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Cuadernos del Cendes

versión On-line ISSN 2443-468X

CDC v.24 n.64 Caracas ago. 2007

 

Socialismo y nacionalismo como agentes de modernización acelerada

H.C.F. MANSILLA



Resumen
Sobre la base de literatura (principalmente europea) olvidada o poco conocida, el texto retoma la discusión teórica en torno a los diferentes modelos de modernización acelerada y autoritaria, que en el Tercer Mundo fueron muy apreciados hasta aproximadamente 1980. Este debate se inició con la Revolución de Octubre en la antigua Rusia, y ahora, después del relativo fracaso del neoliberalismo, recobra vigor en algunos ámbitos de las periferias mundiales. Este modelo fue y es popular porque permite combinar una tradición político-cultural autoritaria y premoderna con un intento sistemático de acumulación y modernización de tipo tecnocrático.

Palabras clave Acumulación / Autoritarismo / Modernización

Abstract
Based on forgotten or little known (mainly European) literature, this text takes up once more the theoretical discussion on different models of accelerated and authoritarian modernization, highly appreciated in the Third World until about 1980. The debate began with the October Revolution in old Russia. Now it is gathering strength in some realms of the world peripheries after the relative failure of neoliberalism. This particular model was and is still popular as it allows for a combination of premodern, authoritarian political tradition and a systematic effort of technocratic accumulation and modernization.

Key words Accumulation / Authoritarianism / Modernization

 

RECIBIDO: ENERO 2007 ACEPTADO: ABRIL 2007

Lo realmente importante y hasta trágico del desarrollo del Tercer Mundo reside en el hecho de que las masas y los intelectuales de aquellas sociedades se han sentido fascinados por modelos autoritarios de modernización, sin que los datos en su contra hagan demasiada mella en la consciencia colectiva. Hasta aproximadamente 1980 el sistema socialista aparecía como la última esperanza ante los ojos de los pueblos empobrecidos, como ahora el fundamentalismo en vastas porciones del ámbito islámico. A pesar de sus errores y retrocesos, sus actos antilibertarios y sus manías economicistas, los experimentos socialistas y los nacionalistas de izquierda emergían como una alternativa válida y más promisoria que los regímenes capitalistas. Por ello y ante el renacimiento del populismo izquierdista, hay que retomar las brillantes teorías que sobre este decurso evolutivo elaboraron pensadores críticos como Umberto Melotti, Barrington Moore, Kostas Papaioannou, Richard Pipes y Karl August Wittfogel, que lamentablemente no han salido del ámbito del silencio y el olvido. Es un acto de justicia volver a considerar los esfuerzos intelectuales que se hicieron hasta 1980 para entender la evolución de Asia, África y América Latina.
    Se trata, en todo caso, de un fenómeno relativamente reciente y casi único a lo largo de la historia universal. La urgencia por el desarrollo es con seguridad un producto de la segunda mitad del siglo XX y un fruto del incremento espectacular de las comunicaciones entre las naciones más avanzadas y las áreas aún atrasadas. La idea misma de subdesarrollo ha nacido de la comparación entre lo que existe en el actual Tercer Mundo y las naciones metropolitanas del Norte, cuya evolución adquiere entonces la categoría de paradigma, conforme a la cual se mide todo «progreso». La noción de subdesarrollo es algo derivado, es decir, sin autonomía de origen, y depende paradójicamente de lo alcanzado en las envidiadas y, al mismo tiempo, vilipendiadas sociedades opulentas del Norte. Su núcleo está compuesto por los efectos de demostración que genera la civilización industrial sobre la mentalidad colectiva de los pueblos meridionales.
    Tanto los admiradores del capitalismo como los amigos del socialismo radical, del nacionalismo antiimperialista y hasta del fundamentalismo islámico consideran nolens volens al llamado Primer Mundo como el marco normativo de referencia para determinar qué cosa es atraso o adelanto. Los criterios básicos son la existencia de una industria moderna, el florecimiento de una tecnología avanzada, una tasa alta de urbanización y escolarización, la consolidación de un Estado nacional fuerte, expansivo y respetado internacionalmente y la adquisición de un alto nivel de vida.1 La «emulación de Occidente»2 es predicada por autores que han dedicado su vida a la crítica del capitalismo: Paul A. Baran escribió que las naciones periféricas debían, «a su modo», alcanzar lo que habían logrado Francia, Gran Bretaña y América con sus revoluciones (Baran, 1952:82 y ss.). Los representantes de la teoría latinoamericana de la dependencia han creado sus conceptos centrales, tales como «subdesarrollo», «dependencia», «heterogeneidad», «estancamiento», «marginalidad», «periferia», «satélites» y muchos otros, derivándolos de «desarrollo», «autonomía», «homogeneidad», «dinámica», «integración», «metrópoli», «centros» y otros que caracterizan a las naciones del Norte y que conforman así la positividad normativa a escala mundial (Dos Santos, 1971:60 y ss.). Todos estos enfoques teóricos tienen como contenido sólo determinaciones negativas: sus categorías fundamentales y su especificación del subdesarrollo resultan ser criterios de déficit y recuento de carencias, que surgen mediante la confrontación con la situación actual de los países más avanzados del Norte, que adquieren así de manera obvia –y, por ende, inconmovible– la dignidad de paradigmas históricos. Esta genuina dependencia con respecto al criticado modelo metropolitano se manifiesta en el tratamiento que los «dependencistas» dan a los grupos empresariales de los países periféricos: si estos han logrado un éxito comparable a la burguesía capitalista europea, como en el caso del Japón, entonces se los admira casi irrestrictamente (Baran, 1952:71-74; Senghaas, 1977:91-99); si sus resultados son más modestos, entonces merecen sólo el calificativo de clases explotadoras y vendidas a los intereses extranjeros.
    En un plano práctico y más profano se puede constatar igualmente cómo el progreso material occidental se ha transformado en el parámetro obvio para evaluar todo sistema socioeconómico. En 1961 Nikita Xrushchëv prometió a la generación soviética en vida el goce del comunismo más completo, constituido este por la plenitud del bienestar material, teniendo explícitamente a Occidente como el modelo a imitar. El socialismo existente tendió a convertirse en una variante de política social exitosa; la meta ya no era el «Hombre nuevo», sino «el automóvil nuevo». Si se toma como objetivo el alcanzar cuantitativamente el ingreso per capita de las naciones más avanzadas de Occidente, entonces se establece cualitativamente como meta del experimento socialista el copiar cabalmente al incriminado capitalismo, lo cual permite advertir irónicamente los fracasos del socialismo en la vida cotidiana.
    En la China, por otra parte, la evolución posterior a la Revolución Cultural (1966-1976) puede ser interpretada como un intento modernizante que deja a un lado conscientemente las veleidades de un experimento radical y autoctonista y se concentra en los métodos habituales para industrializar un extenso territorio. Todas las fracciones del Partido Comunista Chino han querido convertir a su país en una potencia grande y fuerte a nivel mundial, residiendo las diferencias entre ellas en la cuestión relativa al camino hacia tal fin. Los sucesores de Mao Tse-Tung se decidieron tras una década de controversias por la imitación de los centros metropolitanos en lo que se refiere al progreso material: sacando a relucir una posible cita del Gran Timonel de 1956, los altos dirigentes tienen en vista el sobrepasar a Estados Unidos como objetivo central del programa modernizador.3 En realidad, lo que anhela la China continental es obtener las conquistas de Taiwán en las esferas de la industria, la agricultura, la educación y la occidentalización de la vida cotidiana bajo un régimen político autoritario, muy en consonancia con las tradiciones paternalistas de la antigua China (Negt, 1988; Sommer, 1979).
    Es interesante mencionar que Taiwán exhibe un desempeño económico realmente envidiable: cuarenta años de un crecimiento continuado del orden del 8 por ciento anual, una de las mayores reservas de divisas del mundo, inversiones cuantiosas en la China continental y en la mayoría de los países del sudeste asiático, concentración en diez áreas estratégicas de tecnología intensiva y «emergente» y un continuado y ejemplar fomento estatal de la educación y la investigación científico-técnica. Y todo esto con una estructura de empresas medianas y pequeñas, es decir a contrapelo de lo que parece prescribir la corriente mayoritaria de la economía capitalista mundial. A esto hay que añadir un proceso profundo y aparentemente irreversible de democratización (a partir de 1988/1991), que no excluye la permanencia de ciertos factores paternalistas en la vida política y económica.4 En una palabra: Taiwán ya consiguió todo lo que trata de obtener la población de la China continental, y lo hizo con esfuerzos colectivos más humanos, con resultados mejores y sin el uso de las tediosas doctrinas que hasta ahora proclaman la supremacía del modelo socialista chino.
