11 de septiembre. Esta respuesta reveló las tensiones que tiene que enfrentar Estados Unidos para combinar su función imperial de coordinador general con el ejercicio sincrónico de su poder particular. Debe contemplar las amenazas en su contra como un ataque contra el capitalismo global, adecuando la cooperación internacional a su particular interés de seguridad nacional, y, simultáneamente, utilizar sin trabas su particular poderío estatal para afrontar las amenazas. Así, en palabras Brzezinski,
En vista del papel que desempeña en la seguridad global y de su extraordinario nivel de presencia en todo el planeta, Estados Unidos tiene derecho a tratar de procurarse mayor seguridad para sí mismo que otros países. Necesita fuerzas que dispongan de una capacidad decisiva de despliegue en todo el mundo. Debe mejorar sus servicios de inteligencia para ser capaz de adelantarse a las posibles amenazas. Debe mantener una ventaja tecnológica integral sobre todo los rivales potenciales tanto en sus fuerzas estratégicas como convencionales. Pero también debería definir su seguridad de tal forma que contribuyese a movilizar los intereses propios de otros países. Esta tarea de conjunto puede ser llevada a cabo de un modo más eficaz si el mundo entiende que la trayectoria de esa gran estrategia de Estados Unidos apunta hacia la creación de una comunidad global de intereses compartidos (2005:256, cursivas nuestras).
Para Brzezinski, dado el carácter dinámico y rápidamente cambiante de la tecnología moderna y de la escena internacional, toda respuesta deberá ser necesariamente contingente y provisional. En sentido estricto, cualquier intento de establecer un eje contrahegemónico al poderío global de Estados Unidos puede ser interpretado como antiestadounidense. El emergente eje París-Berlín-Moscú fue ampliamente criticado en los círculos académicos estadounidenses en el contexto de la guerra contra Irak en el 2003. No hay que olvidar la célebre y despectiva frase de el ex secretario de Defensa Rumsfeld sobre la vieja Europa. Thomas Friedman, en este mismo contexto, recomendaba se prive a París de su puesto como miembro permanente del Consejo de Seguridad de la ONU con poder de veto. «Yo de seguro que votaría para sacar a Francia del Consejo y remplazarla con la India (…) Entonces los cinco permanentes serían Rusia, China, India, Gran Bretaña y Estados Unidos. Es como debiera ser. Francia está tan empecinada con su necesidad de diferenciarse de América que se ha vuelto algo ridículo» (www.perspectivamundial.com/2003/2703/index.shtm).
Para él, Thomas Friedman, Estados Unidos es el mayor beneficiario y la única superpotencia. Y agrega que no somos nada sin el resto del mundo y el mundo no puede funcionar sin nosotros. La verdadera razón para apoyar a la ONU, al Banco Mundial, al Fondo Monetario Internacional y a los Bancos de Desarrollo es fundamentalmente porque estas instituciones hacen posible que los intereses de Estados Unidos avancen sin poner en peligro las vidas o el tesoro americano en todas partes y en todo tiempo (Friedman, 2006). Las guerras colonial-imperiales contra Afganistán e Irak han tenido como objetivo fundamental establecer las bases teórico-políticas de un orden neoliberal-militar.29 En sentido estricto no ha sido solo la extensión y profundización de la economía de mercado estadounidense, sino también el imaginario imperial lo que ha facilitado la emergencia de Estados Unidos en tanto y en cuanto behemoth imperial.30 Así, el discurso contra las figuras fundamentales del escenario político estadounidense –terrorista, inmigrante y Estados canallas– configura una máquina dual de producción de un ethos social despolitizado: las políticas de seguridad del nuevo Estado de guerra y el discurso cultural del capitalismo neoliberal. Miedo y singularización, amenaza y diferencia, represión y creatividad alimentan un orden de dominación que crea adhesión sin relación política, sociabilidad que construye el conflicto como exclusión o como guerra.