    Hasta en Cuba las últimas metas perseguidas por la mentalidad colectiva son las anticipadas por la civilización occidental. Como lo señaló Helga Strasser, el estudio universitario, las profesiones intelectuales, el standard de vida de Estados Unidos y el desarrollo como progreso meramente tecnológico conforman las aspiraciones y los ideales de la juventud cubana, precisamente de aquellos que provienen de un origen humilde. Mientras que el trabajo manual cae en descrédito paulatinamente, el consumismo de los centros metropolitanos es admirado y no censurado; la base de esta posición está formada por una fe inconmovible en el más prosaico progreso material (Strasser, 1979:8). Otros ejemplos de modernización socialista en el Tercer Mundo no han tenido tanto éxito, pero tampoco ninguna originalidad. En Corea del Norte, por ejemplo, el régimen se destaca por su nacionalismo lindante en el fanatismo, por el grotesco culto a la personalidad del Gran Jefe, por aspectos francamente totalitarios en la educación, en la vida familiar, en las relaciones sociales, en el tratamiento de los niños, en el terreno de la sexualidad y en la actividad política. Se advierte la creación de una notable industria pesada: se fabrican desde locomotoras hasta reactores nucleares.
    El desarrollo estrictamente económico y exento de todo elemento democrático coadyuva a erigir un tipo extraordinariamente resistente de tiranía; la técnica se transforma en vehículo de opresión y consolidación del régimen totalitario. Entre las instituciones que más se aprovechan de la tecnología moderna para mantener un estado represivo y regresivo se hallan la policía y el departamento de agitación y propaganda. Corea del Norte es un buen ejemplo de una sociedad orwelliana: en la capital han sido instalados innumerables altavoces que «ofrecen» a cada barrio música, consignas del partido y alabanzas al Gran Jefe desde la mañana hasta la noche. La vida cotidiana se transforma así en un infierno inescapable, y la conciencia colectiva no tiene otro destino que degenerar en infantilismo político.5
    Tampoco es posible discernir algo genuinamente propio en la revolución iniciada el 28 de abril de 1978 en Afganistán por un grupo de pequeños burgueses radicalizados y frustrados: su marcada inclinación hacia la Unión Soviética, su imitación de todo el simbolismo comunista (incluida la bandera roja), su dogmatismo, su brutalidad en el trato de los disidentes (así sean del mismo partido), su olímpico desprecio por procedimientos democráticos y la implementación de las medidas clásicas contenidas en los manuales económicos, terminaron en un burdo remedo del modelo soviético –con todos sus errores y sin un mínimo de originalidad, cosa que se repitió en Benin, Angola, Mozambique, Etiopía, Laos, etc.– (cf. Kohlschütter, 1979).
    Es probable que justamente la extrema pobreza y el atraso del país respectivo hayan inducido a esos grupos insatisfechos de la clase media a adoptar lo que podría llamarse el núcleo simplificado de la modernización socialista con tintes nacionalistas en el siglo XX: la obsesión por un cierto tipo de desarrollo material acelerado (favorecimiento de la industria pesada a costa de los bienes de consumo) y la inclinación a la represión política y al control severo de la población. En todo caso, lo que sí llamó la atención en Afghanistán y Etiopía fue la cantidad de presos políticos, el poco respeto por tradiciones religiosas y tribales, la liturgia de la dictadura del proletariado (en países sin él), la prohibición explícita de toda otra agrupación política y la exaltación de una unanimidad ficticia.
    Para un espíritu escéptico, Cuba representa también un caso de modernización socialista periférica que, pese a los enormes esfuerzos de su población, sólo logró resultados bastante mediocres. Las diferentes estrategias implementadas en Cuba (desarrollo tendiente a la industria pesada bajo Ernesto Che Guevara en los primeros años del régimen, luego fomento masivo de la caña de azúcar como pilar de la economía, finalmente promoción errática del turismo proveniente del criticado mundo capitalista) han tenido como objetivo común la consecución de un nivel de producción y consumo comparable al de los centros metropolitanos. El camino hacia esta meta ha sido, empero, espinoso –para usar un eufemismo–. Después de una breve fase redistributiva al comienzo de la revolución, el proceso de acumulación e «industrialización» ha seguido las pautas habituales de privaciones y sacrificios propios de las dictaduras modernizantes. En líneas generales, la acumulación primaria socialista en Cuba se ha basado en el principio estalinista de «crecer primero y repartir después» (Strasser, 1979:3) que trajo consigo una serie de fenómenos reiterativos en este tipo de «experimentos»: sueldos y salarios determinados estrictamente por el rendimiento laboral (ibíd., p. 4; tb. Harnecker, 1975:45, 108),6 extensión del tiempo de trabajo «voluntariamente» o por medios coercitivos, intensificación de la jornada laboral, creación de una ética que exalte estos aspectos a la categoría de lo quasi-sagrado, introducción de innumerables medios de control social, político y policial tanto en el lugar de trabajo como en la esfera privada y difusión de una ideología de la resignación y del acatamiento. Dejando atrás el período heroico y los experimentos con la «nueva moral», se trató de implementar, obviamente desde arriba, el ubicuo principio de rendimiento, pero con resultados famosos por su carencia de éxitos y su enorme distancia entre esfuerzo y efecto (Keilbach, 1977; Strasser, 1979:3 y ss.). Este énfasis general en el aumento de la productividad no ha podido evitar resultados muy modestos tanto en el sector productivo7 como en el de servicios y consecuencias muy deplorables en el plano humano: reducción del Hombre a un ser cuantificable y manipulable según los requerimientos de la planificación económica; ensalzamiento de aquellos trabajadores que sobrepasan las normas de productividad dictadas desde arriba, pero que simultáneamente están satisfechos con el sistema y son incapaces de articular alguna crítica contra este; y afianzamiento de una atmósfera general de obediencia, resignación y apoliticidad. Esto es particularmente perceptible en la esfera de la educación, que ha adquirido un carácter eminentemente tecnicista y que sirve también, a partir del jardín de infantes, como instrumento de control sobre el desenvolvimiento de cada individuo (Leiner, 1974:233 y ss., 248; Strasser, 1979:7).8
    Esta misma política, que en el campo laboral ha llevado a la militarización del trabajo (Mohr, 1975:128), ha conducido a una reglamentación muy estricta de todas las actividades sociales. En ambos casos la argumentación favorable a la Revolución Cubana ha subrayado la eficacia de factores tales como la centralización, la unidad de voluntades, la introducción de estructuras jerárquicas claras y sencillas, la eliminación de «críticas no constructivas» al sistema y la concentración de inclinaciones políticas dispersas y divergentes, factores que pueden traducirse en un incremento de la productividad media. Pero, como señaló tempranamente Mohr (ibíd.), la militarización y el autoritarismo no evitan, sino más bien favorecen el recelo ante la iniciativa y la responsabilidad individuales, el conformismo, el poco interés genuino por la actividad cotidiana, la dilapidación de fondos públicos, la predilección por proyectos gigantes, la pesadez del aparato burocrático y la ejecución pasiva e ineficiente de las órdenes.
    El modelo modernizador cubano tiene una indiscutible semejanza con el colectivismo burocrático (cf. Valdés, 1972),9 y poco que ver con los ideales de Marx, como toda modernización en las periferias. Ello no se debe únicamente a fenómenos contingentes, como la dictadura personalista del «máximo líder», sino también a causas más profundas e intrínsecas: la planificación centralizada y detallista excluye per se toda posibilidad efectiva de cogestión y autoadministración. El pleno empleo es una mera apariencia, pues encubre todos los innumerables casos de puestos totalmente inútiles y superfluos creados para acabar artificialmente con el desempleo; el aparato burocrático, muy inflado, suministra un aporte reducidísimo a la generación de un genuino excedente económico. La prevalencia absoluta del marxismo-leninismo crea un ambiente dogmático e intolerante, donde los disidentes políticos van fácilmente a parar a la cárcel; y el sistema autocrático engendra indefectiblemente una casta dominante militar y burocrática que puede mostrarse paternalista hacia la población, pero que sabe muy bien defender y ampliar sus privilegios e intereses.10
    Investigadores básicamente favorables a la Revolución Cubana han reconocido que esta ha sido un intento socialista-estatista de modernización, basado en la movilización instrumentalista de las masas, dirigido por una élite no controlada democráticamente y con una adjudicación de costes sociales similar a la del modelo soviético, es decir: sobre las espaldas del pueblo trabajador y no sobre la nueva élite dirigente (Malloy, 1971:24-25, 28, 32, 38). Se ha tratado, como en todo intento periférico de modernización, de comprimir en unos «cuarenta años» un proceso que en Occidente «necesitó más de un siglo para realizarse» (Manitzas, 1974:93). Bajo tales circunstancias el marxismo se transforma de una herramienta crítica de análisis en una «ideología central y unificadora», en una «suerte de religión secular».11 Estos autores admitieron explícitamente que la ideología cubana, con su amalgama de socialismo y nacionalismo, ha servido para legitimizar los sacrificios actuales en función de una meta futura.12
    Ahora bien, la determinación explícita de la jefatura cubana de implementar la acumulación primaria conlleva los riesgos reconocidos por ella misma de tener que poner en práctica métodos coercitivos, exigencias compulsivas de trabajo y cercenamiento de las libertades individuales, con lo que la historia de la acumulación cubana y periférica en general reproduce los sacrificios y las víctimas de la larga historia presocialista.13
    En China y Vietnam la lucha contra el dominio exterior –más claro en el caso vietnamita– tuvo ciertamente un enorme apoyo popular. Pero la dirigencia de estos levantamientos estuvo desde el primer momento en manos de intelectuales provenientes de las clases medias o altas, quienes deseaban para sus pueblos (al mejor estilo paternalista) la obtención de los logros de Occidente. Además, en muchos otros experimentos socialistas, como Cuba, Etiopía, Afganistán y la totalidad de Europa Oriental, el apoyo popular ha sido un fenómeno muy restringido. En todo caso, han sido revoluciones «socialistas» muy distintas de las previstas por Marx y casi exentas de una participación mayoritaria de los proletariados –si es que se puede hablar de la mera existencia de estos–. De acuerdo con Marx, la genuina revolución socialista debía ser el corolario de la evolución más avanzada del capitalismo. El florecimiento de las fuerzas productivas, la ciencia y la técnica tendrían que haber suministrado aquella riqueza de bienes y servicios, aquella abundancia de recursos, cuya utilización estaría precisamente impedida por las relaciones capitalistas de producción. La revolución que Marx y Engels tenían en mente tendría que haberse realizado sobre la inmensa base material desplegada por el largo dominio capitalista-burgués; esta revolución constituiría la autoliberación y autorrealización de la mayoría de los hombres, eliminando, ante todo, cualquier fenómeno de alienación. De este programa no se ha llegado a poner en práctica ni un solo fragmento válido en ningún régimen socialista realmente existente. Que la revolución socialista emergiese en la periferia del sistema capitalista, en los países atrasados, estaba sencillamente fuera del pensamiento de Marx.