Antes bien, cuando el poder hegemónico de Estados Unidos se apoya exclusivamente de su poderío militar, y no en su capacidad económica (que temporalmente tuvo desde 1945), política y diplomática de persuasión, está claro que su hegemonía en el sistema histórico capitalista está en crisis. La premisa básica del globalismo imperial de los llamados halcones de la política estadounidense (visión belicista de la política exterior estadounidense) se soporta en la idea de que este proceso de declive es reversible. En palabras de Wallerstein, lo que necesitaba Estados Unidos –el globalismo imperial– era mostrar su robusto músculo militar, abandonar toda pretensión de consultas multilaterales e intimidar a los países aliados (potenciales competidores) y a los enemigos hostiles (Estados canallas) para lograr revertir este proceso de decadencia de su hegemonía (Wallerstein, 2005a:24). Ciertamente, hay una complejidad sistémica en el orden global neoliberal de hoy que incluye, aun en su propio núcleo, inestabilidades e incluso crisis. Esto hay que observarlo en una doble perspectiva: tanto en las tendencias a una crisis estructural del capitalismo, como en las dimensiones normales, cotidianas y plurales de las crisis locales. En todo caso, los Gobiernos estadounidenses han logrado con sorprendente habilidad limitar la duración, profundidad y contagio de las crisis en los últimos años.
En fin, la decadencia estadounidense (y su respuesta institucional) se inscribe en un vector de transformación más amplio de crisis general del capitalismo global (crisis del liberalismo como ideología dominante y también de los procesos de reproducción del capital) como sistema histórico. Estamos frente a un tiempo-espacio transformacional de radical incertidumbre. En este punto las oscilaciones y fluctuaciones sistémicas se vuelven más intensas y violentas, y emerge un kairós transformacional con un resultado fundamentalmente estocástico. El tiempo del kairós, a diferencia del tiempo lineal-secuencial, se entiende como un entre el tiempo, un período de tiempo justo o crítico Carpe Diem donde se liberan potencias transformativas, disruptivas y antagónicas que posibilitan la emergencia de nuevas gramáticas de sentido, capaces de romper con el flujo normal de las cosas. Este extraordinario momento de posibilidad de cambio transformativo tiene dos vectores decisivos. Uno es el campo de la política entre aquellos que sostienen sistemas y principios axiológicos opuestos o diferentes. Y el segundo el mundo del conocimiento, que determina si podemos clarificar las alternativas históricas con las que nos enfrentamos, hacer más lúcida nuestra elección, criticando y facultando a aquellos que están comprometidos con los cambios políticos de los que el conocimiento no puede apartarse (Contreras, 2000; Wallerstein, 1998:4-5).
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NOTAS:
1 Kairós (en griego antiguo kaipoç) significa momentum de la transición, el momentum de una procesión, del devenir. En un sentido preciso, utilizamos este término para referirnos a un momento de tiempo indeterminado donde acontecen transformaciones fundamentales en las sociedades que abren nuevos decursos de acción y posibilitan la emergencia de nuevas gramáticas y sentidos de futuro. Immanuel Wallerstein ha discernido cinco categorías de tiempo-espacio: episódico-geopolítico, cíclico-ideológico, estructural, eterno y transformacional. Cfr. Walllerstein, 1998.
2 Como signo histórico, sólo la historia efectual decide acerca de la magnitud extratemporal de un acontecimiento histórico. Cada acontecimiento produce más y también menos cuando está incluido dentro de circunstancias sociales, políticas y culturales que posibilitan y refuerzan un decurso histórico previo: de ahí su novedad en algunos casos sorprendente. Ciertamente la solidaridad entre pasado, presente y futuro no implica, en fin, una sustancialidad del devenir. Con el 11 de septiembre la administración de George W. Bush ha intensificado una guerra permanente, sin fronteras territoriales ni plazos temporales, que viola las cuestionadas normas del derecho internacional y pone en jaque la autoridad menguada de las Naciones Unidas. En el caso particular de las decisiones posteriores al 11 de septiembre, la ONU demostró su ineficacia para restringir poder cuando están en juego asuntos que el Gobierno estadounidense no está dispuestos a someter a la decisión de otros Estados. Cfr. Habermas, 2006:15.
3 La posibilidad de comprender el terrorismo, sus dinámicas políticas e ideológicas y sus efectuaciones prácticas pasa por reconocer que este refleja y lleva al extremo las patologías del sistema contra el que se dirige. En efecto, esto supone para Albrecht Wellmer tres tópicos básicos de comprensión: a) concebir el terrorismo como expresión de problemas de legitimación y de patologías sistémicas de la sociedad moderna (sistema histórico capitalista); b) entender en él los elementos irracionalistas, existencialistas y accionistas que tiene en común con otras estrategias de rebeldía, tal como estas vienen constituyéndose en el sistema histórico capitalista en todas partes de las antesalas de la política; y c) comprender cómo las patologías del sistema se reproducen incluso del modo y la manera como la experiencia de ellas es elaborada por los terroristas. Cfr. Wellmer, 1996:304.
4 Según Ramsey Clark, fiscal general de Estados Unidos de 1961 a 1968, el uso que su país hizo de armas convencionales durante la guerra del Golfo puede tipificarse dentro de la consideración de crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad, tal y como quedaron establecidos por las convenciones internacionales y por las normas del Tribunal de Nüremberg. Es bien sabido que se usaron explosivos combustible-aire, así como bombas de racimo, durante la noche de la ofensiva terrestre final. Un dramático ejemplo de las características del armamento utilizado lo tenemos en los efectos de los explosivos combustible-aire. Estos pueden ser considerados seminucleares pues, salvo el hecho de no emitir radiación, producen los mismos efectos que una explosión nuclear menor. Cada explosivo libera una nube de vapores extremadamente volátiles que se mezcla rápidamente con el aire y explosiona. La onda explosiva, combinada con la total combustión de oxígeno, destruye cualquier forma de vida en un área de unos trescientos cincuenta metros de diámetro. Pero, además, en la fase final de la ofensiva terrestre ya se había alcanzado prácticamente la derrota del ejército iraquí, Radio Bagdad había anunciado la próxima adhesión de su país a la resolución 660 y se había iniciado el proceso de retirada de tropas de Kuwait. En la tristemente célebre Autopista de la Muerte, la carretera que une la capital de Kuwait con Basora, una caravana de vehículos de más de diez kilómetros de largo fue eliminada durante esa noche por una serie prolongada de ataques aéreos. El convoy estaba compuesto sobre todo por camiones, autobuses, ambulancias y cientos de pequeños vehículos en fuga desordenada. Miles de civiles, muchos de ellos palestinos, egipcios y sudaneses, perdieron la vida sin poder oponer la más mínima resistencia. Las primeras fuentes en aportar noticias y documentación sobre la matanza fueron británicas. Según dichas fuentes, no se permitió que ningún periodista o fotógrafo asistiera al «espectáculo apocalíptico de la matanza», como lo definió el mayor estadounidense Bob Willians; miles de cuerpos calcinados fueron enterrados en el curso de tres días. Cfr. Clark, 2002; Zolo, 2000:56.
5 Se ha calculado que en los cuarenta y dos días de la Tormenta del Desierto se empleó una mayor cantidad de explosivos que en toda la Segunda Posguerra. En cuarenta y dos días de ataques aéreos, 1.760 aviones estadounidenses y aliados arrojaron 84.000 toneladas de bombas, aunque el 70 por ciento de los explosivos erró su blanco militar y sólo el 9 por ciento fue considerado como bomba inteligente. Las evaluaciones sobre las pérdidas iraquíes proponen una cifra de aproximadamente 220.000 muertes, incluidas las victimas civiles. Pero también deben incluirse en los cálculos la contaminación de la tierra, el aire, el mar y la capa superior de la atmósfera y los daños que podría causar a corto y mediano plazo en el ecosistema regional y planetario. Cfr. Batalla, 2003:109.
6 Un debate acerca de la política y acciones de Estados Unidos para mantener el control de las fuentes de petróleo en el Medio Oriente durante el último medio siglo tendría que examinar: 1) el golpe de Estado de 1953 en Irán que, bajo los auspicios de la CIA, destruyó el régimen izquierdista de Mossadeq y restauró al poder la dictadura del Shah; 2) la invasión del Líbano por Estados Unidos en 1958; 3) la política armamentista de Israel; 4) la indiferencia respecto al genocidio del pueblo palestino; 5) el apoyo económico, militar y político a la monarquía absolutista y semifeudal de Arabia Saudita; 6) el bombardeo de Beirut por buques de guerra estadounidenses en 1983; 7) el despliegue militar en la guerra del Golfo; 8) las sanciones económicas posteriores a la guerra del Golfo contra Irak; 9) las guerras unilaterales aún por concluir contra Afganistán e Irak; y 10) la campaña de hostigamiento y preparación de un ambiente de guerra contra Irán. Cfr. Alí, 2004:234-237.