    Contra esto se puede argumentar que la cosa no es tan sencilla. A partir de 1870 Marx mostró una gran inclinación por los asuntos de Rusia; en un pasaje muy conocido de su obra entrevió también la posibilidad de que Rusia pasara al socialismo sin atravesar el infierno capitalista. Pero fue más bien un argumento bastante aislado dentro del corpus marxista global. En todo caso, una revolución en Rusia no debería servir de modelo para Europa Occidental y el resto del mundo, ya que Marx veía en Rusia la encarnación del despotismo oriental. Su posición era, en el fondo, la de un demócrata clásico de la Europa burguesa, consternado por la pesadilla del autocratismo ruso y convencido de que toda corriente reaccionaria provenía de las profundidades de las estepas asiáticas. La obra de Marx en su conjunto –una brillante crítica del capitalismo– apunta a la necesidad de desenvolver al máximo las fuerzas productivas (y, por ende, el modo capitalista de producción), como precondición indispensable para el posterior surgimiento de una sociedad emancipada, es decir: socialista. La idea de que justamente el atraso y la miseria sean los presupuestos del socialismo no tuvo la más remota cabida en el pensamiento de Marx y Engels.14
    En cierto sentido, Vlamidir I. Lenin invirtió la hazaña que Marx y Engels se atribuyeron: G.W.F. Hegel y su dialéctica, que habían sido presuntamente puestos sobre sus pies por los «fundadores del socialismo científico», volvieron a ser colocados de cabeza: las ideas y el activismo socialistas reemplazaron en dilatadas porciones de este mundo los fundamentos materiales, históricos y técnicos que faltaban para comenzar con la revolución. Desde la perspectiva global de largo plazo, se puede afirmar que Marx alcanzó relevancia histórica y política únicamente gracias a la obra de Lenin y sus epígonos. El marxismo habría permanecido como una teoría entre otras tantas, olvidada en bibliotecas y archivos, si Lenin no la hubiese transformado en una ideología revolucionaria y nacionalista de la modernizacion acelerada,15 una ideología adaptable a los más variados campos geográficos y socio-históricos, cuya máxima destreza debe ser vista en la selección de elementos dispares: se adoptan los fenómenos extraños de otras tradiciones culturales, pero que parecen servir a la causa de la revolución (por ejemplo: la aceptación de las tradiciones políticas y organizativas de talante autoritario y hasta reaccionario), y se rechaza todo aquello que parece entorpecer los propios propósitos (por ejemplo: los elementos emancipadores y críticos del marxismo original).
    Fue una verdadera inserción de activismo voluntarista la que Lenin inyectó al marxismo, pero tuvo como consecuencia la desoccidentalización del mismo (Brzezinski, 1971:127). Los elementos democráticos fueron echados por la borda, se volvió a las tendencias dogmáticas del reciente pasado zarista y ortodoxo, se cohonestó el uso de la violencia y la conspiración como si fuesen las virtudes revolucionarias más elevadas, se instauró la suspicacia generalizada, se vilipendió al individuo y se ensalzó el colectivismo. La base del posterior estalinismo estaba ya dada.
    La Revolución Rusa de 1917 resulta ser un prosaico intento nacionalista y socialista de modernización acelerada, no importando los medios para alcanzar los fines prefijados, ya que la urgencia por el desarrollo, es decir: por imitar la modernidad occidental en sus aspectos técnicos, abre los ojos con respecto al «aprovechamiento» del propio legado cultural para obtener ese objetivo. Los revolucionarios rusos, por ejemplo, se percataron de que el colectivismo, la dictadura altamente burocratizada, la cultura autoritaria y otras lindezas poco aceptables del legado zarista eran funcionalmente instrumentales para construir el gran programa de industrialización estatizante que ellos tenían en mente. La eliminación del trabajo alienado, la democracia plena, la liberación total del individuo, la reconciliación entre el Hombre y la naturaleza y otros elementos del marxismo primigenio les eran totalmente extraños y hasta adversos.
    Esta combinación de momentos iliberales, nacionalistas y autoritarios con un programa de modernización acelerada es inmensamente popular en todo el Tercer Mundo. No podemos cerrar los ojos ante esta triste realidad. El modelo cubano concentra estos aspectos de modo paradigmático. Pero en todos estos experimentos la adopción de metas tomadas del mundo occidental (objetivos tales como industrialización, urbanización, modernización de todos los ámbitos de la vida social, racionalización del comportamiento cotidiano) resulta más fácil y «digerible» si al pueblo se le dice que se trata de un modelo autóctono de desarrollo y se preservan elementos realmente tradicionales en las esferas de la familia, la cultura, el arte y la literatura populares, la religión, el folklore, las relaciones individuales y el quehacer político.
    El marxismo modernizante es profundamente eurocéntrico, así sea un eurocentrismo un poco ramplón y de segunda categoría; intenta la acumulación primaria de capital mediante la instauración de la propiedad estatal de los medios de producción, cuyos resultados económicos han sido simplemente decepcionantes. Pero las metas fijadas por la gran tecnología contemporánea son simplemente copiadas del Primer Mundo, como si fuesen el resultado de una evolución obligatoria, quasi-natural y válida para todas las naciones de la Tierra. En la Rusia del siglo XVIII, en la entonces periferia europea, se inició el primer ensayo de modernización conscientemente dirigido y acelerado por la élite gobernante, a la cual le era doloroso comprobar la distancia entre la entonces Rusia zarista y el resto de Europa Occidental, especialmente en la dimensión técnico-económica. Exactamente dos siglos después, el programa bolchevique continuó esta tradición. Lo moderno era la adopción de los fenómenos técnico-económicos que hacían la grandeza y el poderío de Occidente, pero utilizando métodos convencionales y hasta retrógrados para movilizar, controlar y gratificar a las masas envueltas en el proceso. Esta constelación, detalles más, variantes menos, refleja la situación fundamental de gran parte del Tercer Mundo en el presente. No hay duda, además, de que los puntos esenciales del debate ruso de los últimos siglos sobre desarrollo autóctono conformaron una sólida identidad colectiva, y hasta aproximadamente 1980 configuraron los puntos centrales de la discusión contemporánea en Asia, África y América Latina. De ahí el enorme interés actual y la relevancia de los debates rusos para nosotros, a pesar de su carácter algo exótico.
    Esta mezcla híbrida de prácticas sociales tradicional-autoritarias con designios de industrialización forzada se manifestó clara y brutalmente bajo el estalinismo. En la historia rusa hay una curiosa continuidad desde Pedro I el Grande (fines del siglo XVII, comienzos del XVIII) hasta Lenin, Stalin, Xrushchëv y Brezhnev: todos trataron de modernizar rápidamente la Santa Rusia, importando padrones y pautas occidentales, sobre todo en la esfera de la técnica y la producción. Todos fueron grandes centralizadores y amantes de la dilatación de funciones estatales. El progreso material que todos ellos anhelaron no trajo consigo, empero, una limitación de la autocracia predominante, sino que sirvió para generalizar el despotismo y extenderlo a todas las provincias y ámbitos sociales.16 Todos los gobernantes rusos y la mayoría de los dictadores del Tercer Mundo no han comprendido que los avances tecnológicos que ellos admiran tanto en Occidente han sido, en cierta medida, el producto de un mínimo de libertad e iniciativa individuales que ellos jamás habrían tolerado en sus propios países.