7 Un claro ejemplo del lenguaje de la fuerza y los requisitos de la lógica realista lo da Zbigniew Brzezinski. Para él, el gobierno de Jimmy Carter le mintió al pueblo estadounidense y al mundo cuando sostuvo que Estados Unidos solamente había intervenido en Afganistán luego de que la Unión Soviética lo invadiera en diciembre de 1979. El 3 julio de 1979 Carter había firmado una orden para dar apoyo cubierto a los islámicos radicales que se oponían al régimen pro soviético en Kabul. Además de desestabilizar a la Unión Soviética, el objetivo fundamental de largo alcance era establecer una presencia dominante en Euroasia. Ello permitiría en el largo plazo la construcción de un oleoducto a través de Asia central, el cual podría llevar petróleo desde los yacimientos en Turkmenistán, Uzbekinstán y Kazajstán a través de Afganistán y Pakistán hasta el océano Índico. Cfr. North, 2002:7.
8 El Comité para el Mantenimiento de una Política Defensiva Prudente creado por dos grandes figuras de la Guerra Fría, Dean Acheson y Paul Nitze, respectivamente secretario de Estado y director de planificación del Departamento de Estado del presidente Truman, tenía como objetivo fundamental convencer al Congreso de la necesidad de instalar un escudo antimisiles, proyecto que fue combatido firmemente por varios representantes, particularmente Edward M. Kennedy, William Fulbright, Albert Gore Jr., Charles Percy y Jacob Javits. En este Comité trabajaron en 1969 Paul Wolfowitz y Richard Perle a solicitud de Albert Wohlstetter (primer estratega nuclear, miembro de la Rand Corporation y teórico de la vulnerabilidad de Estados Unidos).
9 El documento del Consejo Nacional de Seguridad establecía «Nos alejamos radicalmente de la dependencia con respecto al crudo del Oriente Próximos. Venezuela ha pasado a ser nuestra proveedora principal y África suministra el 15 por ciento del petróleo que importamos» (U.S. Nacional Security Council, 1998:32; cursivas nuestras). En todo caso, en concomitancia con las estrategias de seguridad y defensa de Estados Unidos en materia energética, en Venezuela, en la agencia estatal de petróleo (Pdvsa) se desarrollaba desde 1989 una política tendiente a desnacionalizar el petróleo. El objetivo de la agenda liberal era reformar artículos fundamentales de la Constitución referidos a la propiedad del subsuelo. Para los arquitectos de la agenda liberal la cuestión era simple, la tierra es para quien la trabaja. En este contexto Venezuela, a través de Pdvsa y consistente con su agenda liberal, se vinculaba a la Organización Mundial del Comercio (OMC) sin reservar ningún derecho especial con respecto al petróleo. De acuerdo con la visión adoptada por Pdvsa, más que una palanca para la promoción del desarrollo nacional, los recursos naturales significan una ventaja para atraer inversiones extranjeras. Como parte de la agenda liberal y de sus estrategias de producción de hegemonía, no habría que perder de vista la intensa y costosa campaña internacional de promoción de la figura de Luis Giusti (presidente de Pdvsa para el período) como hombre del año en la industria petrolera mundial. Posteriormente, al ser separado de su cargo se convirtió en un asesor del gobierno de G.W. Bush en materia petrolera. Cfr. Contreras, 2006a:57; Mommer, 2003:177.
10 Los analistas del Institute for National Strategic Studies, dependiente del Pentágono, clasifican los Estados según su grado de aproximación a una tipología creada por el Instituto. Estos son: Estados de núcleos (core states), Estados en vías de transición (transition states), Estados canallas (rouge states), y Estados fracasados (failed states). La clasificación y calificación varía en función de las afinidades que presenten los países con respecto al modelo de Washington. Así, un rogue state merecería desaparecer como Estado de no-derecho, desde el momento en que parece no respetar las prescripciones del derecho internacional, tal y como al menos, teniendo en cuenta sus propios intereses, las interpretan los Estados supuestamente legítimos y respetuosos de las leyes, es decir, aquellos que, disponiendo de la mayor fuerza están dispuestos a llamar a los Estados canallas al orden o hacerlos entrar en razón, si fuera necesario recurriendo a una intervención armada –punitiva o preventiva–. Cfr. Derrida, 2005:102.
11 Con una visión claramente sardónica Arthur Schlesinger Jr. escribía que los halcones de Washington se veían a sí mismos como los telépatas de la película Minority Report, de Steven Spielberg, físicamente equipados para evitar crímenes y atentados terroristas antes de que fueran cometidos. Esta idea de Schlesinger ridiculizaba la política de guerra preventiva que Cheney y Rumsfeld defendían como parte de la política de primacía global. Concluía que la guerra preventiva era ilegítima e inmoral (citado en Ramentol, 2004:48).