    La situación rusa en 1917, o la china en 1949, la vietnamita en 1945/1976, la cubana en 1959 o la etíope en 1974 y la afgana en 1979 no permitían de ninguna manera establecer un orden socialista según la doctrina marxista… o según cualquier otra teoría más o menos seria. Los Gobiernos socialistas instaurados atribuyeron entonces al partido, al Estado y a la burocracia la «misión histórica» que las burguesías y clases medias respectivas, débiles y vacilantes, no habían podido o querido cumplir: el despliegue de las fuerzas productivas para suministrar a la Santa Rusia –o a las otras naciones– un nuevo cariz, marcado a fuego por la civilización industrial y las alienaciones modernas (Brzezinski, 1971:132 y ss., 158 y s.; Rubel, 1973:106 y s.) .
    Marx veía en el proletariado el heredero y no el creador de los presupuestos materiales y organizativos del socialismo; no cesó de alabar los méritos históricos de la burguesía como generadora de esas precondiciones. Es meramente especulativo pensar qué hubiese pasado en Rusia sin el régimen socialista de corte leninista. También es verdad que las degeneraciones posteriores del socialismo bajo Stalin hicieron que la Unión Soviética y los otros países de su órbita imperial se distinguiesen a largo plazo por la preponderancia y la cualidad omnipotente atribuidas a sus Fuerzas Armadas, a su policía, a sus servicios secretos. Desde el common sense hay que admitir que la Revolución de Octubre fue literalmente salvada por la introducción de la Nueva Política Económica (NEP) en 1921, es decir por cortes al infalible y científico programa socialista y por otras medidas que significaron temporalmente una restauración del odiado régimen «burgués».17 El mayor logro de la ex Unión Soviética es haber creado un modelo nacionalista-estatista de modernización acelerada, bastante elitario, manifiestamente policiaco, pero increíblemente popular durante largas décadas. Por otra parte, el partido comunista soviético –y los asociados a la Internacional Comunista de entonces– dejaron de ser élites de intelectuales cosmopolitas, dirigidas por hombres de intenciones éticas sin tacha, y se convirtieron en rígidas organizaciones dominadas por los «hombres del aparato», quienes gozaban de una cultura muy inferior a los primeros, pero con una capacidad notable y hasta envidiable para acorralar y desbancar a los miembros que les podían hacer la más mínima sombra.
    La enorme transformación de los partidos comunistas ocurrida durante la toma del poder político (de un grupo de intelectuales imbuidos por principios éticos y conocimientos históricos a una organización jerárquica y rígida de burócratas y conspiradores) fue una modificación predeterminada y compelida por el impulso imprescindible de la modernización periférica acelerada. La base para ello está ya contenida en la temprana teoría de la revolución permanente de Lëv D. Trockij, quien puede ser con justa razón reputado como el primer teórico justificador de la modernización forzada. Invirtiendo totalmente el pensamiento de Marx, Trockij (1931:62, 138) afirmó que justamente en las sociedades menos avanzadas la clase proletaria podría tomar el poder y empezar con la edificación del socialismo, mucho antes que en las naciones más desarrolladas. Aunque vinculó este teorema con la necesidad de una amplia cooperación internacional (¿de parte de los enemigos, si el mundo estaba entonces aún en manos de los «capitalistas»?) y con la idea de que la economía mundial como conjunto estaba ya madura para una revolución socialista (una mera hipótesis), el terreno para la construcción concreta de la nueva sociedad fue trasladado de los centros más avanzados a las regiones de la entonces periferia mundial. En estas tendría que suceder lo que no pasaba en los centros metropolitanos, con lo que se salvaría –según Trockij– la concepción misma de la necesidad histórica de la revolución proletaria. Esta ya no sería la culminación de una evolución generada por el capitalismo, sino una tarea que reemplazaba al periodo burgués (Trockij, 1965:98).
    Al igual que todos los otros dirigentes comunistas –y en forma similar a los políticos izquierdistas del Tercer Mundo–, Trockij estaba encandilado por la modernidad occidental, y creía sinceramente que el «progreso» consistía en «alcanzar» y «sobrepasar» a Europa y Estados Unidos. En una de sus últimas obras, que exhibe algún carácter crítico, defendió la Unión Soviética de su enemigo Stalin, proclamando «el derecho a la victoria del socialismo soviético» exclusivamente en términos «del hierro, del cemento y de la electricidad» (1968:12), es decir, usando y confirmando los parámetros impuestos por sus archiadversarios los capitalistas. El ímpetu modernizante de Trockij y de casi todos los revolucionarios socialistas y nacionalistas no ha podido o no ha querido proyectar una alternativa genuinamente diferente a la sociedad industrial occidental en el tema de las metas normativas de desarrollo («el hierro, el cemento y la electricidad»), haciéndose dictar los criterios mismos de la evolución histórica por el incriminado régimen capitalista. Esto conllevó una imagen falseada del Occidente, cuya absoluto declinamiento era esperado año tras año, no sólo por cínicos propagandistas, sino también por gente bien informada y mejor instruida, como el propio fundador de la IV Internacional. Trockij, generalmente más lúcido que sus detractores, censuró a las sociedades «burguesas» porque su capitalismo condenaba la economía a la «anarquía y a la decadencia». Para él, la Unión Soviética bajo Stalin era, pese a todos sus aspectos negativos, «un socialismo deformado burocráticamente», pero socialismo al fin y al cabo, y como tal muy superior a las formas más adelantadas del capitalismo (Trockij, 1965:99).
    La relevancia de Lenin, Trockij, Buxarin y Stalin no consiste solamente en haber establecido el primer régimen socialista, sino en haber formulado e implementado una concepción autoritaria y centralista de modernización en las periferias recurriendo a los medios estatales de producción. ¿Cómo no va a ser popular la ideología que afirma que las desventajas técnico-económicas que ostentan las naciones más atrasadas se transforman «dialécticamente» en ventajosos puntos políticos de partida para la instauración del socialismo y, por ende, de la modernización? La inmadurez económica de un país atrasado garantizaría, según esta doctrina, la madurez política de su «proletariado» y, particularmente, de su vanguardia intelectual, el partido comunista o socialista. En texto claro: las regiones subdesarrolladas estarían potencialmente más adelantadas en el plano político que los centros metropolitanos: sus sindicatos no habrían sido corrompidos por los patrones mediante concesiones falaces, sus clases explotadas habrían preservado la llama del espíritu proletario-revolucionario en forma prístina, sus intelectuales revolucionarios no habrían sido comprados por las prebendas de la «burguesía». El espíritu y el deber revolucionarios se habrían mudado definitivamente al Tercer Mundo.
    La fascinación del socialismo en el Tercer Mundo operó en dos planos interconectados: 1) este sistema pareció brindar una posibilidad real de rápido desarrollo técnico-industrial, y 2) atribuyó simultáneamente a las vanguardias de revolucionarios profesionales la dirección irrestricta de todo el proceso político. El partido leninista de «nuevo tipo» implicaba ya a partir de 1903 una imagen tecnicista del Hombre como mero recurso humano que puede y debe ser utilizado en movilizaciones y cálculos de poder. Lenin entrevió la civilización del futuro como una gran maquinaria industrial-colectivista que funcionaría con la precisión de un aparato de relojería –naturalmente sin los «problemitas», caprichos e incertidumbres de los hombres de carne y hueso–. Este particular nexo entre tecnología y socialismo representa el legado central de Lenin a la Santa Rusia y vincula la Revolución de Octubre con otros intentos anteriores de modernizacion acelerada, como el emprendido por Pedro el Grande, cuyos objetivos y métodos, innegablemente despóticos, fueron aprobados explícitamente por Lenin y Stalin.
    El peligro de este modelo modernizante es la resurrección del despotismo oriental: la industria moderna podría favorecer una especie de disimulada esclavitud dirigida por instancias estatales. En este sentido no es superfluo recordar el análisis de Umberto Melotti (1974:122-124) y de Richard Pipes (1999, passim)18 sobre la evolución rusa. La larga dominación tártaro-mongólica sobre el principado moscovita coadyuvó al establecimiento de una servidumbre total con respecto al Estado, encarnado por el soberano, que a su vez no estaba limitado por nada. Los resultados son conocidos: la religión reducida a una ideología legitimizante del poder secular, la Iglesia convertida en una rama de la administración fiscal, la reglamentación exhaustiva de la vida social, individual e íntima, el centralismo exagerado, la carencia de una aristocracia con fuentes independientes de poder económico, político y ético, la debilidad práctica y la precariedad jurídica de la propiedad privada, la militarización de toda la sociedad, la escasa importancia de las ciudades, las regiones y las corporaciones, y la creación de dilatados órganos policiales. El Estado lo era todo y la sociedad civil un cuerpo amorfo sin perfil propio. Como señaló también David S. Landes, la falta de democracia, el estancamiento económico y la pobreza crónica tienen que ver estrechamente con la carencia de derechos propietarios bien establecidos y garantizados, sobre todo para las capas medias y altas. Si esto no ocurre, la gente oculta lo poco valioso que tiene, no favorece el ahorro productivo e impide así inversiones con capitales endógenos. Si uno no tiene la posibilidad de disfrutar los frutos de su trabajo o esfuerzo bajo un régimen de paz política y seguridad jurídica, no tendrá incentivos para laborar de la manera más productiva e innovativa, para planificar a largo plazo o para legar sus bienes a sus herederos. Fuera de Europa Occidental uno de los grandes problemas recurrentes en la historia universal ha sido la incapacidad de organizar Gobiernos estables que den a la sociedad respectiva un sentido de seguridad y estabilidad que refrene los apetitos del Gobierno central de apoderarse impunemente de los bienes de los ciudadanos (Landes, 1998, passim).