12 Podemos encontrar el concepto de sociedad bien ordenada en la célebre obra de John Rawls Teoría de la justicia, donde se la caracteriza como una sociedad proyectada para incrementar el bien de sus miembros, y regida por una concepción pública de la justicia. En su texto El derecho de gentes Rawls contempla la posibilidad de que las democracias emprendan guerras justas contra Estados canallas. En este contexto, cita con aprobación la teoría de la guerra justa de Michael Walzer. Ambos consideran deseable y posible la justicia entre las naciones. En esta obra se justifica la financiación de guerras pretendidamente liberales y democráticas contra los Estados canallas (Rawls suele emplear la terminología del Departamento de Estado), una política ahora adoptada oficialmente por el Gobierno estadounidense.
13 Como unos de los ejes fundamentales del poder global tenemos a la Comisión Trilateral fundada en 1972 por ocho miembros del Council of Foreign Relations (CFR) otra institución esencial en la comprensión de las nuevas dinámicas globales. La Comisión fue creada por David Rockefeller y Z. Brzezinski. Su propósito era juntar y coordinar a las elites de Estados Unidos, Europa y Japón. Para Rockefeller, los intereses humanos generales prosperarían mejor en términos económicos cuando las fuerzas del mercado libre puedan trascender las fronteras nacionales. Para él, había llegado el momento de romper el asedio a que están sometidas las empresas multinacionales, para que puedan continuar movilizando la economía mundial. El propósito de la Comisión era establecer formas de colaboración entre las elites gobernantes con la intención de influenciar la opinión pública, la política y la toma de decisiones de los Gobiernos alrededor del mundo para que sirvan a los intereses de los bancos y las corporaciones multinacionales. La Comisión respondía a una tentativa del capitalismo global para buscar salidas a la crisis del petróleo, del dólar y en general, de todo el sistema. El trabajo de la Comisión consistía en la preparación de estudios (task force reports) sobre diversos temas elaborados por expertos asistidos por consultores y por personalidades relacionadas con el área analizada. Los informes finales se publican en una serie de papeles de trabajo titulados The Triangule Papers. V. www.trilateral.org.
14 La industria del petróleo no es un sector más de la economía, sino el motor mismo de un conjunto de actividades industriales básicas, que abarcan desde el sector energético y de carburantes hasta la industria petroquímica, los fertilizantes y asfaltos, los productos plásticos y la industria farmacéutica, entre muchas otras. La integración vertical de todas las actividades conexas a la industria y la comercialización de petróleo y gas natural comprende desde la exploración y extracción hasta la distribución de productos refinados en los puntos de venta. La concentración horizontal, típicamente elevada, ha crecido vertiginosamente durante el trienio 1998-2000, con fusiones de empresas que redujeron prácticamente a la mitad el número de compañías más grandes, aumentando proporcionalmente el tamaño y poder de mercado de las cinco transnacionales resultantes: Exxon-Mobil, Bp-Amoco, Shell-Royal Dutch, TotalFina-Elf y Chevron-Texaco. La hegemonía sobre el petróleo y el gas natural, considerando el origen de los capitales de estas megaempresas, corresponde a Estados Unidos y Gran Bretaña, seguidos de otros dos países de rango intermedio en el ranking de las grandes transnacionales: Francia y Holanda. Con la nueva fase de concentración de capital en el sector que se produjo a finales de la década de los noventa, aumentó la capacidad de presión de las transnacionales petroleras sobre sus proveedores y consumidores, al mismo tiempo que su margen de beneficios, disparado por el alza del precio del petróleo. Cfr. Giordano, 2002:58.
15 El petróleo más caro provoca cierta alarma de inflación en Estados Unidos, y junto con una economía expansiva con bajos índices de desempleo y alto endeudamiento interno tiende a elevar las tasas de interés, lo que realza el papel del dólar como moneda de refugio y tiende a fortalecerlo aún más. Al mismo tiempo, la sobrevaloración del dólar y los precios internos –y sobre todo impuestos– comparativamente más bajos de los combustibles facilitan a ese país el control de la inflación, mientras las principales economías de la Unión Europea acusan el impacto del alza de precio del petróleo en un fuerte incremento de la inflación, invirtiéndose la tendencia creciente de los años anteriores a 1999 y empujando también al alza los costes financieros. Cfr. Giordano, ob. cit., pp. 101-102.
16 La doctrina Carter, que consiste en conservar el poder dominante en el Oriente Medio y reservar el acceso al petróleo de la región para Estados Unidos y el mundo occidental ha sido adoptada recientemente por España en el Libro Blanco de las Fuerzas Armadas que presentó el Ministerio de Defensa en marzo de 2000, en el que se establecen los llamados intereses nacionales de seguridad, entre los cuales se incluye el suministro de recursos básicos para mantener o fomentar la prosperidad del pueblo español. Cfr. Giordano, ob. cit., p. 21.
17 La operación de Estados Unidos en Kosovo es un paso más en la evolución de la nueva política de ampliación de la OTAN (contenida en el Proyecto para un Nuevo Siglo Americano), que aumenta su poder y pretende contener a Rusia. La secretaria de Estado, M. Albright, y el consejero para la Seguridad Nacional, Sandy Berger, con el apoyo de Brzezinski y del senador Jesse Helms, centraron su análisis indudablemente en la dimensión estratégica del conflicto en los balcanes. Cfr. Blackburn, 2000:141.
18 Colombia es el sexto proveedor de petróleo de Estados Unidos, por lo que los funcionarios norteamericanos han expresado su intención de defender sus intereses en las operaciones petroleras en Colombia, expresando incluso que su principal interés al apoyar el Gobierno colombiano con ayuda militar es, más que la lucha antidrogas, defender las operaciones de Occidental, British Petroleum y Texas Petroleum y asegurar el control de los pozos colombianos al futuro. Con este fin, el Gobierno estadounidense ha destinado además de los recursos del Plan Colombia un financiamiento especial para la protección del oleoducto Caño Limón-Covenas, el más importante de Colombia, y mantiene un contingente de Fuerzas Especiales, cuya misión es entrenar las unidades del ejército colombiano que tienen a su cargo la seguridad de la infraestructura petrolera. En el marco del Plan Colombia, en febrero de 2003 el congreso estadounidense aprobó un total de 532 millones de dólares en ayuda militar, entre ellos 92 millones para la Brigada XVII, cuya única función es proteger un oleoducto de la Oxidental Petroleum. Cfr. Serje, 2004:105.
19 El componente militar dentro de la política exterior y de defensa estadounidense ha tenido un despliegue fundamental en los últimos años en América Latina. El dispositivo militar en el Caribe insular tiene Guantánamo en Cuba, dos bases en Puerto Rico, dos localizaciones de seguridad (una en Aruba y otra en Curazao). En América Central, la base área de Sotocano en Honduras y la localización de Seguridad de Comalpa en El Salvador. En el mundo andino la base de Manta en Ecuador y ochocientos miembros de las fuerzas armadas más seiscientos contratistas privados de seguridad en Colombia. Y ahora un salto significativo en el Cono Sur con el estacionamiento de tropas estadounidenses de unos quinientos hombres por al menos dieciocho meses en Paraguay, con la potencialidad o probabilidad de refraccionar, reacondicionar una base en la frontera entre ese país y Bolivia. Este despliegue estadounidese pone un acento en los dispositivos estratégico y militar como punta de lanza para alcanzar los objetivos de liberalización de las economías en la región. En definitiva, como parte del despliegue de los dispositivos militares se han definido zonas de turbulencia para focalizar las actuaciones militares estadounidenses en América Latina. En la frontera colombo-venezolana, Washington localizó una zona de alto riesgo terrorista, y en la triple frontera Argentina, Paraguay y Brasil ubicó una zona de riesgo potencial en términos terroristas. Cfr. Tokatlian, 2004:167.
20 Las reservas mundiales comprobadas de petróleo y gas se han incrementado en las dos últimas décadas, en parte como resultado de la incesante expansión de las exploraciones de las compañías transnacionales, y también por el uso creciente de tecnologías cada vez más sofisticadas para detectar su existencia en el subsuelo terrestre. La cuantificación de las reservas estadounidenses está rodeada de un hermetismo absoluto por razones geopolíticas y geoestratégicas.
21 Se atribuye por definición a la tradición ética occidental, desde la Biblia a la Stoa, de Tomás de Aquino o Kant, una racionalidad y universalidad superior a la de cualquier otra tradición moral posible. Su lógica normativa provendría, no de la tradición, de la costumbre o de una autoridad trascendente, sino directamente de la razón. Cfr. Zolo, 2000:98.