    Por justicia es indispensable indicar aquí que Marx no idealizó el modo asiático de producción, aunque este hubiera contenido dos elementos que le eran caros: la prevalencia de un Estado altamente centralizado y la ausencia de propiedad privada sobre los medios de producción. Pero Marx lo consideró regresivo, atrasado e inferior al esclavismo clásico. La vida en él le pareció estancada y vegetativa, carente de energía histórica, dócil instrumento de la superstición y fácil presa del despotismo (Marx, 1964a, b: v. XXVI:841; v. IX, passim). Evidentemente que la tesis de la persistencia del modo asiático de producción en Rusia hasta 1917 es insostenible. Desde el siglo XVII a más tardar el imperio zarista había desplegado un modo peculiar y propio de producción y distribución –para no hablar de la vida social, religiosa y cultural–. Pero habían pervivido elementos de asiatismo (la hiperfunción del Estado, la exaltación religiosa del monarca, la exagerada importancia de los militares y los burócratas, la extrema debilidad de la nobleza y de las capas medias y la falta de autonomía individual), elementos que luego fomentarían en Rusia y en los experimentos modernizantes sometidos a su órbita una marcada cultura política del autoritarismo hasta 1989. Y lo preocupante es que estos factores autoritarios, que son bastante populares y configuran elementos identificatorios dignos de ser tomados en cuenta, lleguen a conformar las bases de los sistemas modernizantes no democráticos e iliberales de África, Asia y América Latina, es decir, de todos aquellos que aún se inscriben en el terreno del progresismo marxista o revolucionario.
    Las modernizaciones de tinte nacionalista y populista poseen un impulso considerable como agentes de movilización masiva: encarnan, de un lado, las aspiraciones de dilatados sectores poblaciones por una mejora económica, pero dan también una respuesta práctica para fortalecer la identidad colectiva dañada por las imágenes occidentales de un mundo presuntamente mejor. Hacen pasar la llamada identidad primigenia –como si tal cosa hubiese existido alguna vez en algún lugar– como pilar del proceso de modernización. En África, por ejemplo, la nueva identidad es claramente una amalgama de cultura autóctona en porciones secundarias de la vida cotidiana y política, mezclada con logros técnicos europeos en todas las otras áreas sociales.19 En Persia, donde a partir de la revolución islámica de 1979 se ha ensayado de manera radical el regreso a las fuentes de una cultura autóctona, el rechazo de los valores occidentales no ha sido tan completo como se cree. El Ayatolá Jomeini, en una célebre entrevista con Oriana Fallaci, designó el progreso material y los avances tecnológicos como «las cosas buenas de Occidente», rechazando únicamente «las costumbres y las ideas» de Europa como algo despreciable (Fallaci, 1979:13).20 No se puede negar, por consiguiente, que estas exaltaciones, a veces patéticas y siempre populares de la identidad nacional, exhiben un carácter híbrido: la gente que combate a los diablos occidentales utiliza sin el más mínimo escrúpulo el armamento más refinado de los odiados arsenales metropolitanos, se sirve de las modernas técnicas de comunicación y transporte y anhela profundamente la construcción de altos hornos, mientras que al mismo tiempo le parece una terrible e impía blasfemia leer un libro de filosofía racionalista, establecer un régimen parlamentario-pluralista de gobierno, reconocer los derechos individuales de los demás o respetar la vida sexual del prójimo. En extensas regiones del mundo islámico el uso de las ametralladoras se ha convertido en la cosa más obvia del mundo, pero la práctica del liberalismo político y erótico es vista aún como una traición al acervo nacional y una burda imitación de pasajeras modas foráneas.
    Precisamente el aferrarse a los fragmentos de una identidad tradicional sirve para encubrir hasta cuál grado ya se han adoptado como propias las normas y las técnicas provenientes de Occidente, pero sin renunciar, por lo menos verbalmente, al legado identificatorio de los mayores. Después de todo, uno se siente muy mal si se da cuenta de que los aspectos relevantes de la vida cotidiana y del progreso tan anhelado han sido concebidos dentro del marco de un grupo de naciones por las que uno siente una viva antipatía consciente, mezclada con una admiración no tan consciente a causa de los logros de la civilización industrial. Es, en todo caso, una mixtura explosiva de sentimientos, que se ha volcado hasta hace poco contra la cultura metropolitana en nombre de un pretendido progresismo político.
    En resumen: los regímenes socialistas, nacionalistas y revolucionarios en el Tercer Mundo no han sido demasiado originales: han reproducido los modelos foráneos en lo referente a las últimas metas normativas, han introducido una ética laboral puritana y han traspasado los costes del desarrollo acelerado sobre las espaldas de los obreros y los campesinos por medios coercitivos.21 En cuanto a las pautas sociales de comportamiento, todos los experimentos socialistas y muchos de los nacionalistas han exigido la introducción de una ética semejante a la del calvinismo en los primeros tiempos de la modernización de Occidente: una moral muy rígida en la esfera del trabajo, costumbres privadas severas y una marcada degradación del placer. La distancia entre la realidad del atraso existente y las metas deseadas puede ser acortada sólo mediante esfuerzos globales, y la moralidad colectiva adopta entonces la función de un importante instrumento para canalizar las energías individuales por las rutas señaladas desde arriba. Lo que ocurrió más o menos espontáneamente y bajo el velo de la religión al comienzo de la sociedad burguesa, sucede ahora de manera planificada por el Estado y a gran escala. La alusión al calvinismo nos lleva a una pista importante: tanto la ética estricta como la represión política eran partes instrumentales de una estrategia destinada a reproducir la acumulación primaria del capital en el lapso de tiempo más breve posible, imitando bajo signos socialistas o nacionalistas este proceso cardinal de la modernización occidental, que puede ser considerado como el fundamento mismo para todo intento de industrialización. También en los modelos socialistas hubo la imperiosa necesidad de concentrar los capitales dispersos, de insertar por la fuerza las economías naturales dentro del circuito del intercambio, de expropiar masivamente a los productores independientes (campesinos y artesanos) y de conformar un proletariado sin defensas frente al detentador del capital centralizado.22
    En la Unión Soviética, uno de los grandes economistas del período heroico (perteneciente para más señas a la oposición antiestalinista), Evgenij Preobrazhenskij, definió la acumulación socialista como la transferencia de recursos del sector presocialista al socialista: la carga de la acumulación la debían llevar los campesinos y la agricultura, a los cuales Preobrazenskij denominó cínica pero correctamente «nuestras colonias» (Rossanda, 1972:27) en alusión al rol que jugaron las posesiones de ultramar en la acumulación de capital de los principales países de Occidente. Hay que señalar, por otra parte, que la concepción de la acumulación primaria socialista no fue compartida por muchos marxistas independientes, y que el mismo Preobrazhenskij se dio cuenta de las implicaciones de su teorema: la industrialización acelerada y a costa de los campesinos, que él proponía, traería consigo severos cortes en el consumo de las masas y la implantación de un amplio sistema de controles e intervenciones para implementar las expropiaciones a los producentes no industriales. Esto significaría, en todo caso, el fin de la democracia proletaria. La falta de una teoría diferenciada, desarrollada a partir de Lenin, y el esquematismo difundido entre todos los dirigentes rusos les impidió considerar otras alternativas que no fuesen el ultraindustrialismo de Stalin y la evolución «a paso de caracol» de Buxarin (Daniels, 1965:374). No hay que asombrarse si Preobrazhenskij, uno de los ideólogos principales de la «acumulación primaria socialista», apoyó finalmente la política de industrialización forzada emprendida por Stalin a unos costes sociales que son bien conocidos.23 Este desarrollo basado en la «acumulación socialista» –término que contradice el núcleo mismo del marxismo primigenio– no es exclusivo de la Unión Soviética, aunque aquí se dio con el vigor y la brutalidad típicas de la primera vez; en todo caso, esta variedad de acumulación representa la reproducción de la acumulación primaria capitalista con todos sus rigores y privaciones, realizada en un lapso muchísimo más breve y bajo la propiedad y planificación estatales. Es probable que esto reitere los antagonismos, la alienación y la inhumanidad básica de la modernización capitalista, pero también es cierto que estos fenómenos negativos han pasado más o menos desapercibidos porque durante largo tiempo se consideró equivocadamente que la sociedad socialista es mucho más perfecta que la capitalista y que sus defectos son meros problemas de crecimiento.