22 Estados Unidos tiene en sus manos un mandato exclusivo para administrar la Creación y todas sus criaturas. Incluso el paraíso fue demarcado y privatizado: «Dios escogió a América para que aquí se construyese la sede del paraíso terrestre; por eso, la causa de América será siempre justa y ningún mal le será imputado. Los colonos son los auténticos herederos del pueblo elegido, pues preservan la santa fe. Nuestra misión es dirigir los ejércitos de luz en dirección a los futuros milenios» (Prédicas puritanas, Nueva Yersey, 1660). La predestinación de Estados Unidos, en definitiva, es una profecía conscientemente autocumplida. V. http://es.wikipedia.org/Doctrina del Destino Manifiesto.
23 El documento tiene dos presupuestos altamente discutibles: el primero creer que Estados Unidos es una comunidad moral cuyos principios y valores son los que los autores enumeran. El segundo pensar que el Gobierno de esa nación es el vehículo mediante el cual se expresan estos principios y valores. Al deshistorizar y moralizar el papel que cumple el Gobierno de Estados Unidos en el sistema histórico capitalista, los autores fundamentan la política exterior en un moralismo que elude analizar los intereses estratégicos y económicos que determinan la política exterior estadounidense. Cfr. North, 2002.
24 «Podríamos esperar que Juan Pablo II repitiese lo que ya dijo Juan Pablo I, y antes que él Juan XXIII en la Pacem in Terris: no existe la guerra justa; toda guerra es perversa, porque toda guerra produce víctimas y víctimas inocentes. Juan Pablo II, por el contrario, declaró que los norteamericanos tenían toda la legitimidad del mundo para defenderse y castigar a los terroristas» (Boff, 2003:73, cursivas nuestras).
25 «En marzo de 2003 se podría haber hecho frente a la amenaza que representa Irak con algo que no fuera la guerra en la que ahora estamos metidos. Y una guerra librada antes de su momento no es una guerra justa. Pero ahora estamos en ella, espero que la ganemos y que el régimen iraquí caiga rápidamente. No voy a manifestarme para que pare la guerra mientras Saddam siga en pie, ya que eso reforzaría su tiranía en el interior del país y le convertiría, una vez más, en una amenaza para todos sus vecinos. Mi discusión contra los que se manifiestan en contra de la guerra depende de la justicia relativa de dos desenlaces posibles: o una victoria estadounidense, o todo lo que no lo sea, que Saddam podría considerar como una victoria suya (….) Pero hasta la gente que estaba en contra de iniciar esta guerra puede todavía insistir en que debería dirigirse conforme a los dos compromisos cruciales asumidos por la administración Bush. En primer lugar, que se haga todo lo posible por evitar o reducir las bajas civiles; este es el requisito esencial para que haya jus in bellum, justicia en la forma de dirigir la guerra, que todos los ejércitos en todas las guerras están obligados a cumplir, independientemente de la moralidad de la guerra en sí. En segundo lugar, que se haga todo lo posible por garantizar que el régimen pos Saddam sea un gobierno de, por y para el pueblo iraquí: éste es el requisito esencial de lo que podría denominarse jus post bellum, la parte menos desarrollada de la teoría de la guerra justa, pero, evidentemente, importante estos días» (El País, 8.4.2003).
26 La iniciativa del Gobierno estadounidense de acabar con el control internacional de las armas biológicas es consistente con la legislación antiterrorista propuesta por la administración Bush. En lugar de detener el desarrollo de este tipo de armas, Estados Unidos promueve una forma de jurisdicción extraterritorial que hará que los esfuerzos internacionales se concentren en castigar la utilización criminal de algunos tipos de armamento biológico. Ello resultaría en la abrogación de la jurisprudencia doméstica a favor de la aplicación de la legislación estadounidense en el extranjero, con conflictos por extradición y secuestro y juicios de cara a la galería, en un momento en que Estados Unidos intenta vengar los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001. V. www.sunshine-project.org.
27 La reciente ley de detenidos aprobada por el Congreso estadounidense define la forma en que se juzgará a los prisioneros en la llamada guerra contra el terror. Define al combatiente enemigo ilegal de forma flexible y concede inmunidad a los interrogatorios realizados en el pasado, dejando un amplio margen para los interrogatorios crueles. Esta ley no permitirá a los prisioneros invocar el principio de habeas corpus (antiguo derecho obtenido de la ley inglesa que establece que un prisionero debe ser llevado a un tribunal para que su detención sea justificada) para apelar contra su detención. Para Manfred Novak, relator especial de la Comisión de Derechos Humanos de la ONU, la conclusión central del informe que se presentara en esa organización (filtrado por The Angeles Times) es que algunos de los tratos dados a los prisioneros de Guantánamo entran en la definición de tortura estipulada por la Convención de Naciones Unidas contra la Tortura. El Gobierno estadounidense calificó de decepcionante la solicitud de la ONU de cierre inmediato de todos los centros e instalaciones secretas de detención. La situación de excepción que se crea es que los prisioneros en estos centros no tienen asignado ningún estatuto jurídico. V. http://news.bbc.co.uk/hi/spanish/international/newsid_5392000/5392790.stm.
28 El 17 de diciembre de 2001 el presidente G.W. Bush firmó un permiso específico para que la CIA actuara como lo estimara conveniente. Mientras Europa ha enfrentado estas amenazas a través de la institucionalidad existente, Estados Unidos parece haber optado por un camino diferente. Para Terry Davis, secretario general del Consejo de Europa, la lucha contra el terrorismo solo puede tener credibilidad si respeta los derechos humanos y las libertades fundamentales. Los miembros del Consejo están obligados a prevenir el secuestro y el traslado ilegal de prisioneros bajo su jurisdicción. Bajo esta premisa, la organización intentó reunir información sobre las acusaciones de que la CIA operaba una red de cárceles secretas alrededor del mundo y que transportaba sospechosos utilizando aeropuertos europeos. V. www.bbcmundo.com/spanish/international/22/02/2006.
29 Según el Base Structure Report (Informe sobre la Estructura de las Bases), inventario anual del Departamento de Defensa relativo a los bienes raíces que posee en todo el mundo, de 2002 a 2005 aumentó cuantiosamente el número de sus instalaciones militares. El total de bases militares estadounidenses en otros países en 2005 –según fuentes oficiales– era de 737. Si se tienen en cuenta el despliegue de tropas en Iraq y la estrategia de guerras preventivas que sigue el presidente G.W. Bush, la tendencia en el número de bases en el extranjero tiende a crecer como consecuencia de esta lógica de guerra preventiva. Esas cifras, aunque asombrosamente altas, ni siquiera suponen el total de las bases que ocupan en todo el mundo. El Base Structure Report de 2005 no refleja, por ejemplo, ninguna guarnición en Kosovo (es decir, en Serbia, país del que todavía es una provincia), a pesar de ser la sede del enorme Camp Bondsteel, construido en 1999 y mantenido desde entonces por la multinacional KBR (anteriormente conocida como Kellogg Brown & Root), una filial de la corporación Halliburton de Houston. El informe excluye, asimismo, las bases en Afganistán, Iraq (106 acuartelamientos en mayo de 2005), Israel, Kirguizistán, Qatar y Uzbekistán, a pesar de que el ejército de Estados Unidos ha establecido una colosal estructura de bases en la región del Golfo Pérsico y Asia Central desde el 11-S. A modo de excusa, una nota en el prefacio dice que «las instalaciones ofrecidas por otros países en localidades extranjeras» no están incluidas, aunque ello no es estrictamente cierto, pues sí incluye 20 instalaciones en Turquía, todas ellas de propiedad del Gobierno turco y de utilización conjunta con los estadounidenses. El Pentágono sigue omitiendo en sus cuentas gran parte de los 5.000 millones que cuestan las instalaciones militares y de espionaje en Gran Bretaña, convenientemente disfrazadas como bases de la Royal Air Force. Si hubiera una contabilidad decente, el tamaño verdadero del imperio militar, según Chalmers Johnson, alcanzaría a 1.000 bases en el exterior, pero nadie –posiblemente ni el mismo Pentágono– sabe con certeza el número exacto. Cfr. Johnson, 2007:18-30. Las bases estadounidenses se encuentran diseminadas por todos los continentes. La presencia de dispositivos militares es un horizonte fáctico en 130 de los 192 Estados miembros de las Naciones Unidas. Cfr. Alí, 2005:15.
30 Los Estados Unidos en tanto imperio están transformando el contenido del derecho y los derechos mediante su expansión por medio de la guerra. El behemoth es un misterioso animal bíblico que aparece en el libro de Job (XL, 10-19). Su nombre es el plural de behema, que significa cuadrúpedo. Según las leyendas rabínicas, habita en mil montañas que producen todo tipo de hierba, y cada día agota todos los pastos de las mil montañas, los cuales, puntualmente, vuelven a crecer durante la noche. Su sed es tanta que a cada sorbo bebe tanta agua como lleva el río Jordán en un año. Según algunas fuentes es un animal único y andrógino, pero imposibilitado para reproducirse, porque el mundo no tendría espacio para más de un behemoth. Cfr. Izzi, 2000:69; Neumann, 2005.
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