    En un punto parece que los comunistas –con excepción de Stalin– se equivocaron totalmente: la acumulación y la industrialización no fomentaron una democracia más igualitaria y no coadyuvaron a abolir las jerarquías estatales. La rápida edificación de una industria en gran escala, la centralización administrativa concomitante y el crecimiento de la autoridad gerencial impulsado por razones técnicas no sólo destruyeron los sueños de los primeros e ingenuos bolcheviques sobre una sociedad más libre, sino que demostraron igualmente que casi todo proceso de acumulación y modernización requiere de muchos sacrificios y controles y de poca democracia y libertad. La consecuencia final de la modernización socialista ha sido convertir a la sociedad entera en una gran fábrica, con su disciplina específica, sus jerarquías inconmovibles y con su clase dominante de gerentes y técnicos. La Unión Soviética anticipó el destino del socialismo en el Tercer Mundo: no llegó a ser aquel sistema ideal basado en una industria ya establecida, con una participación popular efectiva en los procesos decisorios y con una distribución igualitaria del producto económico, sino un régimen dirigido casi exclusivamente a llevar a cabo la acumulación y la modernización aceleradas y para superar el atraso, enfatizando las jerarquías económicas y la autoridad burocrática. Los que perdieron la partida fueron aquellos socialistas que creían en una utopía postindustrial, gente idealista formada mayormente en la tradición occidental de la Ilustración, y los que ganaron fueron aquellos que propugnaron un asalto dictatorial al subdesarrollo, imbuidos de las viejas tradiciones totalitarias de la Rusia zarista.
    Los marxistas tradicionales de ayer y los izquierdistas de hoy afirman, en cambio, que las naciones periféricas no tienen otra alternativa que modernizarse, no sólo porque la evolución histórica apunta indefectiblemente en esa dirección, sino porque es la única solución a sus apremiantes problemas, como el desempleo masivo. No es casualidad el hecho de que existan innumerables estudios teóricos y declaraciones de organismos internaciones en pro de la industrialización del Tercer Mundo; oponerse a esto es ir sencillamente contra toda lógica. Lo que sí puede discutirse es la modalidad y las consecuencias de la modernización acelerada. Pero no es exacto aseverar que las naciones periféricas estén empeñadas en una industrialización iliberal y antidemocrática y en un nuevo absolutismo, sino que una evolución liberal-democrática pura, similar a la europea, está probablemente fuera de lugar. El proceso de acumulación ocurre en medio de circunstancias que no se pueden determinar a voluntad, y muchas veces no hay más remedio que aceptar esa dura realidad. En todo caso, aseveran muchos ideólogos del desarrollo acelerado actual, la modernización autoritaria es mucho mejor –y a la larga más humana– que el estancamiento en el atraso. Los países pobres no tienen otra salida que la modernización forzada; la evolución histórica está ya trazada en esta dirección y el sistema internacional trabaja en este sentido sin consideración por argumentos humanistas. El que no toma en serio este proceso, corre el peligro de ser atropellado por los otros. En los testimonios más disímiles, algunos valores rectores adoptan el carácter de normas irrenunciables para la evolución de cada nación, y sería necio hallar momentos negativos en ello. Gunnar Myrdal ha señalado que la racionalidad generalizada, el incremento de la productividad, la elevación del standard de vida, la consolidación del Estado nacional y la disciplina social son indispensables, no sólo porque todos los Gobiernos y partidos los consideran objetivos prioritarios, sino porque únicamente ellos pueden evitar que las naciones periféricas caigan en una miseria masiva insalvable (Myrdal, 1970:cap. 1). Naturalmente que la edificación de una industria de bienes de capital o de productos de exportación constituye la piedra angular de este programa.24 Paralelamente a esta base económica se debe fomentar la conformación de una identidad nacional autóctona, recuperando los fragmentos aceptables de las tradiciones anteriores. Los ensayos de desarrollar una cultura autónoma no pueden ser rebajados a la categoría de un curioso resurgimiento folklórico de elementos autoritarios y retrógrados, a la calificación de signos fútiles de una mala consciencia y a la suposición de que así se trata de evitar los logros políticos supuestamente positivos de Occidente.
    A comienzos del siglo XXI es indispensable recordar lo siguiente. En primer lugar, los frutos nada promisorios tanto del desenvolvimiento más adelantado de la industria como del consumismo metropolitanos nos sugieren la imagen de que este tipo de civilización no es tan lleno de bondades como lo aseveran sus apologistas y lo creen los que no han llegado aún a él; los intelectuales y dirigentes del Tercer Mundo deberían conocer mejor sus lados negativos antes de considerarlo como la única alternativa histórica. Se puede comprender la urgencia que hay en las periferias mundiales por el «desarrollo», pero esto no significa apoyar acríticamente estos anhelos. Se puede pensar en una evolución histórica conscientemente acelerada que esté dedicada a la satisfacción de necesidades vitales como alimentación, vivienda, vestido, educación y libertades individuales, basada en la agricultura, en algunos servicios indispensables y en ciertos tipos de manufactura sencilla, sin tener por ello que imitar la industrialización metropolitana.
    En segundo lugar, hoy en día se puede afirmar que los experimentos socialistas en el Tercer Mundo no fueron ni de lejos tan positivos como lo han creído sus iniciadores en las periferias mundiales y sus admiradores en Occidente: estos intentos conservaron los inconvenientes de las culturas tradicionales y adquirieron pocas de las ventajas del mundo moderno. En tercer lugar, el socialismo no es el único modelo exitoso de modernización en las periferias: existen otros ensayos que pueden exhibir logros muy brillantes y a un costo general relativamente bajo: Argentina de 1862 a 1943, Taiwán, Corea, Hong-Kong, Malasia y Singapur a partir de 1960, Costa Rica desde 1949, Tonga, Fidji y otros Estados de Oceanía a partir de la Segunda Guerra Mundial, y algunos productores de petróleo en los últimos años. Son regímenes muy diferentes entre sí, y su estilo de desarrollo no puede ser asimilado a un modelo único; por otra parte, su éxito no se debe exclusivamente a la existencia de alguna materia prima escasa en el mercado mundial. Es una lástima que los intelectuales izquierdistas, imbuidos de los prejuicios más prosaicos, sólo tengan ojos para comparar Indonesia con China o Haití con Cuba.
    Regímenes que tienen poco de socialistas han redescubierto las ventajas que proporcionan un sistema general autoritario, una tradición ascética y un legado de disciplinamiento social, sobre todo en la educación y en la vida en el interior de las empresas. Este tipo de organización sociocultural y económica, extraordinariamente exitoso –sobre todo en la percepción de la prensa...– se inició en el Japón y en pocas décadas se expandió a Taiwán (desde 1949), Singapur (desde 1961), Corea del Sur (desde 1961) y, en menor medida, a Malasia (a partir de 1981) y Tailandia. (Hay que señalar, empero, que Corea del Sur y Taiwán han iniciado desde aproximadamente 1990 un proceso de democratización bastante serio, que se acerca al modelo occidental y se distancia del típico autoritarismo típico asiático). Se trata de un capitalismo industrial avanzado que funciona bajo la camisa de fuerza de «una rígida estructura política y de un paternalismo despótico», que «será flexible según las circunstancias: benévolo si reina el conformismo y la apatía entre los súbditos e implacable ante todo brote de rebeldía y contestación». Mario Vargas Llosa comprendió que estos sistemas, a la cabeza de los cuales se halla actualmente la China continental, intentan combinar los factores ya mencionados de una modernización autoritaria: a) un control exclusivo y excluyente del poder político con b) un liberalismo salvaje en las relaciones económicas (aunque el Estado haya fomentado la educación popular, vocacional y profesional durante largas décadas y haya organizado discreta pero seguramente la cooperación entre las empresas privadas). Se entierra al comunismo, pero no de modo espectacular y traumático como en Europa Oriental, sino «con delicada hipocresía, de manera indolora, a poquitos y salvando las apariencias» (Vargas Llosa, 1994).
    El éxito del crecimiento económico de estos países (que es lo único que fascina a mayoría de los observadores) resalta a la vista del caos dejado por la ex Unión Soviética y de los resultados muy mediocres de la instauración combinada de democracia liberal-democrática y economía de libre mercado en Europa Oriental (aunque la situación tiende aquí a mejorar rápidamente) y en otras regiones (como los Balcanes, el Cáucaso y el Asia Central). El antiguo primer ministro y artífice del actual Singapur, Lee Kwan Yew, lo dijo escuetamente: «Lo que un país requiere para crecer es disciplina, más que democracia».25 El «autoritarismo blando» que aquí se propugna abiertamente no está frontalmente en contra de los derechos humanos de índole occidental, pero subraya más bien el sentido de responsabilidad, la sumisión (a menudo emotiva e identificatoria) bajo un colectivo de vieja data, el respeto a las autoridades y a los superiores, el antiindividualismo y la persistencia de redes familiares y de seguidores.
    En un estudio bien documentado y de largo aliento histórico, Sun Longji llegó a la conclusión de que la cultura china borra intencionada y sistemáticamente toda diferencia entre grupo y persona, lo que dificultaría el despliegue autónomo del individuo; esta tendencia, que también se percibe en el infantilismo y la desexualización de la vida social china, estorbaría la búsqueda de felicidad y la defensa de los intereses personales como si fuesen muestras detestables de egoísmo y egocentrismo.26 Se dice también que este desenvolvimiento tiene que ver con un renacimiento de la ética confuciana de la educación permanente (Riegel, 1979: 115), con la gran necesidad secular de una armonía social, con el dominio ininterrumpido de las jerarquías familiares, sociales y hasta políticas, con la potencia efectiva del Estado central y la pervivencia del paternalismo, es decir: con factores socioculturales que encajan muy bien en cierto tipo de modernización antiliberal, pues este contexto antiindividualista se aviene admirablemente con una tradición que mantiene a las masas incultas bajo el mando paternal de élites privilegiadas. Observadores críticos tienen la impresión, por otra parte, de que los llamados valores asiáticos no son otra cosa que unas pautas muy convencionales de comportamiento de cuño autoritario y de origen premoderno, que son usadas ahora como instrumentos de poder y disciplinamiento por las clases gobernantes. Estas últimas otorgan artificial pero exitosamente a los valores asiáticos un barniz de nacionalismo antioccidental y de notable antigüedad, abusando para ello de las doctrinas atribuidas al divino Confucio, cuya enseñanza era algo más liberal y proclive a una ética de la responsabilidad individual.27
    Pero es indispensable mencionar asimismo que esta «ventaja autoritaria» no es tal o sólo de corta duración: la reforma económica liberal trae consigo a la larga modificaciones en la esfera de la cultura, la política y las pautas de comportamiento, que, después de cierto límite, no pueden ser controladas por el Gobierno central; los cambios necesarios de políticas públicas no pueden ser ni explicados plausiblemente ni implementados por los Gobiernos autoritarios sin ocasionar efectos traumáticos en las poblaciones afectadas; la democracia produce una respetable expansión de responsabilidades e iniciativas (que contribuyen precisamente a paliar graves crisis); y las instituciones democráticas ayudan a reducir los costes de las propias reformas económicas.28 En un estudio muy interesante de la pluma de un funcionario del Banco Mundial, se señala apropiadamente que las causas del éxito económico de los países del Asia Oriental no tienen que ver esencialmente con la ética laboral confuciana o la cultura ancestral de la frugalidad y la autodisciplina (que siempre existieron y antes de 1960/1970 no parecen haber aportado gran cosa a un proceso de rápida industrialización y modernización, como ya lo vio Max Weber a comienzos del siglo XX). Los motivos para el «despegue» técnico-económico deben ser vistos más bien en: 1) la voluntad colectiva de cambio social acelerado, 2) el continuado apoyo estatal-institucional a ese programa de cambio (incluyendo una severa disciplina fiscal-financiera), 3) el designio de abrirse en forma pragmática y flexible a nuevas experiencias, tecnologías y procedimientos, rechazando cualquier tipo de proteccionismo, y 4) la dedicación a la exportación, aunque este ingreso al mercado mundial haya demandado algo que la opinión pública pasa fácilmente por alto: largos años de incipientes fracasos, que es lo mismo que un duro aprendizaje. Este análisis reconoce que el «modelo» (en sí mismo muy diverso) del Asia Oriental contiene también aspectos francamente negativos: un persistente autoritarismo sociopolítico y una destrucción del medio ambiente sin precedentes históricos por el grado de intensidad y magnitud (Thomas, V., 1992:117-121).
    Según Francis Fukuyama, el capitalismo ha demostrado ser mucho más flexible que el socialismo (la razón de su victoria), y la democracia es el único factor que fomenta esa versatilidad y que, al mismo tiempo, puede satisfacer de modo más o menos racional el deseo humano general de reconocimiento pleno en el marco de una ciudadanía universal de igualdad (Fukuyama, 1993, 1995a,b). Las perspectivas del sistema de la modernización autoritaria no parecen ser demasiado promisorias en vista del actual fenómeno casi universal de una tendencia individualista o individualizante a largo plazo, aunque en esta esfera resulta aventurada cualquier predicción. En este sentido apunta también el dilema básico de toda psicología sociocultural, que si bien detecta reglas y valores de aceptación general, no puede explicar satisfactoriamente porqué algunos sujetos individuales y grupales no se pliegan a las pautas normativas de comportamiento y más bien desarrollan un espíritu sensible y crítico con respecto a las injusticias del orden dado y a sus principios rectores, como es el caso de los opositores políticos e intelectuales en la República Popular China (cf. Martin,1995, passim).29
    La idea prevaleciente de que primero se deben construir las bases materiales del socialismo (o del nacionalismo radical) y que luego se darán casi automáticamente las condiciones para una democracia plena, exhibe un grado muy elevado de mecanicismo social, que ya fue probado ampliamente en la Unión Soviética, y ya conocemos con cuáles efectos. Si se realiza la acumulación primaria de capital, no sólo importa la dimensión técnica, sino también la humana y política: sin democracia genuina desde el principio, el destino de tales esfuerzos es irremediablemente caer en los totalitarismos propios del siglo XX. La percepción y la comprensión de toda esta problemática, que es tan relevante para la conformación de una sociedad razonable, están influidas por nuestros prejuicios y nuestras preferencias. Los intelectuales europeos y norteamericanos, por ejemplo, están tan hastiados con la propia organización social que tienden a ver las revoluciones de la periferia en una luz mucho más favorable de lo que estas merecen. «En la lejanía todo se vuelve poesía». Confrontados con un mundo esencialmente extraño y exótico, estos señores se muestran rápidos para la admiración, pero perezosos para la reflexión. No es de extrañar, entonces, que hasta cientistas sociales del más alto rango difundan verdaderos mitos acerca del Tercer Mundo: extrema polarización de clases,30 emancipación ya lograda para las masas en Cuba,31 fracasos totales en los regímenes no progresistas (Harnecker, 1975, passim; Huberman y Sweezy, 1969). A los pensadores de biblioteca en las seguras cátedras de Europa Occidental que se han consagrado a urdir estas «teorías» les importa poco si los regímenes que ellos propician se transforman en dictaduras autoritarias, si la población tiene que sufrir bajo la combinación de burocratización y caos y si el suministro de alimentos funciona mal. Lo que les preocupa es la gran hazaña del socialismo: la homogeneización de la sociedad, la destrucción de la diversidad social, el uniformamiento cultural y político, el haberse desvinculado del mercado mundial y el no pertenecer a las llamadas periferias capitalistas.32
    Estos defectos en la comprensión de la realidad por parte de los intelectuales metropolitanos tienen una contraparte notable en la forma como la clase cultivada en el Tercer Mundo ve e interpreta el atraso de sus propias sociedades. En una investigación de Uwe Simson sobre las reacciones típicas de intelectuales árabes en torno a las diferencias de desarrollo entre Europa y sus países, se advierte que la opinión pública cultivada en aquellas tierras parte de la premisa de que ha existido una igualdad original en la distribución de recursos naturales y en las oportunidades de desarrollo entre todas las regiones del planeta, igualdad destruida por los europeos; la pobreza del Tercer Mundo debería ser considerada únicamente como la consecuencia de la apropiación de sus riquezas por las naciones metropolitanas. La opulencia de estas sería inconcebible sin la miseria de aquel. Al mismo tiempo, los intelectuales tercermundistas se inclinan, por vía de compensación, a calificar la cultura europea de decadente y superficial, mientras que descubren extasiados la antigüedad cronológica, la eminencia técnica y la profundidad espiritual de la propia civilización, especialmente en el caso de la árabe. Lo curioso, sin embargo, es que las bondades intrínsecas de esta última aparezcan descritas en términos y categorías típicas de la civilización industrial europea: las metas del desarrollo árabe –altos hornos, reactores atómicos, bibliotecas populares– son percibidas como la continuación del pasado árabe, liberado este de las relaciones de dependencia, y no como la importación lisa y llana de metas normativas metropolitanas (Simson, 1969:140-147).33 Todos estos intentos de regeneración de una cultura autóctona periférica bajo signos revolucionarios no sólo tienen como fin la restauración de una identidad colectiva amenazada, sino la europeización de la misma en su lado técnico; en el siglo XX todos estos experimentos no han podido resistir la inmensa atracción de la victoriosa cultura metropolitana, dando como resultado el producto híbrido que todos conocemos.
    La problemática de la acumulación e industrialización periféricas nos confronta con temáticas muy complejas y relativamente poco dilucidadas en las ciencias sociales, como es la de la identidad colectiva de grandes estructuras en traumática transición y la de la comprensión de fenómenos surgidos fuera del área metropolitana por medio de un instrumentario teórico y conceptual creado para otros fines. Para hacer justicia al desarrollo en el Tercer Mundo es indispensable generar categorías e hipótesis nuevas, que no sean una mera derivación de las teorías europeas y norteamericanas. También el marxismo, y el primigenio precisamente, ha demostrado ser un enfoque esencialmente eurocéntrico (cfr. Mohr, 1975:228),34 que prescribe a los pueblos de ultramar una sola pauta razonable de desarrollo y que comparte la opinión de que las culturas autóctonas preindustriales se hallan muy por debajo de la dignidad histórica alcanzada por la evolución paradigmática de Europa Occidental. Tenemos que repensar esta temática con nuevas ideas no contaminadas por la arrogancia metropolitana, lo que es más fácil de decir que de hacer.

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NOTAS:
1 Cfr. Senghaas, 1977:14, 28, 38, 41, 67, 79, 89, 178, 269 y s. Dieter Senghaas recapitula (aceptando acríticamente) las teorías latinoamericana y africana de la dependencia, tomando sus puntos de vista; aquí se evidencia en forma clara la «dependencia» de estas teorías con respecto al «sistema» que ellas atacan tan enfáticamente.
2 Cfr. un buen resumen en Riggs, 1970:60-82.
3 Cfr. el interesante artículo premonitorio de Karl-Heinz Janssen (1977), «‘Wie ein Ochse arbeiten’. Maos Nachfolger mobilisieren die Massen für einen neuen Sprung nach vorn» [«Trabajar como un buey». Los sucesores de Mao movilizan a las masas para un nuevo salto adelante].
4 Cfr. el brillante e informativo artículo de Jörg Meyer-Stamer (1994), «Taiwán- die anhaltende Erfolgsstory» [Taiwán - la historia exitosa que perdura].
5 Cfr. el temprano testimonio de Horst Kurnitzky en «Chollima Korea» (1972:101).
6 Este principio fue acogido por el artículo 44 de la nueva Constitución cubana en la década de los setenta.
7 Cfr. el temprano análisis de Hermann Josef Mohr, Entwicklungsstrategien in Lateinamerika [Estrategias de desarrollo en América Latina] (1975:126). Las cifras compiladas por Mohr sobre la producción alimentaria en Cuba no son demasiado positivas para el régimen castrista.
8 Para una evaluación global contemporánea del régimen castrista cf. Fongel y Rosenthal, 1993; Oppenheimer, 1992.
9 Colectivismo burocrático es una expresión acuñada en 1939 por el genial precursor Bruno Rizzi.
10 Cfr. la instructiva crítica de Mohr, ob. cit., pp. 134 y s.
11 Manitzas, ob. cit. (Así lo reconocieron entonces estos apologistas de la Revolución Cubana, que entretanto se han desvinculado astutamente de todo lo que tiene que ver con la desgraciada isla). Cfr., desde una perspectiva totalmente diferente, a Tismaneanu, 1991.
12 Desde una perspectiva multicausal y estrictamente académica, cfr. el volumen de Donald E. Schulz (1994), Cuba and the Future (un intento de apreciación global y dirigido hacia el futuro); Horowitz, 1988.
13 Cfr Silverman, 1974:180, 183 (con alusiones pertinentes del entonces ministro cubano Reginaldo Boti); Barkin, 1974:98 (con un análisis del clásico discurso de Fidel Castro del 16 de octubre de 1953). Para la significación de esta temática con respecto a los resultados a mediano y largo plazo cf. Mesa-Lago, 1983; Thomas, H.S. y otros, 1984.
14 Exclusivamente sobre esta temática cfr. la excelente compilación de escritos de Marx y Engels sobre Rusia: Marx-Engels: Die russische Kommune. Kritik eines Mythos [Marx-Engels: la comuna rusa. Crítica de un mito] (Rubel, 1972, passim).
15 Cfr. el interesante artículo de Klaus-Georg Riegel, Der Sozialismus als Modernisierungsideologie [El socialismo como ideología de la modernización] (1979:109 y s.). Importantes cientistas sociales llamaron tempranamente la atención sobre el carácter instrumentalista del marxismo ruso en cuanto mera ideología de modernización autoritaria: cf. Eisenstadt, 1966; Eisenstadt y Azmon, 1977; Kautsky, 1964.
16 Sobre esta problemática cfr. el excelente estudio de Umberto Melotti, Marx y el Tercer mundo. Contribución a un esquema multilineal de la concepción del desarrollo histórico elaborada por Marx (1974:125).
17 Acerca de esta problemática cf. Rubel, 1971:265, donde se tematizan dos fenómenos de primera importancia y entre sí contradictorios o, por lo menos, incongruentes: a) el activismo voluntarista de corte decisionista irracional de Lenin y su partido (según la fórmula: «On s’engage et puis on voit») y b) la función convencional que debe cumplir involuntariamente la nueva capa de dirigentes y burócratas en el poder después de la revolución socialista.
18 El concepto de despotismo oriental pertenece a la obra magistral de Karl August Wittfogel (1967), Oriental Despotism. A Comparative Study of Total Power.
19 Cfr. el estudio, basado en testimonios africanos, de Charles P. Andrain, Democracy and Socialism: Ideologies of African Leaders (1964:179, 192).
20 Cfr. la brillante compilación de ensayos de John Esposito (1983), Voices of Resurgent Islam. No ha perdido actualidad el libro de Maxime Rodinson (1980), La fascination de l’Islam.
21 Para esta problemática en el caso cubano cf. Malloy, 1971:38, 41.
22 Cfr. el instructivo ensayo de Kostas Papaioannou (1963), L’ accumulation totalitaire; Ferro, 1980; y la obra entretanto clásica de Morin (1983), De la nature de l’URSS.
23 Sobre el llamado «dilema de Preobrazhenskij» cfr. Daniels, ob. cit., pp. 292, 374, 406. Sobre la problemática general cf. Dobb, Die Diskussion in den zwanziger Jahren über den Aufbau des Sozialismus [La discusión de los años 1920 sobre la construcción del socialismo], en la excelente compilación de Peter Hennicke, Probleme des Sozialismus und der Übergangsgesellschaft [Problemas del socialismo y de las sociedades de transición], 1973:282-331; Erlich, 1967; Lorenz, 1976. Cfr. también la entretanto famosa obra de Theda Skocpol (1979), States and Social Revolutions. A Comparative Analysis of France, Russia and China; y Lane, 1976.
24 Cfr. esta curiosa posición de un nacionalismo que tiende a convertirse en comunismo en Ibrahim y Metze-Mangold, 1976:107 y s.
25 Citado en Walsh, 1993:17; cfr. la posición oficial del Gobierno de Singapur en Tang, 1996:6-11; una posición crítica en Buruma, 1996:189-203.
26 Longji, 1994, passim. Cfr. también Krieger y Trauzettel, 1990; Pei, 1994:92, 94 y s.
27 Cfr. el hermoso ensayo de Thomas Heberer, Chinesischer Sozialismus = sozialistischer Konfuzianismus? Der Widerstreit zwischen Tradition und Moderne [¿Socialismo chino = confucianismo socialista? La disputa entre la tradición y el modernismo] (1990:126-140); los instructivos ensayos de Carolina G. Hernández (1997), «How Different Are the Civilizations? A View from Asia»; Eun-Jeung Lee, 1997.
28 Dae-Jung, 1994; Draguhn y Schucher, 1995; Maravall, 1994:17-19.
29 Se asevera que una actitud intelectual crítica de relevancia sociopolítica no puede surgir en sociedades púdicas que privilegian y legitimizan el silencio acerca de los fenómenos colectivos deshonrosos; la vergüenza pública en torno, por ejemplo, al pasado reciente es mucho más poderosa y decisiva que la reflexión sobre la responsabilidad y la aceptación de culpabilidad por hechos delictivos (como los crímenes de guerra y lesa humanidad). Sobre esta temática cfr. Buruma, 1994.
30 Un ejemplo de esto es la obra de Senghaas (1977) citada en la nota 1. Las publicaciones posteriores de este autor denotan un carácter más diferenciado y complejo, pero siguen siendo un claro ejemplo de un pensamiento eminentemente eurocéntrico y acrítico con respecto a las metas normativas de desarrollo. Cfr. Menzel y Senghaas, 1986; Senghaas, 1982.
31 Un ejemplo de esta ingenuidad en Senghaas, 1977:55.
32 Representativa para esta corriente es la obra de Senghaas, Dissoziation und autozentrierte Entwicklung. Eine entwicklungspolitische Alternative für die Dritte Welt [Disociación y desarrollo autocentrado. Una alternativa de desarrollo para el Tercer Mundo] (1979:379, 412). Antes de que Senghaas, habilísimo seguidor de las modas académicas internacionales, se separase del marxismo y de la teoría de la dependencia, él y sus discípulos publicaron una larga serie de estudios –ahora totalmente olvidada– para demostrar las presuntas ventajas de aquellos regímenes particularmente duros y puros (Corea del Norte, Albania, Cuba, la China de entonces), que parecían haberse disociado del mercado mundial y edificado un socialismo ascético basado exclusivamente en las propias fuerzas. Cfr. entre otros: Menzel, 1978; Russ, 1981; Senghaas, 1980; Wontroba y Menzel, 1978.
33 Cfr. Laroui, 1974; Rodinson, 1973; Von Grunebaum, 1964.
34 Sobre la problemática del «eurocentrismo» cfr. la magnífica obra de Bassam Tibi, Die Krise des modernen Islams [La crisis del Islam moderno] (1981:11 y ss., 21 y ss.); el ensayo convencional marxista de W.F. Haug (1979), Marxismus, Dritte Welt und das Problem des Eurozentrismus [Marxismo, Tercer Mundo y el problema del eurocentrismo]; y Clastres, 1974. El eurocentrismo, elemento constitutivo del marxismo, ha impedido a este percibir y analizar adecuadamente la problemática nación/nacionalidad/nacionalismo. Cfr. la investigación de Leopoldo Mármora (1986), El concepto socialista de nación.